En esos días en que borrica, alharaquienta y ensimismada andada la progresía del orbe todo celebrando aquella escabechina orgiástica que fue la Revolución francesa, terminaba yo de leer “Una familia de bandidos” (Editorial Homo legens), novela autobiográfica donde una seráfica María de Saint-Hermine, traspasada a un tiempo por la pena y el perdón, narra a sus nietos el horrífico genocidio que aquellos fraternales demócratas de la Revolución perpetraron contra los Vandeanos, a quienes imputaban el nefando crimen de ser católicos y realistas. Pues, aunque tal vez sorprenda a ciertas mentes envaguecidas o estragadas, lo claro es que aquella revolución de compás y mandilón no instituyó un régimen donde esplendieran la libertad ni la fraternidad, o en la que el apego a los derechos humanos —entendidos éstos como tales, claro, no como esa colectánea interminable de caprichosas chorradillas que ahora venimos sacándonos del tegumento genital— se llevase prendido de la conciencia; sino, más al contrario, un reinado del terror en verdad espeluznante, donde, con saña preternatural, se escarmentaba a los católicos y a cuantos se regían por las benéficas costumbres antañonas.

Pues, como bien nos recordó el profesor D. Alberto Bárcena en su magnífico libro “La Guerra de la Vendé. Una cruzada en la revolución” (Ed. San Román), en aquellos años en que se nos donó ese trilema que aún hoy algunos corean con inverecunda estupidez o con taimada malevolencia —trilema, por cierto, del que terminaron sustrayendo el término “muerte”, que se oponía como terrible alternativa a los tres anteriores—; en aquellos años, digo, a los católicos se les achicaba en la guillotina para disfrute de una plebe temulenta de sangre; se les desparramaban los adentros a base de cuchilladas, para con ellos baldear las almas rotas de los revolucionarios; o se les ahogaba masivamente en inicuas “deportaciones verticales”, para que aquellos cuerpos martiriales fuesen mordisqueados por los peces del Loira.

Muchas mujeres, incluso, eran estufadas junto a sus hijos en enormes hornos, quizá para que aquella diosa razón —no se merece la mayúscula—, que usualmente era encarnada por una ramera borrachuzas, se diese una suerte de imaginario banquete pantagruélico con los hideputas de sus seguidores. Pero “Una familia de bandidos” es mucho más que una muy vívida descripción de la vesánica criminalidad jacobina que se derramó en aquella Francia vuelta del revés; mucho más, también, que una de esas magníficas novelas en que lo narrado cobra vida y se nos planta ante los ojos, donde el paisaje que en el libro se bosqueja comienza a siluetearse ante nosotros hasta terminar, poco a poco, por hacerse casi palpable; mucho más que una de esas novelas en las que los personajes cobran carne y nos acompañan largo tiempo después de la lectura, para que podamos departir con ellos, reír con ellos, llorar con ellos y hasta sufrir con ellos, de tan familiares y propincuos que se nos han ido haciendo. Y hasta mucho más, sin duda, que una de esas magnas novelas en que el autor logra remeterse en sus personajes y comienza a escarbarles el alma con afán de miniaturista, para mostrarnos, así, todas las aristas y recovecos de sus más hondos sentimientos, todas las heridas por las que les sangra el propio ser, todas las ilusiones con las que se teje una vida… Pues “Una familia de bandidos” es, sobre todo, un magnífico canto a la esperanza en Dios, una oración que se nos incrusta en el tuétano, que nos anega la sangre, que nos acaricia las meninges y nos obliga a elevar la vista al cielo, tras esas nubes regordetas con que se hermosea, allá donde se nos figura que está la Corte celestial, y así pedirle a Nuestro Señor que nos ayude, que no eche cuenta de nuestras faltas y nos lleve junto a Él, donde podremos compartir Gloria con todos aquellos santos que un día, allá por 1793, en aquella Francia ilustrada y democraticona, dieron la vida por un Rey que defendía al Pueblo, por sus creencias y por una fe que sabían cierta.