Mientras deglutimos en silencio, una vez más, el último capricho de la partitocracia de tocar la campanita para que vayamos a votar de nuevo el 10 de noviembre (por la módica cantidad de 170 millones de euros que cuesta la broma), esta semana hemos asistido a un episodio curioso, singular, que demuestra sin duda por qué esta clase política nefasta está convirtiendo una nación histórica, rica y con un potencial inmenso en un auténtico erial de corrupción moral y mediocridad.
 
A pesar del entusiasmo general de las buenas gentes de derechas de este país, algunos ya dijimos cuando se constituyó el gobierno andaluz hace unos meses, y más recientemente con Murcia y Madrid, que esa mezcla apasionante de churras con merinas que los comunistas llaman "trifachito", esa aleación de los socialdemócratas de Ciudadanos, los blanditos del PP y la derecha liberal de VOX, iba a pasar por muchos malos ratos. No sólo porque la mayoría de MCS les iban a poner continuamente palos en las ruedas (como estamos viendo), sino porque pretender que el agua y el aceite se mezclen es buscar un imposible.
 
El pasado jueves, el alcalde de la capital Martínez Almeida y el concejal de VOX Javier Ortega protagonizaron un sonoro rifirrafe a cuenta de un acto de condena del último asesinato de una mujer a manos de su marido en Madrid. Lo más curioso es que, a pesar del guirigay que montaron, los dos estaban de acuerdo en lo esencial, y la discusión era una mera cuestión de lenguaje. Si existe realmente una violencia machista, o si la violencia no tiene género, como sostiene VOX, y en realidad el movimiento feminista no es otra cosa que un chiringuito de la izquierda para ganar votos en las urnas y dinerito contante y sonante para las ONGs que se dedican a gestionar la cosa.
 
En esta ocasión, alguno de esos asesores que cobran muchos millones por dar consejos a los políticos, debió recomendarle a Martínez Almeida que se hiciera la foto con los socialistas, los comunistas y los chicos de C´S, y sostuviera la pancarta morada con ellos, porque eso le iba a dar una imagen de persona demócrata, centrada, y concienciada con el problema de la violencia machista. Cuando, como él mismo le reconocía a Ortega mientras trataba de visualizar enfado, en realidad el alcalde está mucho más cerca de lo que opina VOX sobre este asunto que de lo que opinan las extremas izquierdas. Pero, una vez más, la foto es la foto, y llegan de nuevo las elecciones.
 
Como alguna vez hemos dicho, todo lo que rodea el feminismo casposo y su derivado natural que es la ideología de género, está caracterizado por la mentira. Por una grosera manipulación del lenguaje y de los datos, que lo que muestran realmente es que cada vez tenemos una sociedad más violenta. A veces con mujeres muertas, como hemos visto en Madrid y en Pontevedra, y otras veces con niños muertos, como el caso del pequeño Gabriel Cruz, como los hijos de José Bretón, o como la pequeña Asunta Basterra, asesinada también por sus padres. O como muchos ancianos que sufren en silencio una violencia criminal por parte de familiares o allegados con ansia de dinero.
 
Ponerle adjetivos a la violencia es parte del proyecto mundial para hacernos gilipollas a todos. Un proyecto de entontecimiento que luego permite que votemos siempre a los peores, a los más mediocres y mentirosos, a los más corruptos y degenerados. Mientras ellos nos empujan a discusiones de lenguaje, y a usar unas palabritas en lugar de otras, tenemos un mundo cada vez más violento e inhabitable, una selva llena de cacharritos con una civilización de pacotilla en la que somos felices porque somos demócratas. Para cuando queramos despertar, ya habremos traído el infierno a la tierra.