Antes de entrar en materia, tengo que decir que, como colectivo y aún más como grupo de presión, no me gustan los homosexuales. Lo siento mucho, pero es así. Los humanos no controlamos nuestros gustos, es algo irreflexivo: me gusta el jamón y no me gusta el cerdo agridulce, y ni se decirles por qué ni yo he hecho nada para que así sea. Me sale de dentro. De igual modo me siento mejor con un sevillano que con un chino, con un cristiano que con un musulmán, con un taurino que con un animalista o con un madridista que con un culé. Cosas de la vida.

Que no me gusten los homosexuales no quiere decir que los rechace o que no los respete. En mis cincuenta y seis años de vida he interactuado con numerosos homosexuales -en el trabajo, en círculos sociales, en cualquier sitio- y puedo afirmar rotundamente que jamás, en ninguna ocasión, los he discriminado, los he tratado de forma diferente, los he causado el más mínimo dolor y mucho menos los he menospreciado. Es más, con alguno tengo amistad y en general la experiencia de trabajar con ellos ha sido tan positiva como la de trabajar con personas que no lo son. Nada que objetar al homosexual que vive su condición con la discreción, la educación y el respeto hacia los demás exigible a cualquier persona, con independencia de sus tendencias sexuales.

Dicho eso, estoy firmemente convencido de que lo natural, es decir, lo que la naturaleza (por mandato de Dios) produce, son hombres y mujeres, con características biológicas claramente diferenciadas (cromosomas, gónadas, aparato reproductor, hormonas, etc.), que en la inmensa mayoría de los casos se sienten atraídos por los individuos del otro sexo. También estoy absolutamente convencido, pues lo corrobora la ciencia, que no hay ninguna diferencia física entre un hombre o una mujer homosexual y un hombre o una mujer (respectivamente) heterosexual, que la única diferencia es psicológica o mental. Como en toda regla hay alguna excepción, hay ocasiones en los que las cosas se salen de la norma, de lo común, por lo que comprendo que efectivamente hay personas que, sin que intervenga para nada su voluntad, pueden sentir atracción por los individuos de su mismo sexo. A las personas que sufren ese trastorno mental no solo no hay que rechazarlas, hay que ampararlas y, si ellas quieren, ayudarlas. Otra cosa muy diferente son las personas que - siguiendo una devastadora moda impuesta por el ‘lobby’ LGTBIXYZ, o dejándose engañar por los gurús de la secta de la ideología de género, o rindiéndose a la lujuria, o por cualquier otra razón - deciden conscientemente mantener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, bien sea en exclusiva o alternándolo con personas de otro sexo o con cualquier otra de las múltiples posibilidades que –según dicen - existen. Eso me parece una perversión y por tanto legítimamente rechazable.

Los católicos no condenamos al pecador, pero si el pecado; no juzgamos al prójimo (de eso ya se encargará Dios), pero si juzgamos sus acciones, pues sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es pecado y lo que es virtud. Los católicos sabemos que el sexo fuera del matrimonio es pecado, y sabemos que el matrimonio es solo la unión de un hombre y una mujer, por lo tanto sabemos que el sexo homosexual es pecado y, como rechazamos el pecado, rechazamos el sexo homosexual. Así de sencillo.

Una vez dejada clara mi posición sobre la homosexualidad, para que los que me van a llamar homófobo, intolerante y facha lo hagan con conocimiento de causa, vamos al tema.

El pasado fin de semana, un año más, hemos tenido que soportar el repugnante espectáculo de la que llaman “Fiesta del Orgullo Gay”, a la que ahora se refieren simplemente como “Fiesta del Orgullo” (sic), pues como parece que ya no se puede estar orgulloso de ninguna otra cosa consideran innecesario e incluso ofensivo especificar a qué orgullo se refieren.

Creo que el orgullo, si está bien entendido, debe ser un sentimiento íntimo, privado, pues cuando deja de serlo se convierte en vanidad o en soberbia, y acepto –porque creo en la libertad individual- que una persona esté orgullosa de lo que le dé la gana, independientemente de que el motivo de su orgullo me parezca o no meritorio: de ser ludópata, de ser analfabeto o de ser tuberculoso, por poner algún ejemplo. Me da igual, allá cada uno. Lo que no me da igual, lo que me repatea y enerva, es que ese sentimiento de orgullo se traduzca en la pretensión, últimamente impuesta de modo agresivo y violento, de que todos los demás los aplaudamos por ser como dicen que son y les otorguemos ventajas (ahora lo llaman “discriminación positiva”) por ser diferentes a la mayoría y, mucho menos, que pretendan que todos los demás seamos ludópatas, o analfabetos o tuberculosos. Me parece un ataque intolerable a mi libertad y, por tanto, lo rechazo rotundamente, especialmente cuando se traspasa la frontera entre el orgullo de ser como eres y la discriminación, el desprecio y el ataque al que no es como tú.

