Una buena ciudadana llamada Noelia de Trastamara, que publica un interesante blog[i], ha tenido la infinita paciencia de revisar todos y cada uno de los casos de detenciones practicadas en España por agresiones de hombres a mujeres entre enero y mayo de 2019. Gracias Noelia por hacer ese trabajo que, por las conclusiones a las que conduce, es algo que los guardianes del “pensamiento único” intentan evitar que se haga por todos los medios a su alcance.

Según el cuidadoso recuento que ha hecho Noelia, publicado hace pocos días en ‘El Correo de Madrid’, en esos cinco meses ha habido en España 725 detenidos por agresiones a mujeres, un número preocupante y desde luego desolador, pues aunque solo hubiera habido una agresión ya sería desolador. De esos 725 detenidos, 95 era de nacionalidad española (el 13,1%) y el resto, el 86,9%, eran extranjeros. Dado que la población extranjera en España representa del orden del 10% del total, lo anterior significa, en términos puramente estadísticos, que la probabilidad de que un extranjero residente en España cometa una agresión a una mujer es SESENTA (60) veces superior a que la cometa un español. Dicho de otro modo, y si esto fuera un suceso aleatorio (que no lo es), la probabilidad de que un varón español cometa en un año una agresión a una mujer es de uno sobre doscientos dieciocho mil, mientras que la probabilidad de que lo haga un extranjero es de solo uno sobre tres mil seiscientos. En muchos otros delitos (hurtos, robos con fuerza, ocupaciones de inmuebles, menudeo de droga, homicidios, prostitución, trata de seres humanos, etc.) las estadísticas son similares.

 

¿Significa esto que los extranjeros son “genéticamente” más propensos al delito? No, en absoluto, hay otras muchas razones para este llamativo desequilibrio. Una de ellas, sin duda, es la situación personal de muchos de esos extranjeros, desgraciadamente mucho menos favorecidos que los españoles en términos sociales y económicos (lo cual podría justificar, al menos en parte, la mayor frecuencia de hurtos o robos, pero no de agresiones a mujeres), pero otra es, simplemente, una enorme diferencia cultural.

 

En Europa nos ha costado siglos educarnos en los principios y valores que hoy rigen nuestra convivencia. Los usos y costumbres, la diferencia entre lo que nosotros consideramos el bien y lo que consideramos el mal, lo que en definitiva rige nuestro comportamiento y nuestras relaciones sociales, son el resultado de muchas generaciones de “entrenamiento” y, sin duda, tienen una componente de carácter religioso, un sustrato cristiano, que ha marcado y marca nuestra estructura de principios y valores. La importancia de la vida, la consideración del prójimo como un semejante, el rechazo a la violencia, el respeto a la propiedad privada, el valor del esfuerzo y del sacrificio, la legitima ambición de prosperar de modo honesto, la defensa de la familia, el amor al prójimo como a uno mismo, la libertad individual, el respeto a la Ley (aunque no nos guste) y a los derechos humanos, y muchas más cosas, no son algo que nos hayan imbuido de la noche a la mañana, no son normas de comportamiento que se inculquen solo por legislar al respecto. Son consecuencia de un proceso larguísimo, de generaciones, de pequeños avances sucesivos y retrocesos puntuales, de modelar la conciencia de los grupos sociales que, desde luego, no se aprenden con un tutorial de ‘youtube’ ni con un libro de autoayuda.

 

Hace pocas semanas una misionera española, Sor Inés Nieves Sancho, de 77 años, fue decapitada y desangrada en la República Centroafricana por un grupo de personas, buscadores ilegales de diamantes, simplemente porque pensaban –esas son sus creencias– que la sangre humana fresca, y más si es de un blanco, les trae suerte en la búsqueda de esas piedras preciosas. En algunos países de África subsahariana a los niños albinos se los abandona, o se los asesina, por considerarlos embrujados. El Corán, libro sagrado de los musulmanes, no solo permite sino que recomienda que, en según qué supuestos, el marido aplique castigos físicos a sus (en plural) mujeres. Todavía hay esclavos en ciertas regiones de África y de Asia. En algunos estratos sociales de muchos países iberoamericanos las mujeres son un simple objeto de satisfacción sexual de los hombres, que yacen con ellas (a veces de modo consentido y otras veces forzándolas) y, si engendran hijos, se desentienden completamente de ellos. En muchas sociedades con índices de pobreza altos, el hurto es práctica normal y admitida, y si no te pillan ‘in fraganti’ (en cuyo caso las consecuencias suelen ser desproporcionadas) no pasa nada y por supuesto no genera ningún reproche social. En algunos países islámicos a la mujer que es violada se la juzga y se la condena por adulterio, y a veces se la lapida. Todos esos ejemplos, y muchos más, son costumbres inconcebibles para nosotros pero que, en esas sociedades, es algo tristemente aceptado con naturalidad desde hace siglos.

 

Si a una sociedad se incorporan gradualmente, de modo paulatino y controlado, un cierto número de personas que vienen de otras sociedades distintas, y se les “obliga” (sin violencia) a adaptarse a las costumbres de la sociedad a la llegan, se irán integrando, aunque solo sea por necesidad. Si la incorporación es masiva y sin control, si se permite que se formen ‘guetos’ -barrios enteros donde solo hay extranjeros de una misma procedencia, de los que salen solo para trabajar, para pedir o para delinquir-, no solo no se integrarán nunca, sino que harán lo posible para que el resto de la sociedad se acomode a sus usos y costumbres. Y si encima les incentivamos, les primamos por ser diferentes, y gastamos fondos públicos en convencer a los nacionales de que la “multiculturalidad” (sic) es enriquecedora, que nosotros debemos ser los que nos adaptemos a las costumbres de los que vienen (preferentemente si no son cristianos), la situación se convierte en explosiva. Que les pregunten a los alemanes por los turcos, o a los franceses por los magrebíes.

