P. Su evolución política es de lo más curiosa: de participar en la lucha contra el franquismo en grupos comunistas y terroristas, a defender a Franco más que nadie. Es casi el único que se atreve a defenderlo pública y abiertamente.

Siempre digo que aquí casi todo el mundo ha cambiado mucho, sin explicar casi nunca  por qué. Yo lo he explicado. En artículos, en De un tiempo y de un país, más recientemente en Adiós a un tiempo. Todo el mundo tiene derecho a cambiar, pero una persona pública debe explicar las razones de sus cambios. ¿Por qué casi nadie lo hace?

P. En todo caso, su cambio parece más radical que otros

Cuando era joven, el régimen franquista se había quedado sin discurso más allá de los éxitos económicos y remembranzas ya puramente rituales de la guerra, que no decían nada a casi nadie. La Iglesia estaba en crisis y sus ritos y palabras nos sonaban a cháchara triste, pesada e hipócrita. Estoy hablando de los jóvenes universitarios. Es decir, de los jóvenes inquietos, que éramos una pequeña minoría dentro de la universidad, la mayoría nunca tiene muchas inquietudes más allá de las profesionales. Por entonces, en toda Europa, en las universidades, se vivía un renacimiento del marxismo complicado con el freudismo, el pacifismo, las drogas,  en fin… Aquí los comunistas, primero del PCE y luego de los grupos maoístas, se llevaban el gato al agua, porque exponían una visión general coherente y sabían orquestar protestas. Yo creo que la protesta, en todas partes,  se dirigían contra una forma de vida gris, centrada en el dinero, la productividad… Aunque parezca un contrasentido, las doctrinas materialistas y de liberación sexual, venían a dar una salida más espiritual. En España estaba además la cuestión de la guerra civil, y en la universidad eran los historiadores marxistas o marxistoides los que ya marcaban la línea, porque los contrarios lo hacían muy mal.  Los  universitarios inquietos éramos en gran mayoría marxistas o marxistoides.  Claro que había en todo ello una gran insinceridad. Muchos políticos posteriores, incluso en la derecha, salieron de aquellos marxistoides que en el fondo ya pensaban en  hacer carrera, veían que el régimen no podía durar mucho, y se preparaban. Contaban los mayores horrores del franquismo pero eran unos hipócritas, estaban dispuestos a cualquier cambalache, con él o con los “burgueses” en general. Los que éramos consecuentes éramos una minoría dentro de esa minoría.

P. Usted admite, por tanto, que el franquismo estaba acabado, y sin embargo lo defiende hoy. Eso es más difícil de entender.

A mí, salir del marxismo me costó tiempo y esfuerzos, lo que me obligó a replantearme muchas cosas. Siempre me fue difícil meterme en la corriente. ¿En qué sentido defiendo al franquismo? Defiendo su memoria, la memoria de Franco en primer lugar. Franco venció a todos sus enemigos políticos y militares, internos y externos, y sus victorias fueron victorias para España. Defiendo que el franquismo derrotó a un Frente Popular nefasto, supo evitar al país las atrocidades de la guerra mundial, derrotó un aislamiento internacional, reconcilió a la inmensa mayoría de los españoles y presidió la época de auge económico mayor y más equilibrado que haya tenido España en siglos. Cada uno de estos logros, por no citar otros menores, ya convierte a Franco en un estadista español incomparable en todo el siglo XX; todos juntos, hacen de él el mejor gobernante, probablemente desde Felipe II, como he oído decir a algún historiador que nunca habría osado reconocerlo en público. Su régimen fue autoritario, porque era indispensable para superar una crisis histórica del mayor alcance y luego la hostilidad de unos países del entorno sin la menor autoridad moral para acusar al franquismo de nada.