La escritora sueca Astrid Lindgren, animalista y feminista, creó un personaje que, gracias a la televisión, penetró en las casas y las conciencias de las familias a partir de 1969. Con una cara de niña buena plagada de pecas y luciendo unas largas coletas en su pelo rojo, Pippi Långstrump se paseó por Occidente desafiando las convenciones, socavando el principio de autoridad de los adultos, empezando por los padres, y siguiendo por la policía, los comerciantes, los médicos y los maestros... Pequeña bruja e hija de un pirata, pronto fue un icono de la contracultura. Y, por qué no decirlo: su irreverencia y su rebeldía eran muy divertidas, siempre y cuando se enmarcasen dentro del cuento que confería superpoderes a una niña juguetona e imaginativa. 
 
Medio siglo separa a la serie de nuestros días, a la interpretación que hizo la actriz sueca Karin Inger Mónica Nilsson, de otra sueca, Greta Thunberg, la niña activista que representa otro cuento, aunque diga no ser actriz, tan interiorizado lo tiene. 
 
La sociedad sueca, en la que ambas nacieron y de la que, quieran o no, son exponentes culturales, ha sido uno de los ejemplos de sociedad abierta, de economía mixta y multicultural, presentados al mundo como un éxito durante años, como un ejemplo de cómo era posible combinar un Estado del Bienestar hipertrofiado con una economía próspera, en plena guerra fría, o, después, de cómo se podía convivir en paz y armonía con los inmigrantes gracias al multiculturalismo. 
 
Hoy ya es imposible mantener la ilusión sobre Suecia. Su política de puertas abiertas y su dictadura de lo políticamente correcto, han conducido al país a una situación insostenible. Ya hay en el país nórdico No Go Zones , es decir, barrios e incluso ciudades, en los que ni la policía quiere entrar. El Islam ha impuesto la sharia allí dónde se ha asentado y se ha pitorreado de la pusilánime decadencia de los suecos. 
 
De la simpatía pícara e imaginativa de Pippi, preñada de ilusión, que con su magia desafiaba a las leyes de la naturaleza y con su rebeldía desafiaba a las de la sociedad, prometiendo implicitamente un futuro de emancipación, hemos pasado a la ceñuda, hosca, hostil y amargada Greta, que trabaja, acaso sin saberlo, por un futuro de opresión fingiendo que aspira a liberarnos de un apocalipsis climático inminente.
 
Greta "Thunder" llega como un trueno, verdaderamente como un fenómeno de la naturaleza atronador, y no juega, no ríe, habla de una ciencia que ni entiende ni falta que le hace, y desafía la autoridad, pero desde una supuesta superioridad moral que Pippi, con su inocencia traviesa, no pretendía tener.
 
Más parecida a la novia de Chucky o a la niña del exorcista, Greta es el reverso tenebroso de Pippi, es el personaje de no ficción que ha ocupado el lugar del de ficción en el imaginario colectivo.
 
1969-2019, medio siglo las separa, decía. Medio siglo en el que Suecia se ha hundido, medio siglo en el que la izquierda contracultural se ha transformado en la izquierda totalitaria de lo políticamente correcto.
 
En la cumbre del clima que ahora se celebra en Madrid, Greta será protagonista. No lo será la ciencia sino la política, no lo será lo correcto, sino lo políticamente correcto. La cara ceñuda del Gran Hermano Greta nos vigila. 
 
Y algunos sentimos nostalgia de Pippi.