Consuelo Ordóñez es una abogada española, conocida públicamente por su heroica militancia en favor de las víctimas del terrorismo de criminal ETA. La banda criminal asesinó vilmente a su hermano, Gregorio Ordóñez, el 23 de enero de 1995 y la amenazó de muerte durante años. Eso marca una vida y no se olvida.

 

Actualmente preside el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) que fundó junto a Cristina Cuesta y a Teresa Díaz Bada en 1998 para dar una mayor visibilidad a las víctimas del terrorismo, especialmente en el País Vasco, donde a nivel social e institucional estaban repudiadas. En esta entrevista analiza el daño irreparable que ocasionó la organización terrorista y  como ese odio continua disfrazado de democracia y de paz, que es un insulto a la inteligencia.

 

¿Cómo valora el hecho de que los partidos filo etarras (por decirlo suave) no estén ilegalizados?

 

Como un fracaso del Estado de derecho. No podemos olvidar que, aunque ETA haya dejado de matar, no ha renunciado a conseguir sus objetivos políticos totalitarios y excluyentes, los mismos que defendía cuando asesinaba, secuestraba, hería y extorsionaba. Ahora utilizan la democracia para su propio beneficio, pero sus objetivos siguen siendo absolutamente antidemocráticos. 

 

La foto del final de ETA en la localidad francesa de Canbo no es la que queríamos ni la sociedad ni las víctimas, ni la que nos merecíamos. Considero indigno y muy poco propio de un Estado de derecho que se permita que la banda terrorista haya sido la que ha marcado los tiempos y la protagonista de su final, mientras presume de que la ha derrotado. Una ETA derrotada no tendría avales internacionales ni a uno de sus terroristas más buscados, Josu Ternera, habiendo leído el comunicado de su disolución. Una ETA derrotada no estaría en las instituciones defendiendo su proyecto político totalitario y excluyente, el mismo que intentó imponer con las armas. Una ETA derrotada, en definitiva, no hubiera obtenido beneficios por haber matado y también por haber dejado de matar. Una ETA derrotada tendría a todos sus miembros cumpliendo condena por sus crímenes.

 

¿Cómo valora que Pedro Sánchez se haya unido a ellos para echar a Rajoy del sillón de Moncloa?

 

Prefiero no valorar esta cuestión.

 

Y personajes como Otegui campando a sus anchas…

 

Otegui podrá ser un líder político de un partido legalizado e incluso podrá ser un día candidato a lehendakari, pero lo que ha marcado y marcará su biografía es que ejerció el terrorismo, que secuestró, que jugó a la ruleta rusa con una persona y que dirigió la estrategia de una organización terrorista. Y de ninguna de estas cosas ha asumido públicamente sus responsabilidades. Apoyarse en Otegi implica ayudar a la izquierda abertzale a asentar la impunidad fáctica y moral que tiene sobre la trayectoria de ETA.

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Incluso le llaman hombre de paz…

 

Considerar a Otegi un “hombre de paz” es caer en las trampas y manipulaciones de la izquierda abertzale. Las llamadas a la reconciliación y a la paz son trampas vestidas con piel de cordero. Los terroristas, los que han ejercido y apoyado la violencia, y los que ahora no la condenan, no están legitimados para hablar de paz. Cuando ellos hablaban de libertad, de “liberar a un pueblo vasco oprimido”, las víctimas pedíamos la paz. Ahora que ellos se presentan como abanderados de la paz, las víctimas y los demócratas debemos hablar de libertad, debemos recordar que la libertad sigue secuestrada en el País Vasco porque se ha impuesto el nacionalismo vasco dominante y gobernante a base de sangre y fuego. Mientras no se condene esa historia de terror y se siga justificando el terrorismo, no seremos libres. Los terroristas son quienes se tienen que reconciliar pero no con las víctimas, sino con toda la sociedad a la que han amedrentado durante décadas. Las víctimas hemos sido ejemplo de convivencia desde el momento en el que no respondimos a la violencia con violencia.

 

Hablenos de COVITE y de su lucha a favor de las víctimas del terrorismo.

 

Solo he estado en COVITE. Fundé COVITE junto a Cristina Cuesta y a Teresa Díaz Bada en 1998 para dar una mayor visibilidad a las víctimas del terrorismo, especialmente en el País Vasco, donde a nivel social e institucional estábamos repudiadas. El 28 de noviembre de 1998 fue, en muchos sentidos, un día histórico. Hacía poco más de un año de la liberación de Ortega Lara y del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco; hacía apenas unos meses del asesinato del concejal Alberto Jiménez y de su mujer, Ascensión García; del concejal José Luis Caso y de su amigo y sustituto, Manuel Zamarreño. ETA mataba, dominaba el espacio público en el País Vasco y en Navarra y marcaba el ritmo político. En definitiva, hipotecaba el día a día de nuestro país.

