Por razones de salud mental y por una cuestión de dignidad no vi la vergonzante entrevista que le hicieron hace unos días en TVE a un perro con aspecto humano al que llaman Arnaldo Otegui -para mí el último atentado de ETA (hasta ahora)-, pero no he podido evitar leer en alguna crónica periodística algunas de las cosas que dijo esa alimaña y, entre todas ellas, me ha producido especial repugnancia cuando del modo más cínico imaginable expresa una falsa contrición en el supuesto de haber “generado a las víctimas más dolor del necesario o del que teníamos derecho a hacer”.

Cualquiera que es capaz de cometer las salvajadas que han cometido estos cafres es, salvo excepciones, un psicópata, un ser antisocial que carece completamente de empatía y de sentimientos, aunque suelen ser muy conscientes del mal que hacen, pues no son enfermos mentales. Así, la gran mayoría de ellos cuando les preguntan si se arrepienten responden sistemáticamente que no e incluso niegan que hayan cometido horribles asesinatos, pues lo consideran simples “acciones armadas”, como si hubieran participado en una guerra. Esa respuesta, siendo indignante y despreciable, es la que se espera de un fanático irrecuperable, que vive fuera de la realidad y que no es más que una bestia antropomorfa. Pero lo de Otegui es otra cosa. Otegui sabe bien lo que dice, es muy consciente del dolor que han provocado, de las atrocidades que han cometido, y mide muy bien sus palabras. Otegui es más responsable, si cabe, que las otras hienas que solo saben salir de su guarida para matar. Otegui es el ejemplo supremo de lo que es un canalla, es un individuo que en cualquier país en el que hubiera justicia estaría en la cárcel o en el cementerio.

La cuestión de fondo, en mi opinión, no es que un sujeto pueda decir algo así sin que sea inmediatamente detenido, juzgado y encarcelado por apología del terrorismo, el verdadero drama es que se ha cerrado en falso el problema de la ETA por lo que, en última instancia, la ETA ha ganado.

La ETA, con la complicidad de sus satélites (Herri Batasuna, Bildu, etc.) y - digamos las cosas como son - de una parte muy relevante de la sociedad vasca que la ha justificado, apoyado, ocultado o, simplemente, ha hecho la vista gorda, ha asesinado a más de 850 personas, como es bien sabido, pero además ha dejado varias decenas de miles de víctimas más, desde mutilados y heridos (más de 16.000 registrados) a huérfanos (más de 1.500), pasando por viudas, padres que han perdido a sus hijos, personas que han quedado con secuelas físicas o psicológicas para siempre o que simplemente han pasado unos cuantos años de su vida aterrorizados, incapaces de hacer vida normal, o que han tenido que exilarse de su tierra, personas que han sido secuestradas, chantajeadas, amenazadas, etcétera, etcétera, etcétera. Se han registrado más de 3.600 atentados y hay cerca de 3.500 víctimas oficialmente reconocidas y míseramente indemnizadas. Todavía quedan sin resolver cerca de 350 asesinatos, cuatro de cada diez, y si se aplica la legislación vigente una gran parte de ellos habrían prescrito. Junto al IRA, en Irlanda del Norte, y a los diversos grupos terroristas palestinos en Oriente Próximo, no hay otra banda terrorista más sanguinaria ni más mortífera en toda la historia del mundo occidental. A pesar de ello, sujetos como Otegui, como ‘Josu Ternera’, ‘Txiquerdi’, ‘Kubati’, Troitiño, ‘Santi Potros’, De Juan Chaos o ‘Txapote’, nombres que con solo leerlos provocan un escalofrío de asco y temor, viven tranquilamente en libertad, haciendo y diciendo lo que les parece y saliendo a la calle cada día sin el temor de que les peguen un tiro o que, al menos, les apaleen.

El único éxito en la lucha contra la ETA, que no es poco, ha sido la ejemplar actuación de la Guardia Civil (sobre todo), de la Policía y de muchos jueces y fiscales valientes. Se estima que en la ETA, a lo largo de sus 50 años de historia, han militado del orden de 4.000 energúmenos (sin incluir a los terroristas de “baja intensidad” de la llamada ‘kale borroka’), de los que, gracias fundamentalmente a la Guardia Civil, unos 3.300 han pasado por la cárcel, aunque desgraciadamente ya solo quedan en prisión unos 300.

