Con motivo de la bacanal de podredumbre, intransigencia y odio que –como cada año– hemos tenido que soportar los madrileños hace una semana, ha circulado por las redes sociales un artículo publicado en 2016 en la página web Religión en Libertad (www.religionenlibertad.com) –página que recomiendo a todo el que se quiera desintoxicar del pensamiento único dominante–, en el que se hacía eco del documento hecho público en aquellas fechas por el Colegio Americano de Pediatras (American College of Pediatricianso ACPeds) en el que se analiza, con criterios puramente científicos y médicos –como no podría ser de otro modo–, los efectos sobre los niños y jóvenes de la gran patraña que es la llamada “ideología de género” y, en particular, las consecuencias de las barbaridades que se están cometiendo en nombre de este descomunal ejercicio de manipulación e ingeniería social.

Los ‘gurús’ de la ideología de género sostienen –básicamente– que si bien existen dos únicos sexos, masculino y femenino, determinados genética, anatómica, orgánica y hormonalmente desde el momento de la concepción (¡faltaría más!), lo que ellos llaman “identidad sexual” o “género” no es algo predeterminado, sino que es algo que se adquiere posteriormente, generalmente en la infancia y pubertad, por influencias culturales, educativas, sociales o de cualquier otro tipo, y que ese “genero”, que nada tiene que ver con el sexo con el que hemos nacido, es algo diverso, polifacético, pudiendo haber prácticamente tantos géneros como podamos imaginar (hombres con aspecto de mujer a los que les atraen los hombres, o las mujeres, o las mujeres con aspecto de hombre; mujeres con aspecto de mujer a las que les atraen las mujeres, o los hombres, o los hombres con aspecto de mujer; etc., etc.), opcional (cada uno elige el que más le place) y que puede cambiar a lo largo de la vida tantas veces como se quiera, de modo que pasa a ser algo casi indefinido, mutante, “fluido” como dicen algunos, que depende poco más que del ánimo con el que nos levantemos cada día y que, por supuesto, se puede moldear al gusto del “consumidor”.

Hasta aquí podría ser simplemente una de tantas teorías disparatadas, sin más consecuencias, pero el problema surge, primero, cuando los devotos de esta locura colectiva se empeñan en que cada niño sea un libro en blanco, con el que a base de adoctrinamiento y, en su caso, de tratamientos químicos (hormonales) o quirúrgicos, se pueda modelar cualquier cosa, cualquier “identidad sexual” al gusto de los miembros de la secta; y, segundo, cuando en base a esa peligrosa diarrea mental se monta todo un proceso perfectamente organizado de ingeniería social y se empiezan a justificar cosas como los vientres de alquiler, la gestación subrogada, la adopción de niños por parejas de homosexuales, el “transgénero”, etc., etc., llegando a permitir que los menores de edad, sin autorización de sus progenitores, se puedan someter a este tipo de tratamientos.

¿Qué dicen los pediatras norteamericanos al respecto? Las conclusiones son rotundas y demoledoras [1]:

