Monseñor,

Acabo de leer la carta que ha dirigido usted a los fieles y sacerdotes de su diócesis, y quiero decirle que desgraciadamente llega tarde, muy tarde, demasiado tarde. No se debe tentar a Dios pidiéndole un milagro urgente, la salvación de España in extremis, si no se ha rezado nunca por ella cuando aún era tiempo. Pues eso es lo que ha hecho la Iglesia desde hace muchísimos años, abandonar a España como si no fuera cosa suya, siendo este abandono más sangrante desde el golpe de estado perpetrado en Cataluña.

No me voy a detener en la pasividad o indiferencia que la Jerarquía ha manifestado ante cuestiones más antiguas, como el aborto, o más recientes, como la ideología de género, de las cuales los fieles nunca oímos hablar en las homilías dominicales, absolutamente vacías de contenido y totalmente desconectadas de la sociedad en la que nos ha tocado vivir y en la que debemos mantener nuestros principios morales y religiosos; siempre he pensado que la Iglesia no nos estaba preparando para lo que se nos venía encima. Como si a los católicos se nos quisiera hacer creer que vivíamos en el mejor de los mundos. A esa actitud buenista estábamos ya acostumbrados. Ahora bien, la postura de la Iglesia española a partir del 1 de octubre de 2017 ha sido y sigue siendo una prueba mucho más dura para los fieles que llevamos a España en nuestro corazón.

No solo hemos asistido a múltiples muestras de apoyo al separatismo por parte de sacerdotes y obispos catalanistas, sino que hemos visto cómo esos mismos obispos castigaban al primer cura que se manifestase en contra del secesionismo, privándole de su parroquia y manteniéndolo en el más duro ostracismo. Ante estos hechos, habría sido un consuelo oír cómo en el resto de España se pedía en las iglesias por su unidad y por la paz entre todos los españoles. Pero nada más lejos de ello. Un día tras otro iba yo a Misa esperando oír este ruego y viendo defraudadas mis expectativas; hasta que un día, al final de las preces me levanté del banco y dije que quería pedir por España. La reacción del sacerdote fue negarse airadamente y amenazar con que si volvía por allí me negaría la comunión. En vista de ello, me dirigí a otra parroquia donde quise encargar una novena por España, es decir nueve misas en las que se pidiera explícitamente por nuestra Patria. El sacerdote con el que hablé me contestó con acritud que eso era imposible porque la Iglesia no se podía "meter en política". A estas dos experiencias que viví en primera persona y que provocaron en mí un hondo pesar, vinieron a sumarse otras dos aún más dolorosas: la actitud vil y cobarde de todos los obispos españoles sin excepción, ante la profanación de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y de la sepultura del hombre que libró a la Iglesia Católica del exterminio en nuestra nación, así como la negativa posterior a celebrar una Misa por su alma en el aniversario de su muerte.

Pero no queda ahí la cosa: el 29 de noviembre del pasado año, se organizó un Seminario de Satanismo en el salón de grados de la Facultad de Filología de la Complutense que tenía previsto finalizar con la performance de un ritual satánico. Un grupo de estudiantes convocó entonces un rosario en desagravio en dicha facultad, ante lo cual, la delegación de Pastoral universitaria cerró la capilla para evitar "situaciones desagradables" y por considerar tal convocatoria una "provocación" a los satanistas. He de decir que a pesar de la Delegación de Pastoral universitaria y supongo que con gran disgusto por su parte, el rosario se rezó a la puerta de la Facultad y a media mañana se suspendió el seminario satánico.

El 28 de diciembre pasado, día de los Santos Inocentes, el Arzobispado de Sevilla prohibió la misa convocada por VOX en Gelves, en memoria de los niños abortados en 2019 y por las mujeres que pensaran abortar, para "evitar problemas". Sin palabras.

Podría enumerar más ocasiones en las que obispos o sacerdotes de a pie se han negado a rezar para no ofender al poder establecido; me viene a la memoria el cura de otra capilla universitaria que había sido profanada, el cual no quiso dirigir un rosario en desagravio convocado también por un grupo de estudiantes. Aquel hombre, vestido con el traje talar, se mantuvo a distancia, temiendo sin duda que lo tacharan de retrógrado o integrista.

Estos casos bastan para ilustrar el miedo, por no decir el pavor, que siente la Jerarquía a que los católicos tomemos juntos las armas de la oración.

Sin embargo Nuestro Señor dijo: «... si dos se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será concedida por mi Padre que está en los cielos.  Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.» ¿Cómo pueden entonces los obispos querer impedir a toda costa que los fieles recemos juntos para implorar la ayuda de Dios a España?

Me dirá usted que acaba de pedir encarecidamente que se ore por España en todas las iglesias de su diócesis. Sí, es verdad, pero como decía al principio de mi carta, su iniciativa, única entre todos los obispos, llega muy tarde e incluso habrá quien piense que la amenaza del previsible próximo gobierno de expropiar a la Iglesia de "los bienes inmatriculados indebidamente" ha tenido algo que ver.

Respetuosamente, Almudena Montojo