Esta obra aprovecha el cuarenta aniversario de la Constitución para repasar y analizar lo que ha sido el devenir de la Ley de Leyes en estas cuatro décadas de vigencia. No es un libro hagiográfico sobre el texto constitucional y sus virtudes ni tampoco destinado a glosar las loas a estos cuarenta años de convivencia –que lo han sido indudablemente-, sino que aspira a desentrañar la maraña que ha ido creciendo en torno a la Ley Fundamental y como la estructura política, económica, social e ideológica que España se ha transformado desde la muerte de Franco en 1975. El autor, Javier Barraycoa Martínez, barcelonés y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, es actualmente profesor titular de Ciencia Política y Sociología en la Universitat Abat Oliva CEU de Barcelona.

 

Barraycoa ha tratado especialmente temas vinculados a la construcción de los imaginarios sociales, sobretodo del nacionalismo catalán y sus construcciones simbólicas. Sus tesis han impulsado la falacia de estos mitos y se han caracterizado por su beligerancia frente al independentismo. Al mismo tiempo, el autor no deja indemne tampoco a las estructuras del Estado, que han sido cómplices no solo a la hora de no combatir estos mitos, sino también de dejar libre el campo de las ideas para que este imaginario nacionalista fuera ganando terreno en Cataluña al no oponérsele ningún adversario que contrarrestara este relato. La razón por la que piensa Javier Barraycoa que ha ocurrido esto radica en que las oligarquías partitocráticas que controlaban el Gobierno central estaban ocupadas en otros asuntos, especialmente en la construcción de una compleja estructura de intereses, contactos, fidelidades y complicidades con los poderes económicos, que finalmente ha devenido en la constitución de una élite que, si bien, en parte puede considerarse heredera del régimen franquista, es mayoritariamente de nuevo cuño.

 

En este proceso ha tenido mucho que ver como se han alterado los mecanismos constitucionales o sencillamente se han incumplido a la hora de la selección (negativa) de los nuevos miembros de dicha élite, premiando “valores” como el servilismo, la adulación, la falta de escrúpulos, la facilidad para corromperse y la ausencia total de principios. El resultado final de este proceso, que ha durado décadas, ha sido la conversión de España en el dominio señorial de una élite partitocrática, cuya seña de identidad ha sido la corrupción.

 

En este proceso, los medios de comunicación de masas han resultado decisivos, pero la derecha ha sido, evidentemente, la más perjudicada, ya que su falta de habilidad a la hora de la comunicación, ha terminado blanqueando las corruptelas de la izquierda mientras que ha amplificado las vergüenzas de la derecha. El autor sigue C. Wright Mills en su The Power Elite (1956, trad. española: México, 1957 y 2013), que analizó el funcionamiento de la oligarquía norteamericana y clásico para todos los que nos dedicamos a describir procesos de jerarquización social incluso desde la Antigüedad. Barraycoa señala que la élite que ha administrado España desde 2 1975 tiene todas las características de este tipo de grupos cerrados, que coopta a sus nuevos miembros en función de sus exclusivos objetivos y no del interés general. Y el objetivo de cualquier élite, como señaló en su día el maestro Mills, es perpetuarse en el poder, admitiendo a nuevos miembros cuando son útiles para ello y neutralizando cualquier posible amenaza por los medios de que disponga.

 

Las características de dicha élite son su conciencia de clase dominante, su instinto de supervivencia, su endogamia y su capacidad de interrelacionarse. Para Barraycoa la élite española es única, pero dentro de ella existen una serie de grupos (clusters en el lenguaje de Mills) que tienen un matiz más acentuadamente político, financiero o burocrático, cuyo símbolo más mediático son las llamadas “puertas giratorias”. En este sentido, yo añadiría un cuarto cluster que es el ideológico, representado por ciertos sectores del poder universitario, especialmente en determinados centros, ya sean públicos o privados, considerados estratégicos por esta misma élite y en los que donde ejercen su labor los principales intelectuales orgánicos (muchos también afiliados a los partidos). Igualmente, en este grupo hay que incluir a los diversos think tanks –permítanme el anglicismo– de ambos lados del espectro político, pero que evidentemente gozan de mejor financiación los vinculados a la derecha.

 

En este grupo ideológico de la élite hay que incluir también a los medios de comunicación de masas, algunos de los cuales son guía “espiritual” de los miembros de esta élite, según su posición en el arco ideológico; en ellos, la izquierda dispone de un altavoz mayor que la derecha sencillamente porque ha planteado una batalla cultural personificada en diversos lobbies y que se basa en otra superchería como es su supuesta “superioridad moral”, a la que también fustiga Barraycoa.