  1. La sexualidad humana es un rasgo biológico objetivo y binario (hombre o mujer), si bien existen algunos pocos trastornos del desarrollo sexual de los humanos, como la ‘feminización testicular’ o la ‘hiperplasia suprarrenal’, que están perfectamente identificados médicamente y que afectan a un porcentaje ínfimo de la población. Ninguno de ellos permite, ni remotamente, justificar la existencia de un tercer, un cuarto o un enésimo sexo (o “genero” como a los fanáticos les gusta decir).
  2. El “genero” no es un concepto biológico objetivo, es un concepto sociológico y, sobre todo, psicológico o mental (y yo añado: ideológico). Nadie nace con conciencia de sí mismo como hombre o mujer, sino que esta conciencia se desarrolla de forma natural con el tiempo y, ocasionalmente, puede verse desviada por factores externos, de tipo educativo, social, familiar o de muchos otros, y, por supuesto, se verá desviada si su entorno se empeña en crearle la llamada “confusión de sexo”. Si a un niño, porque le gusta imitar el ladrido de los perros, le tratamos como a un perro, le obligamos a vivir entre perros y le forzamos a comportarse como un perro, acabará creyendo que es un perro … aunque no por ello dejará de ser un humano.
  3. Cuando un niño biológicamente sano cree que es una niña, o viceversa, sufre objetivamente un trastorno psicológico, un problema en la mente, no en el cuerpo, la llamada “disforia de género” o “trastorno de identidad de género”, que se puede encontrar en cualquier manual de psiquiatría y que tiene el correspondiente tratamiento. Se trata, simplemente, de un trastorno mental más o menos grave y más o menos duradero. Nada más.
  4. En los EE.UU., el 98% de los niños y el 88% de las niñas con episodios más o menos prolongados de disforia de género (es decir, que en algún momento de su pubertad se sienten del sexo opuesto) acaban aceptando de modo natural su sexo biológico, sin necesidad de tratamiento ni presión de ningún tipo.
  5. El uso de los llamados “bloqueadores hormonales” [2] durante la pubertad para cambiar los caracteres sexuales de los cuerpos de los adolescentes que padecen disforia de género, es decir, para intentar transformarlos artificialmente en lo que ellos imaginan que son (como defienden y en muchos casos obligan a practicar los defensores de la ideología de género), son tratamientos médicos injustificados y dañinos para la salud de un niño biológicamente sano, inhibiendo su crecimiento y su fertilidad, entre otros efectos secundarios indeseables.
  6. La gran mayoría de los niños que han utilizado bloqueadores hormonales durante su pubertad para “reasignar” su sexo necesitan tratamientos de hormonas cruzadas [3] (testosterona o estrógenos, según el caso) al final de su adolescencia, y en ciertos casos durante su vida adulta. Esos tratamientos está científicamente comprobado que son nocivos para la salud, aumentando al menos el riesgo de hipertensión, de formación de coágulos en la sangre, de ictus, de derrame cerebral y de algunos tipos de tumores.
  7. El uso de bloqueadores hormonales y, posteriormente, de tratamientos hormonales cruzados lleva a los que los reciben, en un porcentaje alto de los casos, a someterse posteriormente a cirugías de “cambio de sexo”, o al menos a desearlo, cirugías que suponen una mutilación completamente innecesaria y contraproducente de órganos perfectamente sanos, con el impacto negativo que ello representa para el conjunto de su cuerpo, que funciona como “un todo”.
  8. En un número elevado de los casos en los que una persona se ha sometido a tratamientos hormonales o quirúrgicos para intentar resolver problemas relacionados con su confusión de sexo (problemas psicológicos, de relación, de identidad o de cualquier otro tipo), el tratamiento ha sido ineficaz o, lo que es peor, ha agudizado los problemas.
  9. La tasa de suicidios en los EE.UU. es veinte veces mayor entre las personas que han recibido hormonas cruzadas o han sufrido cirugías de reasignación de sexo que entre las personas que no lo han hecho.
  10. Por todo ello, hacer creer a los niños que es normal, y hasta saludable, estar toda su vida sustituyendo químicamente su propio sexo por el opuesto mediante tratamientos químicos o quirúrgicos y mediante terapias psiquiátricas, es un caso de maltrato y de abuso infantil, una práctica criminal, especialmente grave si se hace a través de la educación y de las políticas públicas.

En definitiva, los pediatras norteamericanos concluyen rotundamente que la ideología de género daña a los niños (“gender ideology harms children”).

A pesar de que las evidencias científicas demuestran de modo incuestionable que la aplicación de los postulados de esta nefasta obra de ingeniería social conocida por “ideología de género” es gravemente dañina para la salud física y mental de los que lo sufren, nuestros políticos siguen empeñados en legislar haciéndose pasar por progresistas y modernos y siguiendo al pie de la letra las consignas de estos malnacidos: sirva como ejemplo la “Ley de Identidad y Expresión de Genero e Igualdad Social y no Discriminación” (solo el nombre ya espanta) aprobada en su día por la Asamblea de la Comunidad de Madrid, con la abstención del PP (un partido supuestamente conservador), que está todavía en vigor, y que no solo no hay intención de cambiar, sino que cuando alguien con un mínimo de sentido común (en este caso Vox) dice que es un despropósito es tachado de retrogrado, homófobo y –como no– “facha”. Afortunadamente todavía quedan mentes despiertas, y personas valientes, como el obispo de la diócesis de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Plá (a quien Dios conserve por muchos años), que se atreven a denunciar la situación, que se atreven a decir que es una ley injusta y que por tanto a nadie obliga en conciencia, sin importarles que las jaurías del pensamiento único se les echen encima. Desgraciadamente, hasta ahora, ha sido como predicar en el desierto. Así nos va.

La plaga de la ideología de género, y todas sus consecuencias, no es solo una cuestión de ética y de moral, que lo es, ni solo una cuestión de emergencia social (cualquier civilización que siga los postulados de estos dementes terminará por desaparecer y ser sustituida por otra que, en nuestro caso se llama islamismo): es una cuestión de salud pública.

O nosotros acabamos con ella o ella acaba con nosotros.

Tomás García Madrid

 

[1] Versión original del documento en https://www.acpeds.org/the-college-speaks/position-statements/gender-ideology-harms-children

[2] Fármacos que bloquean la producción de testosterona en los niños y de estrógenos en las niñas.

[3] A los niños se les suministran estrógenos y a las niñas se les suministra testosterona.