Cada noche, cuando la tarde ya se había derrengado tras el horizonte y la oscuridad comenzaba a cubrir las calles con su manto saturnal de inquietudes y acechanzas, los milicianos dejaban sus puestos de retaguardia capitalina, se aflojaban los correajes con que se habían apretado el alma y acudían a la taberna de la Lola, donde aquellas semillas pochas que llevaban en los adentros podían sembrarse por vía seminal.

En cierto modo, aquella excursión noctívaga hasta el lupanar no era más que la prosecución del jolgorio cotidiano, pues, hasta entonces, la guerra estaba siendo para ellos un juguete que romper, un estafermo incapaz de devolver los golpes o una suerte de ensoñación bélica donde uno, pese a masacrar a los demás, podía permanecer a salvo en su atalaya inexpugnable. Lejos quedaba para ellos el frente de batalla, donde las bocanas de los fusiles nacionales no se mantenían frías ni calladas, como sí sucedía en Madrid durante aquellos primeros meses de algarada roja. Y así, sin respuesta que los embridara o les dejara el tegumento genital bien encogidito, aquellos chequistas abandonaban las sedes en que lo habían pasado teta y se iban de putas por la noche, armados hasta los dientes con aquellos vales de jodienda que les regalaban en los comités de defensa.

Al abrir la puerta del local, las fumarolas de tabaco que se agolpaban contra la techumbre parecían querer salir de allí como despavoridas, atemorizadas ya por tanto vicio. Pero al instante eran devueltas a su natural ubicación, junto a la techumbre, para que gravitasen de nuevo sobre los clientes y los inciensaran de nefandas intenciones.

—¡Al fin aquí— dijo un miliciano enteco y desgalichado, al que el pelo en crenchas luengas le disimulaba unas orejas demasiado propicias para el vuelo—. Ya lo echaba de menos.

Y al tiempo se llevaba la mano a los genitales y se los apretujaba levemente, como para cerciorarse de su geografía o bombear sangre a las arterias.

—Ya tienes prisa, ¡eh! —respondió otro mientras se dirigía al mostrador; y su risa alharaquienta pareció asustar a las fumarolas de la techumbre, que semejaron agitarse un tanto—. Pero tomemos algo antes, carajo, que tiempo habrá ya para la Lola. Además, antes tiene que ir Joaquín, que ya le va siendo hora de estrenarse en la jodienda.

Y el tal Joaquín esbozó una sonrisa tímida, huérfana de dicha, que apenas llegó a dibujársele en los labios ni a llegársele a los ojos.

Y así, todo el grupo se dirigió hacia la barra de azulejos, donde un camarero endomingado escanciaba aguardientes sin cesar, parapetado tras los mosaicos de fornicio que ornamentaban el murete.

—¡Escancia duro, camarada, que hoy tenemos mucho que celebrar! —dijo como entre ronquidos el que se había apretujado los huevos—. Y sírvele un vaso bien largo a Joaquín, que hoy se estrena con la Lola.

Y nuevamente una sonrisa triste asomó a los labios de Joaquín.

Acodadas contra el mostrador, como cariátides descalabradas por un buril inquieto o tremebundo, una serie de furcias ya muy desportilladas pasaban el tiempo echándose al coleto los chupitos que servía el camarero; y en torno a ellas, moteando aquel pretil historiado con efebos empalmados y doncellas en ciernes de la desfloración, una cantidad innúmera de chafarrinones guarros parecían indicar que buena parte de los derrames seminales no alcanzaban a llegar al catre, sino que resultaban excretados a destiempo, casi con idéntica premura a aquella con que se les daba matarile en las chekas a los catolicones. Algo más allá, a escasos metros de donde se arracimaban las muchachas, un cantaor con cuerpo de huso famélico se vaciaba de trinos pretendidamente flamencos, aunque un exceso de flauta en la voz restaba bravura a la tonadilla e incitaba al cachondeo. Vestía un trajecillo con evocaciones toreras y se tocaba con un sombrero cordobés ya muy ajado, desmemoriado de éxitos; y el caracolillo de pelo que llevaba en la frente parecía tener cierta vocación de metopa explicativa, como queriendo anunciar su querencia sumisa y bardaje.