 

En la primera parte de La Constitución incumplida, el autor pasa revista al proceso que llevó al régimen democrático desde la dictadura franquista como un proceso muy tutelado desde el exterior, especialmente por los Estados Unidos, dado que España era un país estratégico en la red de intereses norteamericanos derivados del contexto de la Guerra Fría. Barraycoa destaca la debilidad española en aquellos momentos, donde el embajador de los Estados Unidos actuaba como un verdadero procónsul con la aquiescencia de un régimen que se derrumbaba sin apearse de su retórica nacionalista. A la muerte de Franco, el cambio de la legalidad política debía hacerse desde la legitimidad, por lo que la palabra mágica fue “consenso”, lo que ocultó los defectos del texto constitucional.

 

Desde las instancias gubernamentales, el pacto con la única izquierda real existente en aquel momento, el PCE, garantizó la viabilidad de un proceso pacífico y conjuró un posible riesgo insurreccional generalizado –que nunca existió más allá de grupos muy minoritarios–. En esta misma línea, el gran error cometido por los redactores de la Constitución fue creer en la lealtad de los nacionalistas, que vieron su gran oportunidad enseñorearse de sus respectivos territorios, mediante un sistema que se ha convertido prácticamente en una suerte de feudalismo. Para el autor, la gran prueba del nuevo régimen fue el 23 F, donde analiza a los beneficiarios: la Corona y un PSOE que hasta aquellos momentos era una fuerza absolutamente minoritaria. La segunda parte del libro se dedica a analizar las características del sistema político español y cómo se han incumplido sistemáticamente los principios constitucionales que lo regulan.

 

Analiza Barraycoa los mecanismos de constitución de la partitocracia, con una burbuja hipertrofiada de cargos políticos que viven de los presupuestos públicos, cuyo número es muy superior al resto de países democráticos de nuestro entorno y con mucha más población que España. Esta partitocracia ha expulsado al ciudadano de a pie del debate político, relegándolo a la exclusiva esfera de la vida privada, con lo que viene 3 a cumplir otro de los principios de otro gran teórico como es Dalmacio Negro y su Ley de hierro de la oligarquía (2015, Eds. Encuentro).

 

Esto no ha hecho más que potenciar la corrupción, la endogamia y la selección negativo. Continúa con el modelo territorial, que el autor define acertadamente como “taifas”, seguido del desmesurado crecimiento de la burocracia (el “Leviatán” del que hablaba Hobbes en el siglo XVII), que son dos aspectos completamente interrelacionados. Para finalizar esta parte, Barraycoa nos ofrece un capítulo sobre la incultura democrática que hay en España, lo que explica el excesivo número de aforamientos, el más elevado de todos los países democráticos del mundo, la ausencia de transparencia (España es el país democrático con el mayor número de secretos oficiales), los oídos sordos que hace la clase política a las iniciativas legislativas populares.

 

El resultado de todo ello es una corrupción galopante, que los diversos partidos se arrojan unos a otros, pero cuya raíz no se ataca porque el sistema partitocrático está corrompido en su esencia. Como reflexión final, el autor viene a ofrecer una serie de estrategias que España debe adoptar para salir de este marasmo (págs. 215-218). Para Barraycoa uno de los mayores problemas que ha hecho al sistema irreformable es la propia visión de que otro sistema no era posible. Rechaza cualquier cambio brusco, que solo puede llevar al desastre y más en manos de una clase política tan mediocre y tan rapaz como se ha demostrado en las últimas cuatro décadas. Aboga por cambios paulatinos, pero de gran calado legislativo, cuya implementación sería imprescindible para una reforma que cambiará el escenario de la política española en búsqueda del interés general.

 

Dentro de la Constitución ello es posible. Sin embargo, por mi parte, me planteo que sí los actuales partidos políticos, cuyas cúpulas se han caracterizado por su mediocridad y su rapacidad, son herramientas adecuadas para conseguir estos cambios. Siento ser pesimista. El final del libro queda a cargo de un joven valor del mundo del Derecho, el malagueño Diego Fierro, que realiza una serie de análisis y comentarios a determinados artículos de la Constitución sistemáticamente incumplidos, como el 6 (pluralismo de los partidos políticos), el 24 (tutela efectiva de jueces y tribunales), el 103 (las Administraciones Públicas) y el 117 (la Justicia), apuntando las posibles soluciones.

Finalmente, Jorge Garrido San Román, abogado laboralista, desarrolla un epílogo amplio sobre el sindicalismo y la Constitución, donde la entrada del oligopolio CCOO-UGT en el “consenso” ha ocasionado, paradójicamente, una pérdida de derechos de los trabajares. El beneficio ha sido especialmente suculento para las cúpulas de estas organizaciones sindicales, generosamente subvencionadas, que se han convertido en un apéndice más de la oligarquía partitocrática.