Exclusión hecha de esa meritoria victoria policial, la triste realidad es que la sociedad española ha sido extremadamente blanda con esa gentuza, no les ha hecho sufrir ni la milésima parte de lo que se merecen. Empezando por un código penal demasiado condescendiente con delitos de esta magnitud, que desgraciadamente no incluye ni la pena capital (abolida en 1995, aunque la última vez que se aplicó fue en septiembre de 1975, cuando se ejecutó precisamente a dos terroristas de ETA ) ni la cadena perpetua (abolida en 1928) y que prevé atenuantes por casi cualquier cosa; pasando por un máximo de 30 años de condena efectiva (hasta que se aprobó la prisión permanente revisable, que ahora quieren eliminar) que hace que en asesinatos múltiples (y ha habido muchos) la pena por cada uno de los muertos sea escandalosamente ridícula; siguiendo por una legislación relativa al cumplimiento de las penas que hace que se cuenten con los dedos de la mano los que han cumplido íntegramente su condena, dándose muchos casos de monstruos que han salido habiendo cumplido la mitad escasa de su condena. Además, y lo que es más grave, los sucesivos gobiernos, tanto del PP como del PSOE, han tenido como principal y casi único objetivo que la ETA dejara de matar, sin importarles lo que habían hecho hasta entonces, sin importarles la reparación de las víctimas; cediendo en la gran mayoría de los asuntos políticos exigidos por el entorno de los terroristas; poniendo trabas a la actuación de los guardias civiles, que si los “tocaban un pelo” eran investigados por torturas y muchas veces sancionados o procesados (recuerden al heroico general Galindo), y no digamos ya si mataban a un etarra en un enfrentamiento (de hecho, solo han muerto 64 terroristas en enfrentamientos con la fuerzas de seguridad, de 4.000; ¡qué pena que no dejaran a la Guardia Civil actuar como es debido!), cuando no se daba aviso a los etarras de los operativos policiales que iban a detenerlos (“Faisan”); trasladando presos a las cárceles cercanas a las Vascongadas; tratando a los presos con toda la delicadeza y todas las comodidades imaginables (solo han muerto 12 terroristas en la cárcel, de 3.200, un porcentaje bastante menor que en los presos comunes), cuando no se los liberaba por razones “humanitarias” (Bolinaga). A los asesinos que salían de la cárcel se les permitió regresar a su pueblo para mofarse, pavonearse y amenazar a las viudas y los hijos de las víctimas, no se les impuso un alejamiento a 500 kilómetros de estas, no se les ha hecho la vida imposible hasta que se hubieran tenido que ir a vivir a las antípodas. Y a veces se les otorgó una pensión.

A todo el entorno de la ETA, a todos los que han sido cómplices de los atentados sin empuñar una pistola o sin tocar un paquete bomba, se les ha tratado con toda condescendencia. Me refiero a organizaciones como KAS, Segui o las llamadas “Gestoras pro Amnistia”, a bandas juveniles como Jarrai y Haika, a periódicos como Eguin o Gara, a sindicatos como LAB o a los sucesivos partidos etarras como Batasuna, Herri Batasuna o Bildu, pero también a los políticos que como el infame Arzallus decían que “ETA agita el árbol y nosotros recogemos las nueces” y no se les metió en la cárcel; a los abogados que se excedían de su obligación profesional y se convertían en mensajeros, encubridores y cómplices de los asesinos y no se les inhabilitó, juzgó y encarceló; a los cientos de familiares, amigos y correligionarios que homenajeaban (y homenajean) a los terroristas muertos (demasiado pocos) o a los que salen de la cárcel y no se les detuvo y, como mínimo, se les multó; a los empresarios que accedían al chantaje y pagaban sin rechistar el mal llamado “impuesto revolucionario” y se les disculpó porque se aceptó que debían tener un miedo insuperable; a los familiares de los presos que cruzaban España de norte a sur con sus banderas y sus pancartas insultantes para las víctimas y para el conjunto de los españoles y nadie los increpó, ni acorraló ni se les quemó el autobús; a los dueños de las “herriko tabernas”, centros de reclutamiento, de ideologización y de cobro del chantaje, no se les dinamitó el negocio y se les metió en la cárcel; a los maestros que en las “ikastolas” metían en la cabeza de los niños el odio a España desde que empezaban a tener uso de razón y no se los expulsó y se cerró la escuela; a los alcaldes que no retiraban las pancartas de ETA, ni borraban las pintadas, mientras retiraban la Bandera Nacional de los ayuntamientos o ponían calles a nombre de los asesinos y no se los inhabilitó de por vida y se los multó; a los sacerdotes que se negaban a celebrar los funerales de los guardias asesinados, y a los obispos (Setien) que les amparaban, y no se les obligó a que celebraran el funeral cantado y en latín, poniéndoles un subfusil en el pecho –si hubiera sido necesario-. Y a decenas de ejemplos más de lo que se debió hacer y no se hizo.

El terrorismo no se extirpa con los derechos humanos, ni con la presunción de inocencia, ni con el estado de derecho y, mucho menos, con la negociación. Al terrorismo solo se le vence con el terror, con el miedo insuperable del potencial terrorista a lo que le pueda pasar a él, a su familia y a su entorno. A los terroristas, y a su entorno, hay que aniquilarlos sin piedad. La cárcel no debe ser un lugar de rehabilitación, algo imposible con estos monstruos, sino un lugar en el que estén aislados de la sociedad, para que no puedan reincidir, y en el que paguen con abundante sufrimiento (“llanto y crujir de dientes”) por sus crímenes y, además, la cárcel debe representar una amenaza de tal magnitud para el que esté pensando en cometer un atentado que le disuada completa y radicalmente de hacerlo.

Nada de esto se ha hecho, y así tenemos al perro con aspecto humano conocido por Otegui concediendo entrevistas como un “hombre de paz”, y tenemos a Bildu presidiendo el parlamento autónomo de Navarra y, posiblemente, colaborando en la investidura del Presidente del Gobierno de España.

Siento decirlo, pero a pesar de que la Guardia Civil, la Policía y muchos jueces y fiscales valientes han hecho más que bien su trabajo, aun a riesgo de sus vidas, al final ha ganado la ETA.

 

Tomás García Madrid