La vida nos da sorpresas más veces de las que nos creemos y aún más de las que nos esperamos.

En todo lo que rodea a la profanación premeditada, alevosa y, caso de producirse, lo que todavía no está claro, posiblemente con nocturnidad de la sepultura y restos del Caudillo, hay que resaltar la perplejidad que ha supuesto que, finalmente, los últimos diques de contención sean un fraile y un funcionario, es decir, el prior del Valle de los Caídos, fray Cantera, y el juez Yusty Bastarreche, de lo Contencioso-Administrativo.

Es emocionante observar como cuando los poderosos, los que han tenido en sus manos siempre la posibilidad cierta de impedir esta atrocidad, es decir, las cúpulas eclesiásticas, militares y judiciales –de las políticas nada esperábamos, sino lo que hemos visto— han evidenciado su cobardía, traición, perversidad y prevaricación, son los humildes, sencillos y pequeños los que dan la lección de honor, valentía y dignidad de la que aquellos han sido incapaces.

Dos hombres se han encontrado al final ante un mismo destino: servir de último obstáculo a la barbarie, y lo están haciendo.

Lo único que tiene de positivo este penoso asunto es que ha obligado a retratarse ahora y para la posteridad a todos, unos y otros; y eso se consume o no la profanación, lo que aún no está claro, repito.

Lo de la Corona, padre e hijo, es de traca, pues todo, absolutamente todo, hasta el traje que visten se lo deben a Franco, quien en vez de instaurar la monarquía, para lo que no tenía ni obligación ni hipoteca alguna, pudo haber instaurado una república presidencialista y nada hubiera pasado; salvo el cabreo monumental, pero pasajero, de los pocos monárquicos recalcitrantes y alucinados del momento.

Lo de los militares es el colmo, pues han traicionado sus más acendradas esencias y tradiciones, así como razones de su propia existencia, al haber abandonado a quien sin duda fue la máxima y más genuina y excelsa encarnación de las virtudes del militar español de todos los tiempos.

Lo del clero, alto y bajo, es de arder en el Infierno, porque Franco fue no sólo católico ejemplar en lo personal hasta lo indecible, sino, más aún, brazo providencial para la salvación de la Iglesia de su segura desaparición de la faz de España y después su máximo protector hasta niveles exagerados pues todo lo puso en sus manos; por desgracia con el resultado de todo tipo que desde hace mucho observamos.

Lo de los demás, para abreviar, es decir, lo del pueblo español de estos tiempos en su conjunto --salvo muy honrosas excepciones, más aún por lo escasas--, sean afines o contrarios, que da igual, es de pena, porque todos, unos y otros, disfrutan y viven aún hoy de lo que construyó Franco; y eso a pesar de que se ha intentado destruir, bien que sin conseguirlo, porque su obra en todos los aspectos fue tan monumental que sigue y seguirá impregnando la vida diaria de los españoles hasta en lo nimio.

Si se consumara la profanación, lo que aún no está nada claro, vil acto donde los haya, todos los citados, es decir, España entera lo pagará de múltiples formas y así debe ser esta vez.

Quedarán, eso sí para siempre, el imperecedero recuerdo del testimonio de esos dos hombres, fray Cantera y el juez Yusty Bastarreche, ejemplo además de lo que con absoluta facilidad pudieron y debieron hacer todos los demás, pero no quisieron.