“Hace constar que profesa la religión Católica, Apostólica Romana, en cuya fe ha vivido y protesta vivir y morir”

Así comienza el testamento del Generalísimo Franco recientemente desvelado en el periódico El Mundo y que cito para que cada uno se haga composición de lugar de lo que a continuación se expone.

Todos los años la Fundación Nacional Francisco Franco siguiendo una vieja tradición cristiana organiza una misa el 20N en numerosos lugares de la geografía nacional. El objetivo no es otro que rezar por la salvación de su alma siendo obligación de la Iglesia actuar como intercesor o mediador para una persona fallecida al ser la  responsable de la  “communitas christifidelium”, guía en la colaboración fraterna con los fieles en el más absoluto respeto de los derechos y deberes de los feligreses.

La saña con que se ha perseguido y persigue la figura de Francisco Franco en los últimos años alcanza ya límites intolerables por la cantidad de falsedades y mentiras que se vierten sobre quien fue y lo que significó para España.  Sabemos que su victoria sobre el comunismo no le será nunca perdonada por los perdedores de aquella desgraciada guerra civil de 1936/39.  Más difícil de comprender es la apatía y relatividad de las actitudes de quienes en su día le apoyaron fervorosamente; e incluso, aún más, la de la cobarde puesta de perfil que ha adoptado la Jerarquía de la Iglesia Católica ante la reciente profanación de su tumba en el Valle de los Caídos.  Y más incomprensible todavía el silencio manifiesto ante lo que ha sido una profanación de una Basílica sagrada y el quebrantamiento de su responsabilidad en defensa de un Tratado internacional y del derecho canónico puesto que exhumar un cadáver es un acto de culto.

Un importante medio de comunicación me llamó el otro día para verificar y confirmar la existencia de una carta del Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Parolin, a través de la nunciatura a la Conferencia Episcopal ordenando guardar silencio ante la exhumación del Generalísimo. Contesté lo que sabía, o sea , nada pues desconozco por completo la existencia de dicha carta ni de la verosimilitud de la misma. Más como dicen en Galicia “yo no creo en las meigas pero haberlas haylas” y llego a esta incierta reflexión a partir del momento de las dificultades que la FNFF ha encontrado para que se pudieran celebrar misas en sufragio del alma de un cristiano que se llamó Francisco Franco, Caballero de la Orden Suprema de Cristo y a quien la Compañía de Jesús otorgó carta de hermandad.  Tal parece que ambas distinciones, la primera otorgada por Pio XII y la segunda por el Padre Magni, Vicario General, son papeles mojados para la actual Jerarquía Eclesiástica.

La FNFF ha recibido innumerables negativas a lo largo de toda España para poder celebrar dicha misa recordatoria; pese a todo sí se han podido celebrar muchas en diferentes localidades pero no así en muchas otras.

Fue en Madrid donde nos llevamos la primera sorpresa cuando el párroco de la Iglesia de San Francisco de Borja, de los jesuitas, negó a la familia, feligresa de dicha parroquia, una misa que se celebraba todos los años. La razón de la negativa fue su percepción de que el año anterior la misa había adquirido perfil político algo del todo falso para todo el que estuvo allí excepto para el párroco quien por cierto no estuvo . Se buscaron otras parroquias infructuosamente y ante esta situación se acudió al Vicario General de Madrid quien – todo hay que decirlo –, con amabilidad, nos asignó una parroquia – en concreto la de los doce apóstoles -  si bien la poca capacidad de la misma y las dificultades de acceso no hacían posible una misa para la que se presumía una afluencia notable. Finalmente logramos coordinar con la parroquia de la Inmaculada Concepción en el Pardo y allí se concretó la celebración de la misa prevista para el día 20N. No exigimos nada. Sólo una misa por un cristiano fallecido, la posibilidad de que se tocara el himno nacional tras la consagración y que se hiciera referencia a las virtudes de Francisco Franco condiciones que fueron aceptadas por el párroco. Grande fue nuestra decepción y sorpresa cuando apenas unas horas antes de la celebración el párroco nos comunicó la imposibilidad de lo pactado por órdenes superiores. Y fue así cuando una afluencia de unas 700 personas se quedó atónita al asistir a una misa en la que no es que se no pudiera oír el himno nacional sino que a lo largo de toda ella sólo se mencionó de pasada al difunto Generalísimo y ni una sola mención a sus virtudes.

Prolijo sería explicar lo sucedido de forma similar en tantas otras Iglesias de España.  

Creo que comparando lo escrito en el primer párrafo del testamento de Franco con las inmensas dificultades encontradas este año para celebrar una misa por el sufragio del alma de quien tanto hizo por la Iglesia Católica en España basta para que sin extenderme en demasía saque cada uno sus conclusiones.

No sé lo que pasará de aquí a un año más no tengo duda alguna de que si tuviéramos que organizar otro ahora la solución a adoptar sería la de celebrar una misa de campaña para la que nos sobrarían oficiantes pues son muchos los buenos sacerdotes que sí saben quién fue Francisco Franco y están indignados  con las autoridades eclesiásticas y su actitud reciente. Eso o aceptar los ofrecimientos de la Iglesia Católica de rito oriental e incluso de rito ortodoxo que no nos han faltado.

“Que buen vasallo si hubiera buen señor” clamó el Cid. Buenos vasallos sobran en España. Señores pocos o ninguno.