Eminentísimos y reverendísimos Cardenales.

Excelentísimos y reverendísimos Obispos.

 

Inicio estas letras, transidas de dolor y vergüenza, con el tratamiento obligado por la costumbre y lo que marca el protocolo. Me gustaría poder asumirlo como reconocimiento pero, aun a riesgo de la injusta valoración conjunta, en estas circunstancias, comprenderán que solo sea eso, la práctica de las buenas maneras.

No quiero arrogarme la representación de nadie, aunque no seamos pocos los católicos españoles que compartimos la misma sensación. Una sensación que se ha agravado con los acontecimientos de las últimas semanas; especialmente cuando hemos visto a algún Obispo intentar, faltando a la Verdad, recurriendo al falso recurso de no referirse a ella, mientras era afeado en público, borrar el rastro de la sombra de “culpa” en lo que va a suceder; bien sea por omisión –espero– y no por compartirlo, por una inexplicable prudencia y no por una suicida connivencia practicada a través del silencio. Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Excelentísimos y Reverendísimos Obispos, quien esto escribe solo tiene conocimientos comunes sobre el pecado, por lo que desde su alto “magisterio” ustedes conocen dónde está la fina frontera entre una cosa y la otra.

No voy a decirles que lo que está sucediendo y su ausente respuesta pública me mueva al escándalo, son muchos los años dedicados al análisis de la Historia de España reciente como para que la “política episcopal” pueda sorprenderme; pero no es menos cierto -estoy seguro- que para muchos católicos –no para todos, evidentemente– causa escándalo su silencio y la actitud que de ello se deriva equiparable a la aquiescencia. La equidistancia, el ponerse de perfil, el esperar que amaine la tormenta y que el tiempo borre el recuerdo no es tan extraña.

Ustedes, con su silencio, no diré que con las maniobras de algunos de sus miembros en los pasillos de Roma, han dejado abandonado a un pobre prior, que si por algo se caracteriza es por cumplir con la misión que se le ha encomendado. No es que ustedes no hayan dado muestra del más mínimo apoyo al mismo, es que incluso, con sus palabras, espero que de forma inconsciente, han buscado sembrar entre los católicos la duda sobre su actitud o se han refugiado, como ha dicho uno de sus miembros, en el manido recurso a que la Iglesia no va entrar en el debate político, en una cuestión política a la que se la quería llevar. El problema es que lo que se está debatiendo no es una cuestión política.

Hemos asistido con dolor, molestos por el silencio de ustedes, al secuestro de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, consideración otorgada por Su Santidad Juan XXIII, Santo desde 2013, por órdenes del gobierno con fuerza armada.

Hemos asistido con dolor, observando con profunda tristeza su silencio, a que se impida a los fieles, con guardias armados, el paso a la Santa Misa obligando al Reverendísimo Padre prior a oficiar al aire libre.

Hemos asistido con dolor, sin la más mínima protesta pública por parte de ustedes, al cerco y la presión gubernativa sobre la Comunidad Benedictina, retirándole o bloqueándole la subvención que recibían por parte del Estado para el sostenimiento del colegio y la escolanía. Algo a lo que no pocos católicos han contribuido a paliar.

Hemos asistido con dolor y vergüenza ajena, motivada por su silencio, a los ataques constantes hacia el Reverendísimo Padre prior de la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Un hombre santo cuya única recompensa por ser fiel a sus votos consistirá en que, cuando pasen unos meses y todo se cubra con el silencio que estimo que aguardan, sea destinado a una humilde esquina del mundo, donde a buen seguro continuará con su ejemplar misión.

Hemos asistido con dolor en el alma al triste espectáculo, sin que medie protesta alguna por parte de ustedes, no solo del secuestro sino de la ocupación de la Basílica del Valle de los Caídos, a la prohibición a los monjes de la Comunidad Benedictina de acceder al templo para cumplir con la misión que tienen encomendada.

Hemos asistido con dolor e indignación, también con impotencia, sin que se haya oído voz alguna por parte de ustedes, a la profanación de lugar sagrado con la intención de cometer una profanación de la tumba de Francisco Franco, pese a la negativa de acceso hecha pública por el prior. Violando el derecho internacional y el Concordato, sin que ustedes hayan tenido el valor de plantear, aun cuando fuera por salvar la imagen, una queja formal. Al contrario, han afirmado públicamente, para desautorizar indirectamente al Reverendísimo Padre prior, que no habría oposición; lo que equivale a una connivencia.

