Entonar el mea culpa nunca es un mal ejercicio espiritual. Incluso en ocasiones es bueno hacerlo a sabiendas de que lo más probable es que gran parte de la culpa no recaiga sobre uno en particular. Así, debemos estar siempre dispuestos a asumir nuestros errores, porque éste es, y no otro, el mandato de Jesús cuando nos instaba a no mirar la paja en el ojo ajeno. En la liturgia cristiana hay incluso una parte destinada a señalarse a uno mismo como culpable, como gran culpable, como pecador y, debo decir, no solamente por el pecado original del que el bautismo y el sacrificio de la cruz del hijo de Dios nos redimieron.

He comenzado por plantear este asunto en términos religiosos, pero se puede enfocar desde la misma ciencia, y, para que no se ofendan los creyentes más firmes en sus convicciones, como cuando hablé en un artículo anterior de la ideología de género a la luz de la evolución biológica, diré que la ciencia, según avanza, deja de estar en contradicción con la fe cristiana. Este es un falso debate que ocasión tendremos de abordar en otro momento si la dicha es buena. Para mí la ciencia es la búsqueda de Dios. Y ahora que se rasguen las vestiduras los más progresistas del lugar.
 
Los seres humanos somos proclives a pensar sesgadamente, a llegar a conclusiones precipitadas a partir de premisas falsas, al pensamiento grupal que, nos alinea acaso con una línea de pensamiento coherente y a grandes rasgos correcta, pero que nos ciega frente a matices que pueden ser determinantes cuando se entra en un debate de ideas. Todo esto está más que estudiado por la Psicología Social, y tiene fundamentos sólidos en la evolucionista.
 
La izquierda de hoy nos lleva de largo una gran ventaja en la batalla de las ideas, ha logrado colocar sus dogmas en el centro del debate y rodearlos de una cortina de humo relativista (gracias al posmodernismo) que hace parecer dogmas todo aquello que trate de aproximarse, para confrontarse, con su núcleo dogmático, y deja a esté libre de ataques directos. A eso han ayudado los poderes fácticos, que duda cabe. Los medios, la enseñanza, especialmente la Universitaria, con Catedráticos al servicio del mejor postor y, por supuesto grandes fortunas internacionales cuya agenda es generar inestabilidad para pescar en aguas revueltas, con pingües beneficios, a corto y medio plazo, e instaurar regímenes blandos (totalitarismos blandos, como señaló el ex-Presidente del Foro de Érmua, Don Iñaki Ezquerra) y maleables para un Nuevo Orden Mundial donde finalmente sean subvertidos todos los valores sobre los que se ha construido la Civilización (nos ahorraremos de momento el apellido de Occidental, que puede llamar a error y a debates estériles). 
 
Apuntar a los líderes de los Partidos Políticos, a los propios Partidos e incluso a los Gobiernos es en cierta medida un error, porque no son más que el brazo ejecutor de una ideología dominante que se ha ido consolidando poco a poco, casi sedimentariamente, en la mente de las personas que forman o terminan formando parte de eso que se llama ciudadanía. Y quién esté libre de pecado que tire la primera piedra, queridos amigos, porque esa ideología ha penetrado incluso las consciencias y conciencias (el teatro de la mente y la tramoya de los valores con las que interpretamos nuestros respectivos papeles en la sociedad).
 
Alguien dijo algo parecido a: "nunca discutas con un idiota porque te llevará a su terreno y allí te ganará por goleada". Sin faltar a nadie, cosa que he hecho a veces, y que quizás vuelva a hacer, y caer en la misma piedra, aunque ahora pido mil veces perdón, diré que no se trata de idiocia, sino de una deliberada confusión de los términos y miríadas de disgresiones de los asuntos debatidos, que en una mente bien formada (o deformada) por el relativismo ambiente, son parte del pack cultural de uso corriente.
 
Lo que Hazteoír premió a Agustín Laje, nuestro reciente invitado, y a su ilustre colega Nicolás Márquez, argentinos influyentes en una Argentina decadente, fue su lucha en la Batalla Cultural, a través, sobre todo, de su éxito internacional El Libro Negro de la Nueva Izquierda y todos los debates y conferencias que lo sucedieron, en los que no dudaron en defender las posiciones de una derecha sin complejos y en absoluto dogmática. 
 
Por ello creo que denominar Batalla Cultural a su labor es quizás insuficiente, porque la cultura no es uno más de los frentes de batalla, sino el principal, y la misma Guerra es Cultural. Tenemos que darnos cuenta cuanto antes de ello si no queremos perder definitivamente la guerra. Ellos tendrán el dinero y el  poder, pero nosotros somos legión. Solamente tenemos que disentir de palabra y obra frente a los dogmas que pretenden imponernos a veces sutilmente, a veces con brutalidad. 
 
Así que entonemos el mea culpa y dispongámonos a la lucha cultural. No hagamos como Judas, que por unas monedas vendió su alma.