El partido Vox incluye en su programa electoral unas pocas medidas en relación con la inmigración ilegal, en mi opinión todas ellas de sentido común, que se pueden resumir en regular y controlar la inmigración (en número de personas y en cuanto a los requisitos que deben cumplir los inmigrantes para ser bien recibidos), en establecer unas reglas de comportamiento que deben cumplir los que vengan, en evitar la inmigración ilegal y en deportar a los extranjeros que vengan a delinquir. Inmediatamente, como un mantra, la progresía, desde los que se autodefinen como “centro-derecha” (sic) hasta la izquierda más extrema, los ha calificado de xenófobos.

 

No señores, no es una cuestión de xenofobia, es una cuestión de defensa propia. La xenofobia (que no es exactamente racismo, aunque los ignorantes que nos acusan de xenófobos piensan que es lo mismo) es el rechazo a los extranjeros simplemente por ser extranjeros. Nosotros no rechazamos a los extranjeros, ni mucho menos. Muchos de los que Uds. etiquetan como “xenófobos” donamos dinero, algunos muchos dineros, a múltiples organizaciones públicas o privadas para ayudar ‘in situ’ a esos extranjeros que Uds. creen que despreciamos. Desde Unicef a las numerosas fundaciones privadas de ayuda a los países en desarrollo, pasando por Manos Unidas, Médicos sin Fronteras y tantas otras, por no hablar de Caritas Diocesana, la mayor ONG de España y la que más hace por mejorar las condiciones de vida de los extranjeros más necesitados que viven en España (por cierto, ¿saben quién acogió en noviembre de 2018 a los inmigrantes que llegaron en el barco Aquarius a Valencia, después de que Sanchez y sus secuaces se hicieran la foro? … han acertado: Cáritas). Me gustaría saber que hacen Uds. al respecto, aparte de las patéticas pancartas de “Refugees Welcome”: en realidad no les importan nada, los utilizan solamente como un elemento más para destruir el orden establecido, como una herramienta política a favor de sus espurios intereses, y se desentienden de ellos.

 

Nosotros no los rechazamos, ni mucho menos, los amamos en el sentido del amor y la caridad cristiana. Pero lo que no estamos dispuestos a consentir, porque además no tiene ningún efecto relevante sobre el bienestar global de los millones de desfavorecidos del mundo, es la llegada un aluvión de extranjeros, con cultura y costumbres completamente diferentes (si no opuestas) a las nuestras, que vengan decididos a cambiar nuestra sociedad, nuestra forma de vida. Nos gusta más, porque creemos que es mejor y porque nos ha costado mucho llegar hasta aquí, seguir viviendo como europeos que convertirnos en musulmanes, en subsaharianos o en chinos.

 

Y afirmo que permitir la inmigración masiva no sirve para casi nada por una sencilla razón. En el planeta Tierra hay, desgraciadamente, del orden de 3.000 millones de seres humanos (uno de cada cuatro, aproximadamente) que viven en condiciones de pobreza extrema, con menos de un dólar al día. Un drama tremendo, qué duda cabe. Por el otro lado, los países realmente susceptibles de recibir inmigración por razones económicas, por tener un nivel de renta elevado, son unos pocos: EE.UU., la Unión Europea, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur y poco más; la población de esos países suma unos 1.000 millones. Por mucho esfuerzo que hagamos en recibir al mayor número posible de migrantes, será como sacar un vaso de agua de un océano. En 2016, un año en que se creó un gravísimo problema migratorio en la UE por el número de migrantes que entraron, año en el que estuvieron a punto de “estallar las costuras” en este tema, llegaron a la UE unos dos millones de personas, el 0,4% de su población. Supongamos que los países señalados como susceptibles de recibir emigrantes hicieran todos y cada uno de los años ese mismo esfuerzo gigante y recibieran, cada año, un número de inmigrantes igual al 0,4% de su población, esto es, 4 millones de personas: para el inmenso colectivo de personas en situación de pobreza extrema, para esos 3.000 millones de seres humanos en la miseria, esos 4 millones que tienen la fortuna de marcharse a un lugar mejor son algo insignificante. Y, además, se marcharán los más valiosos, los jóvenes, los más fuertes, los más sanos y los más formados. Es como si en un pueblo de 7.500 habitantes, todos en situación de pobreza extrema, cada año eligiéramos a uno, solo a uno, el más fuerte, el más formado, y nos lo trajéramos a casa: no sirve de nada (excepto para el afortunado, evidentemente), solo para empeorar al resto, que van perdiendo a los mejores mientras que ellos siguen exactamente igual.

 

La única solución realista, aunque implementarla desafortunadamente llevará décadas, es mejorar las condiciones de vida en sus países de origen. Empezando por erradicar a los gobiernos corruptos que los saquean y siguiendo por la educación, las infraestructuras y las inversiones directas en esos países para crear riqueza y puestos de trabajo ‘in situ’. No hay otra solución.

No somos xenófobos, no nos ofendan, somos realistas y no queremos que nadie nos cambie a su gusto y criterio, y a marchas forzadas, nuestra forma de vida. No es xenofobia señores, es autodefensa y sentido común.

 

[i] https://noeliadetrastamara.wordpress.com/2019/05/29/lista-actualizada-de-agresiones-hacia-mujeres-en-espana-a-fecha-de-hoy-29-de-mayo-de-2019-lo-que-no-quieren-que-sepas/