Y en medio de esta situación anómala, de este secuestro de una Basílica por parte de un Estado que se convierte por sus hechos en totalitario, queda la dignidad, sin aplauso conocido por su parte, de un puñado de monjes que han penetrado burlando la vigilancia para poder retirar el Santísimo y evitar cualquier otra profanación.

Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Excelentísimos y Reverendísimos Obispos, de pequeño me enseñaron que había que dar ejemplo y testimonio como católicos, aun cuando ello pudiera llevar al martirio; que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, pero que también el César es de Dios… por ello fueron muchos obispos, sacerdotes y católicos al martirio en los años treinta, algunos de los cuales reposan en la cripta del Valle de los Caídos.

Quisiera recordarles los encendidos elogios que unos cardenales y obispos, no tan lejanos en el tiempo, hicieron de Francisco Franco en noviembre de 1975, incluyendo la bendición en dos ocasiones en ese tiempo de Su Santidad Pablo VI, también Santo; quisiera recordarles que Francisco Franco tiene, otorgada por Su Santidad Pío XII, la más alta condecoración vaticana, el título de Caballero de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo en recompensa a los “altos servicios a la Iglesia”; que durante el pontificado de Su Santidad Pablo VI le fue concedida el Gran Collar de Caballero del Santo Sepulcro de Jerusalén que no hace falta les indique lo que implica; que el nombre de Francisco Franco, por decisión del General de la Compañía, figura en el exclusivo listado de los fundadores y benefactores de la Compañía de Jesús… que la Iglesia española le debe su salvación y su reconstrucción. Y por todo ello me sorprende que la única voz que se ha alzado, no por ello sino por razón de obligación, sea la del humilde prior de una pequeña comunidad, mientras todos ustedes han guardado un espeso silencio que acabará, probablemente, remordiéndoles en su conciencia bien sea por acción relativa o por omisión.

Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Excelentísimos y Reverendísimos Obispos, ustedes gozan de una posición de privilegio, de un alto otero para mirar a la realidad, son conscientes de que el objetivo del gobierno no es solo la sepultura de Francisco Franco sino acabar con la Basílica del Valle de los Caídos; con lo que este espacio de reconciliación cristiana y de oración por todos los caídos significa desde su creación –omisión ha sido no defender la Basílica y su sentido–. Y no es elucubración, la resignificación se encuentra en la mal llamada Ley de Memoria Histórica y están registradas diversas propuestas para el derribo de la Cruz (algo a lo que como se ha publicado se ha comprometido a tratar el presidente del gobierno en funciones tras su próxima victoria). No pocos estimamos que cuando se cede una y otra vez al final se acaba rindiendo el todo y que con la profanación de la sepultura de Francisco Franco se abre el final de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

No creo que, en este tiempo de unanimidad, fuera factible que ustedes adoptaran una decisión colectiva y que si hasta hoy, con todo lo apuntado, no han hablado no lo van a hacer ahora. Pero entre ustedes estoy seguro que existen algunos, probablemente no muchos, que tienen dolor de conciencia y un peso en el alma. A ustedes me dirijo porque en su mano está impedir la profanación.

Aún es tiempo aunque queden pocas horas para poner fin al oprobio. Media docena de Excelentísimos y Reverendísimos Obispos de España, con un voto particular, pronunciándose en defensa de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, denunciando la violación del Concordato, porque el Reverendísimo Padre prior ha negado al gobierno permiso para acceder, acudiendo a la Basílica para situarse públicamente al lado del Reverendísimo Padre prior, serían suficientes para paralizar, en este tiempo, a los bulldozer del odio.

Y ello, Eminentísimos, Excelentísimos y Reverendísimos, porque no es exacto que el gobierno o el Estado enterraran a Francisco Franco en la Basílica del Valle de los Caídos. Todos pudimos ver aquella ceremonia de 1975 y cómo, a las puertas del templo, el poder público entregaba a la Comunidad los restos mortales de Francisco Franco para que los enterrase y los guardara. Cumplir con aquella obligación es lo que ha hecho el padre Cantera, el único que no ha querido refugiarse en un cómodo mirar para otro lado y ser el Reverendísimo Padre del Valle de los Caídos.

Reitero, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Excelentísimos y Reverendísimos Obispos, discípulos señeros de Cristo, AÚN QUEDA TIEMPO, aunque quizás sea porque algunos católicos que guardamos la fe del carbonero aún creemos en el poder de los milagros.