Yo no voy a felicitar a Eduardo García Serrano porque sea director de El Correo de Madrid, sino que me voy a felicitar a mí mismo porque así haya sido. Intentaré explicarme. Como ya he dicho en alguna ocasión, estamos dominados por la moda de lo políticamente correcto, que consiste, básicamente, en una forma de pensamiento único que abarca todos los campos de la vida: política, cultura, vestimenta, religión, sociedad, etc. La moda de lo políticamente correcto está urdida desde las instancias del poder, y propagada, con machacona insistencia, por los medios de comunicación afines a aquél.

 

Quien comulga con las ruedas de molino de lo políticamente correcto, obtiene, de inmediato, el carnet de demócrata, progresista y moderno. Sin embargo, aquel que osa llevar la contraria a la norma establecida, se gana, también al instante, los calificativos de facha, carca, retrógrado e intolerante, unas etiquetas que lastran a la persona como antaño lo hacía la lepra, tendiendo a apartarlas de la sociedad. Cuando la moda de lo políticamente correcto se acerca a algún acontecimiento histórico concreto: hecho destacable, batalla, personaje, obra de arte, etc., sólo cabe echarse a temblar y gritar aquello de cuerpo a tierra.

 

Pues bien, Eduardo García Serrano pertenece a esa minoría (ya se sabe que la revolución es cosa de minorías selectas), de hombres cabales que, poseedores de un bagaje cultural poco común, se niega a comulgar con las ruedas de molino de lo políticamente correcto, y lo hace con argumentos de peso, basados en la experiencia, y con citas oportunas que confirman la máxima de que la primera ley de la historia es no decir nada falso y no temer confesar la verdad. Muchas de esas citas proceden del mundo romano, porque Eduardo sabe, como sabemos muchos, que bastante de lo bueno que tenemos se lo debemos a la cultura romana.

 

No creo que el progresismo militante lea mucho a Eduardo García Serrano (a los progres les tira más la cosa moruna), pero deberían hacerlo, para mitigar los efectos devastadores que en ellos causó la LOGSE y, también, para amueblar sus cabezas con alguna idea coherente. Pero yo creo que me voy a quedar con las ganas, no ya de que los progres lean a Eduardo, sino de que lean algo que tenga sentido.