Se estila hoy - entre los innumerables cretinos/garrulos/parásitos con pretensiones sociales que proliferan en nuestro país - lo de transformar el mundo a base de buenismo y demagogia.

 

Es lo que ocurre por ejemplo con esos radicales tan ajenos a datos objetivos contrastados como adictos a distorsionadas visiones romántico subjetivas de la vida que, a caballo entre la ignorancia supina y la estupidez urbanita, pretenden imponer su perturbado ideario victimizando a los animales a la par que criminalizando a los cazadores en cuanta pantomima televisiva tienen oportunidad.

 

En esta cuestión (como en otras) uno escucha tal cantidad de majaderías que, aun siendo una pérdida de tiempo discutir con fanáticos, conviene de vez en cuando desenmascarar a tantos impostores especializados en azuzar los bajos instintos de los muchos envidiosos, frustrados, rencorosos y mediocres a diario excretados por esta memocracia mientras, eso sí, se lo llevan crudo a través de incautos donativos y espurias subvenciones estatales.

 

En primer lugar, la caza (oficialmente contemplada como un bien común y reconocida como deporte) se ejerce de manera regulada sobre aquellas especies cuya captura es legal, previa realización de los estudios y planes de aprovechamiento destinados a garantizar la sostenibilidad de dichas especies y de los ecosistemas donde viven. Conviene, por tanto, distinguir a cazadores de furtivos, reglamentados los primeros, simples delincuentes los últimos.

 

En segundo lugar, es rigurosamente falso que las poblaciones de animales desarrollen sus propios mecanismos de autorregulación. Antes bien, está científicamente demostrado que tales poblaciones son incapaces de autorregularse, puesto que la civilización humana lleva condicionando desde hace siglos su hábitat y comportamiento. De hecho, en la actualidad, la sobrepoblación de cualquier especie resulta insoportable para las restantes, provocando de igual modo un efecto letal y en cadena sobre la agricultura (solo en 2016, se produjeron en España un total de 9472 siniestros agrícolas causados por la fauna silvestre), la ganadería (desde 2012 los ataques de lobos a rebaños se han multiplicado por 20 en algunas provincias españolas), los accidentes de tráfico (cerca de 20500 anotados en 2017, la mayoría por jabalíes, ciervos y corzos) o la propia salud de las personas (véase la transmisión de enfermedades como la rabia).

 

En tercer lugar, la caza sostiene socioeconómicamente nuestro ya de por sí deprimido agro, aportando casi siete mil millones de euros anuales al PIB y manteniendo cerca de 200000 empleos entre directos e indirectos.

 

Y, en cuarto lugar, lo de que “la caza es elitista” se antoja una falacia. A bote pronto, se me ocurren pocas actividades tan populares, resultando fundamental para que, desde nuestros lejanos orígenes, llegáramos hasta aquí. Es cierto que en las últimas

décadas su práctica se ha encarecido, algo achacable a los burócratas a cargo de las respectivas Consejerías de Medio Ambiente, al punto que, de seguir con la subida de las licencias, las normativas absurdas o las cada vez mayores restricciones, llegará un momento en que solo los más ricos podrán cazar (lo cual no ocurría antes de transferirse las competencias en esta materia a las infaustas CCAA, oh paradoja).

 

Resumiendo, que la caza es absolutamente imprescindible para la gestión del capital ambiental (cazar también supone desbrozar montes, construir alojamientos para el turismo rural o crear cooperativas), ya que en sí misma constituye el aprovechamiento sostenible por antonomasia (¿quién sino los cazadores son los primeros interesados en ello?) de los recursos naturales.

 

No se dejen engañar, pues, por esos “animalistas de teclado” que parapetan su odio hacia los seres humanos en un presunto amor a los animales. Además de manipuladores y embusteros, demuestran ser mala gente.

 

 

 

RICARDO HERRERAS