 

También era un año en el que se estaba asentando la respuesta ciudadana contra el terrorismo, que bebía del intenso, aunque fugaz, espíritu de Ermua. También empezaba a cobrar fuerza el frente constitucionalista. Y ETA declaró una tregua que se acogió con desaforado optimismo. Desde muchas instancias se comenzó a pedir a las víctimas que fuéramos generosas, que miráramos al futuro. Se empezó a hablar de pasar página, sin ser conscientes de que aquella situación era tan débil como tramposa.


Todo eso empujó a que las víctimas, por primera vez, diéramos la cara en la ciudad vasca donde ETA había cometido más asesinatos. En pleno centro de San Sebastián, en una rueda de prensa y después de haber logrado el respaldo de más de 200 familias, presentamos el Colectivo de Víctimas del Terrorismo. En nuestro manifiesto fundacional decíamos algunas cosas que no se habían oído demasiado hasta entonces.

 

¿Podría mencionar algunas de ellas?


-ETA ha sido la principal protagonista de esta historia de terror iniciada hace ya demasiados años, pero no podemos olvidar que otros grupos terroristas (Triple A, Batallón Vasco Español, GAL), también han sembrado el horror y el sufrimiento entre nosotros.


-Conseguir ventajas políticas a costa de los crímenes cometidos supondría decir a los asesinos que es rentable matar y a las víctimas, que el asesinato, la intimidación, etc., han servido para algo y que, por lo tanto, estaban justificados.


-Hay que conocer la verdad de lo que ha sucedido: la resolución de los temas judiciales y policiales pendientes, el descubrimiento de todos los responsables de cada muerte y la eliminación de cualquier tipo de impunidad.


-Nuestra opinión ha de ser tenida en cuenta y tenemos que estar informados de cada paso que se dé en la solución del problema. Nos sentimos manipulados cuando intentan presentarnos como protagonistas de la reconciliación.


-Pero, sin duda, lo que ha marcado la trayectoria de COVITE ha sido entender por fin el contenido político de nuestra condición de víctimas. Hasta finales de los noventa, las asociaciones o las víctimas que se habían manifestado públicamente contra el terrorismo hacían gala de un pacifismo naíf basado en la compasión y en una idea tan básica como que matar está mal. COVITE dio un paso más y entendimos una cuestión crucial: ETA ejerció una violencia política porque perseguía imponer un proyecto político totalitario y excluyente.

 

Ese proyecto pasaba por la eliminación de sus opositores, a los que condenaba o bien a una muerte física o bien a una muerte civil. La gravedad de la muerte física está medida: al menos 850 asesinatos y 2.700 heridos. La muerte civil es un poco más difícil de calibrar: hubo 40.000 exiliados forzosos y varios miles de extorsionados, pero cuántos hubo que callaron por miedo, cuántos recibieron amenazas y nunca las denunciaron, cuántos se levantaban de la cama pensando que ese día podía ser el último de sus vidas. La muerte física y la muerte civil de ETA, por tanto, encerraban un trasfondo político. Por eso las víctimas de ETA somos víctimas políticas. Las víctimas no nos politizamos, sino que ETA nos politiza al asesinarnos, secuestrarnos, herirnos o perseguirnos. Nos convertimos, sin querer, en un sujeto político y por eso la línea clara que ha determinado la actuación de COVITE ha sido el cumplimiento y la defensa del Estado de Derecho.


Todos estos puntos del manifiesto fundacional están hoy vigentes.

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Ahora que en teoría ha desaparecido ETA, ¿ha bajado la actividad de la militancia en defensa de las víctimas?

 

Hay muchas cuestiones pendientes. Hay que hacer justicia a las víctimas, tanto por la vía judicial como por las vías del relato y de la memoria.


El esfuerzo de buscar la verdad y la justicia debería ser una gran prioridad nacional si queremos construir una sociedad digna. Se debe estudiar a fondo por qué se falló tanto en la gestión de cientos de casos de terrorismo, el porqué de tantas negligencias, de tantos olvidos, de tan poca consideración hacia las personas a las que se les arrebató todo. La falta de resolución de todos estos casos de asesinato de ETA no se debe a que la banda terrorista no dejase ningún rastro ni ninguna prueba de las barbaries que cometió: corresponde a que las pruebas no fueron bien gestionadas por el Estado de Derecho. Por tanto, estudiar a fondo por qué ocurrió esto y contarlo a las nuevas generaciones es, sin duda, un aspecto que está pendiente a día de hoy.

