Se que los que me conocen y quizá hasta recuerden a veces lo que escribo, no me tendrán por alguien aficionado a ese tipo de música. Se que no será esto lo que esperan de mi. Pero, a fin de cuentas, uno también ha tenido una adolescencia, una juventud. 

Y Camilo Sesto fue una de las voces más significativas de aquella etapa de mi vida. Cuando aún se podía vivir, cuando aún se podía soñar. Luego vino la mierdocracia, y hubo que pasar de la adolescencia a la –dígolo en sentido figurado, señor fiscal- trinchera.

Camilo Sesto fue el culpable -al menos uno de los principales- de que en el fondo sea un romántico empedernido: ese que aún me brota a veces detrás del clasicismo impuesto por la razón. Eran los tiempos en que a la mujer se la respetaba -porque, además, casi todas se hacían respetar-, en que a la mujer se la protegía, se la -si se quiere decir así-, idealizaba. Luego vino la conversión de la mujer en macho, de la feminidad en feminismo rabioso, y las canciones de Camilo Sesto -y cuantos veíamos nuestra adolescencia reflejada en sus letras-, quedamos fuera de juego, anticuados, obsoletos.

Y ahora, con Camilo Sesto, a algunos se nos ha muerto una parte de nuestra vida y de las ilusiones que aún nos pudieran quedar.