Al verlo, los milicianos esbozaron una sonrisa y cierto gesto de repeluzno.

—Se salva porque es rojo —aseguró con desprecio un miliciano muy grueso y un tanto prognato, mientras se limpiaba las escurrajas del aguardiente con el dorso de la mano.

—Sí, o al menos rosa —le respondió uno de sus compañeros.

Y todos echaron a reír por la ocurrencia.

—Mira, Joaquín. Allí está la Lola. —dijeron varios al unísono—. Ve a hablar con ella, anda.

Y Joaquín se giró hacia donde le habían indicado.

Allí, sobre un altillo situado al final de la sala, repantigada en una suerte de trono cutre que la milicia roja había prestigiado con la leyenda, la Lola aguardaba por los milicianos transida de un hieratismo fatuo y ensoberbecido, como la sacerdotisa chalada de una religión de chufla. Llevaba un vestido de tirantes, como de seda o de satén bermellón, que le dejaba las tetas gordas balconeadas en la atalaya del escote, remedando esos peñascos que descuellan en la mar o las dunas que inflaman las llanuras; y allí donde se presentía la cintura se le arrejuntaban unas mollas que parecían afirmar, con gritona elocuencia, un apetito nada desdeñable por la abundancia y la copiosidad.

—Anda, corre —le insistieron.

Y Joaquín, más medroso que enfebrecido de deseo, se llegó hasta la Lola y se plantó ante ella como un Tancredo estatuado, incapaz de decir un ay.

Las nalgas de aquella mujer semejaban habérsele derrumbado sobre el asiento y salirse por los bordes, como hace el caldo férvido con la olla en que se cocina. Y, sin embargo, irradiaba un extraño e incomprensible atractivo.

Corría por entre las brigadas el cuento chusco de que el folleteo de la Lola tenía cierta desidia como funcionarial; una abulia o apatía pazguata que, a decir de algunos, hacía perder los nervios al trajinador y le impelía a volcarse aún más en la faena, hincando los talones y poniéndose en grave riesgo, incluso, de dislocarse la cadera —había, también, quien aseguraba que la vagina de aquella mujer desportillada por el sexo tenía vocación de matasellos—. Y también decían, entre no pocas chanzas, que la Lola insultaba al jodedor durante el acto, y que aquella interminable ristra de dicterios que le endilgaba no hacía sino enrabietarle aún más, de forma que el fornicio siempre resultaba como una especie de reyerta brutal. Y así, entre folleteos e insultos, las sesiones con la Lola terminaban siempre por ser como terapias de loquero, donde uno volcaba con estrépito sus pasiones y evacuaba, a un tiempo, la rabia que le recorría las entrañas

1

—Hola. Tengo un vale —dijo el miliciano; y las palabras le salieron balbucidas, tartamudas de vergüenza y de temor, como las de un zangolotino atemorizado.

Y la Lola echó a reír como posesa ante el muchacho, mostrando unos dientes renegridos y como dilacerados por la piorrea.

Cuando reía, las tetas gordas se le movían con un temblor casi telúrico, reverberando aquella risa alharaquienta y estruendosa que le salía por entre los dientes lastimados.

—Por dos polvos —insistió el muchacho, un tanto herido en el orgullo.

—¡Dos porvos! ¡Caramba, se ve que tas portao! Pues norabuena, carajo. Y es tu primera vez conmigo, ¿no?

—Sí, señora —respondió el muchacho—. Pero no es mi… Yo, ya…

La boina se le estaba quedando hecha un gurruño, estrujada entre los dedos sudosos.

—¡Señora! ¿Me has llamao “señora”? —interrumpió la mujer—. Amos, camarada, no jodas con los títulos y vente conmigo, que la Lola te va a sacar un lustre nuevo. Y no te preocupes, coño, que ya sé de muy buena tinta que los de vuestro grupo sois todos muy bragaos.

Y acto seguido lo tomó de la mano y se dirigió hacia una de las habitaciones que había en la planta alta, donde estaba aquel edén —la mayúscula no la merece— en que rebullían las ladillas y las enfermedades venéreas.

—Ahora vas a tener tu premio por haberle dao bien a esos faciosos de mala madre. Ya lo verás.