Tampoco soporto el exhibicionismo. Ni el del homosexual que hace gala de su condición hasta en el más cotidiano acto de su vida ni, en el otro extremo, el del que se considera a sí mismo un “macho”, un semental en potencia, y se comporta – ridículamente - como tal. Y no digamos cuando el exhibicionismo se lleva a su máxima expresión, cuando se convierte en una paranoia de mal gusto, desprecio al prójimo y escarnio sobre sus creencias o sus costumbres. Las imágenes de los participantes en esa nauseabunda bacanal disfrazados de sacerdote, de monja (el ataque a la Iglesia y a los católicos nunca puede faltar), de policía, de enfermera o de militar, en actitudes asquerosamente provocativas, son intolerables y en muchos casos constitutivas de un delito de odio. Ni más ni menos.

Me asquea la procacidad, el libertinaje, la promiscuidad y, no digamos, las prácticas sexuales en público. El día que los humanos perdamos totalmente el pudor y demos rienda suelta y en público a nuestros instintos o necesidades animales (defecar, miccionar, fornicar, agredir al que nos molesta o no nos gusta, ignorar los derechos del prójimo, etc.) dejaremos de ser humanos y nos convertiremos en eso, en animales, y nuestros pueblos y ciudades dejarán de serlo para convertirse en junglas dominadas por el más fuerte o el más ruIn. Si además esas actuaciones no se hacen solo por gusto, sino para provocar y molestar a los demás, el asco y la indignación que me producen se dispara hasta el infinito.

Me escandaliza la hipocresía, y más si se acompaña de la cobardía. Me escandaliza que esta gente, que disfrutan de las ventajas de vivir en un lugar en los que sus derechos están garantizados no solo por la ley sino por el consenso social, en un país en el que (incomprensiblemente) disfrutan incluso de más derechos que el resto, no tenga las agallas de irse a montar su bochornoso espectáculo reivindicativo a cualquiera de los casi 60 países en los que la homosexualidad está tipificada como un delito, castigado incluso con la pena de muerte (como en Irán, los patrocinadores de Unidos Potamos) o con la cárcel (como en el “paraíso” –para muchos de ellos- cubano) o, sin tenerse que ir tan lejos, a la mezquita de la M-30, donde el imán y sus muchachos los recibirán con los brazos abiertos.

Ahora cojan todo ello, mézclenlo bien, añadan que se financia en parte con dinero público (el consistorio de la “abuelita diabólica” hizo una dotación presupuestaria para 2019 de 14.500 € para “preservativos y lubricantes” para esta gentuza, y me temo que los lubricantes no son para el parque móvil); añadan que invaden y colapsan durante varios días una gran parte del centro de Madrid, expulsando en la práctica a los sufridos vecinos; añadan que generan más toneladas de basura (sin incluirles a ellos) que en cualquier otro evento celebrado nunca en la capital; añadan que se les permite graciosamente saltarse a la torera una larga lista de normativas municipales (ruido, horarios, bebidas alcohólicas en la calle, etc.); añadan que llevan a menores de edad (algunos muy menores), a los que tratan como mascotas (si no es como algo peor) sin que la fiscalía de menores haga nada; añadan que entre ellos hay grupos de matones que acosan y agreden (física o verbalmente) a los que no piensan como ellos y con todo ello tendrán una idea bastante precisa de lo que es esa orgía de inmundicia, intolerancia, agresividad y odio a la que llaman “Fiesta del Orgullo”, algo que ya nada tiene que ver con lo que hace cincuenta años comenzó (por cierto, en los capitalistas, conservadores y odiados EE.UU., y no, por ejemplo, en los paraíso de la libertades y de la igualdad que en aquellos años eran la URSS o la China de Mao) siendo una legítima manifestación en contra de la discriminación y persecución contra los homosexuales y en favor de la tolerancia, el respeto y la igualdad.

¿Hasta cuándo vamos a seguir aguantando esto? Aunque estoy seguro de que la gran mayoría de los madrileños piensan que no se debería celebrar ni un año más, me temo que nos quedan unos cuantos años más de infierno, pues –salvo Vox- no hay ningún político que se atreva a poner coto a este desmán, no ya prohibiéndolo, sino –al menos- trasladándolo a un lugar en el que no ofendan a los demás, en el que los daños que ocasionan tengan el mínimo efecto posible y en el que dispongan de espacio suficiente para hacer cómodamente sus guarrerías como, por ejemplo, el vertedero de Valdemingómez: más de un millón de metros cuadrados deshabitados y totalmente a su disposición, convertidos en un bonito parque forestal público y con fácil acceso por carretera (N-III), ferrocarril (estación de Atocha y línea 5 de Metro), autobús (líneas 337 y 415) e, incluso, con el aeropuerto de Barajas a 20 minutos; ¿puede haber un lugar mejor?.

Tomás García Madrid