Siguiendo con el relato y la memoria, hay que dar voz y visibilidad a las víctimas, que se les tenga más en cuenta de lo que se las ha tenido hasta ahora y que sientan que la sociedad está con ellas. Las víctimas no hemos tenido casi apoyo social durante los años de violencia de ETA. Esto nos ha dañado mucho. Hasta finales de los años noventa no se produjo ningún movimiento de activismo en favor de las víctimas de ETA, tuvieron que pasar 30 años de violencia y terrorismo para que la sociedad se diese cuenta del sufrimiento que padecíamos las víctimas. La falta de apoyo y reconocimiento social, político y legal que las víctimas del terrorismo padecieron durante las décadas de los setenta y ochenta fue muy dañino, y es un aspecto que hay que reparar.

 

Una forma de repararlo es a través de la producción bibliográfica y cinematográfica en torno a las víctimas, un elemento fundamental para preservar su memoria y dignidad. Es algo en lo que se está trabajando y en lo que se tiene que seguir trabajando. En este aspecto sucedió lo mismo que en el ámbito social, político y legal: tuvieron que pasar casi tres décadas desde el primer asesinato de ETA para que se publicara en España el primer libro escrito desde la perspectiva de las víctimas. Fue el de Contra la barbarie, de José María Calleja, publicado en 1997; fue la primera obra que relató la violencia de ETA, desde la perspectiva de quienes la padecieron.


Los que tenemos la capacidad y los recursos para difundir la verdad tenemos una obligación moral y con la sociedad de hacerlo para que las nuevas generaciones puedan conocer los hechos, los datos y los testimonios de quienes sufrieron durante mucho tiempo las consecuencias de la violencia. Hay que intentar aportar todos los elementos posibles para que el relato de lo ocurrido sea lo más veraz y completo posible.El objetivo fundamental de transmitir el relato de lo que verdaderamente sucedió a las próximas generaciones debe ser la deslegitimación del terrorismo y la prevención de la radicalización violenta. COVITE desarrolla esta labor a través de tres ámbitos fundamentales: activismo, diálogo e investigación. Promovemos iniciativas enmarcadas en el activismo para impulsar la deslegitimación ética, social y educativa del terrorismo; un ejemplo es el Observatorio de la Radicalización de COVITE, en el que denunciamos cada acto de enaltecimiento del terrorismo de ETA que se produce para poner de manifiesto que es algo intolerable.


Asimismo, impulsamos el diálogo y la colaboración entre actores sociales e institucionales del panorama nacional e internacional cuya labor se enmarca en la lucha contra la radicalización violenta. Trabajamos para poner en valor y compartir su experiencia en la defensa de los valores de memoria, dignidad, justicia y verdad, en sus acciones dirigidas a la deslegitimación de los mensajes que justifican el uso de la violencia y en su defensa de las víctimas del terrorismo.


COVITE cree firmemente que la única verdad que cura y regenera es la que relata y contextualiza cómo cientos de inocentes murieron a manos de la sinrazón. Las nuevas generaciones deben conocer que, en España, durante más de 50 años, ETA sembró el terror a golpe de fuego y se convirtió en el mayor agente violento de la democracia española.

 

También deben saber que, además de ETA y sus agrupaciones derivadas, otros grupos violentos trataron de imponer el miedo y causaron masacres como la ocurrida el 11 de marzo de 2004 en Madrid, una bomba puesta por terroristas yihadistas en la estación de trenes de Atocha que causó la muerte a 193 personas, el atentado terrorista más grave de la historia de España. O que unos terroristas yihadistas asesinaron a 17 personas en Cataluña hace apenas un año y medio por defender una ideología religiosa fanática.

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Ha desaparecido ETA pero el odio sigue.

 

Así es, el odio característico de la izquierda abertzale sigue ahí. El relato que exalta a ETA sirve de legitimación a algunos representantes políticos que están ahora en las instituciones. Están ahí como muestra de agradecimiento a la violencia terrorista de ETA. ETA ha querido romper el vínculo entre los ciudadanos españoles y los llamados ‘ciudadanos vascos’, que son españoles. Eso genera odio y ruptura social.

 

Siguen sin arrepentirse y pedir perdón y gozando de la simpatía de ciertos medios y políticos…

 

Así es.

 

Pensemos en los vergonzosos incidentes de Alsasua…

 

Lo ocurrido en Alsasua es una prueba de lo que COVITE lleva años denunciando: ETA ya no mata, pero el odio sigue intacto y está dando sus frutos.