Y tiraba del muchacho como si de un fardo se tratara, tal vez por verlo medio pacato o falto de sesiones; y éste se dejaba llevar como en volandas, arrastrado por aquella furia incontenible que vestía de satén y sin apenas percatarse del camino que seguía.

—Y sigue así, chaval, que contra más les des a esos malparíos más porvos podrás endirgarle a la Lola.

Y las mollas del culo se le movían de un lado a otro del pasillo con jolgorio de carnestolendas.

Al llegar a la habitación —apenas un tabuco, en realidad, aunque una decoración excesiva pretendiese darle un aderezo de exótica sofisticación o de putiferio de postín—, la Lola se desnudó en un periquete y se sentó en la cama; y desde allí, como un Buda sedente, desabrochó los pantalones del muchacho, le bajó los calzoncillos y lo dejó en porreta plena. Luego se recostó en la cama y mostró un pubis negrísimo y abstruso, desdeñoso del desbroce.

—Venga. Dale —se limitó a decir.

Y al instante, como en una suerte de epifanía, aquella mujer se le reveló a Joaquín engañifa gigantesca, como esos decorados de cartón que acostumbraban a emplearse en las películas de época. Mentira tras mentira. Quizá, como todo cuanto había vivido en los últimos meses.

Tal vez en su juventud hubiese sido la Lola una mocetona guapa; una de esas gachís rubicundas y rollizas que excitan el apetito y remueven el bajo vientre. Pero ahora, tras el baqueteo frentepopulista, semejaba más un sosias birrioso de aquella diosa Razón que el miliciano había visto en las postales con que mercadeaban sus compañeros más leídos, que se las daban de ilustrados —aunque en realidad les iba más la degollina que la enciclopedia—. De inmediato, el miliciano comprendió que aquella furcia ya no era la hetaira legendaria que dejaba a los hombres prendidos de sus faldas, como abalorios de un collar; ya no, la jamona de carnes robustas con la que todos ansiaban retozar; ya no, aquella Lola roja y comunista que había deslumbrado a tantos hombres, privándoles de seso y de razón; ya no, aquella aventura promisoria con que los del Comité los habían engatusado. No. Ya no era todo aquello. En ese instante no era más que una fámula de la República; un cachivache ajado que arrojar a la basura; uno de esos requilorios dorados que, tras haber perdido el baño con que cubren su desnudez, nos muestran su naturaleza de latón; un trampantojo más con que sorber las meninges de los incautos. ¡Y con ese repentino esclarecimiento se le vino todo abajo!

Su pene antes fuerte y ensoberbecido, ávido de hazañas y de penetrar extraños territorios, lucía ahora como emborrachado de bromuro, zozobrado o precipitado a los infiernos, gacho de cabeza y derrengado contra los cojones; y a su rostro se había asomado el visaje de la decepción, tan revelador como esas máscaras teatrales que se visten en las obras más cursis y antañonas.

—¿Qué pasa, niño? —preguntó la Lola al comprobar el cambio que se estaba produciendo en el miliciano—. Tiés un vale por dos porvos, ¡casi na!, y fuera aguardan tus compañeros —insistió, con cierta preocupación burocrática—; así que ponte a la faena, coño, que el mismo se me está acatarrando.

Pero Joaquín no pareció sentirse demasiado concernido.

—Me parece a mí, señora, que hasta medio se me iba a hacer demasiado. ¡Y cúbrase el mondongo ese!, caramba, que lo viejo quiere lana.

Y dicho esto, se subió los pantalones y abandonó el lupanar, dejando todo atrás.

Atrás quedaba la Lola con sus nalgas gordas; atrás, aquellas tetas mercenarias que nunca criarían vida, pues toda la que alguna vez habían albergado se la habían chupeteado los de las chekas; atrás, con su sombrero desmemoriado de éxitos, el bardaje de los rizos juguetones, haciendo ojitos a los milicianos, y las furcias de la barra, que trasegaban sin parar; y atrás, hartas ya de tanto vicio, las fumarolas grávidas que se avecindaban contra la techumbre, intentando abandonar de nuevo el local y salir despavoridas.

Al trasponer la puerta del putiferio, Joaquín arrojó la boina al suelo y echó a correr.