Arcadio Rodríguez ha sacado a la luz una novela muy interesante, negra como el futuro del escritor en España, pero que atesora, no la magia de las ondas, sino del mundo editorial. Una novela entretenida para amenizar el tórrido verano y cualquier época del año, porque para el escritor no hay estaciones, ni horas, ni días...se para el tiempo cuando está ante un teclado y tiene licencia para soñar. El mundo de la ficción siempre es más rico que el real. Les invitamos a adentrarse en el universo de los vendedores de palabras, merece la pena comprarlas y ayudar a la cultura, fácil gastamos 20 euros y más en una comida, sin embargo para alimentar el espíritu nos encomendamos a la Virgen del Puño.

 

Háblenos brevemente de usted y de su trayectoria como escritor.

 Hola, Javier y gracias por esta entrevista. Yo siempre digo que llevo algo dentro, pues mis primeros escritos datan de cuando tenía dieciocho años, que dejé un buen puñado de poemas y una primera novela escrita a bolígrafo que todavía está sin pasar a limpio. Como nunca se me ocurrió intentar ganarme la vida con las letras, ni sabía cómo dar ese paso, pues hice lo que vi en mi familia: eran obreros y yo empecé a trabajar de obrero después de terminar Formación Profesional.

 

Como había algo que me tiraba de las letras y no podía sacarlo en mi trabajo, hace quince años empecé a escribir en medios pequeños que se dedicaban a hacer críticas de discos y entrevistas a grupos de rock, podría decirse que soy un periodista musical. Aquí sigo, quince años después, en otros medios y a un nivel muy pequeño. A nivel de novelista la cosa cambió en 2014, que perdí la vergüenza, me informé sobre el proceso editorial y decidí probar con unas novelas que tenía pendientes.

 

¿Cuáles son su principales influencias literarias?

 Los norteamericanos George V. Higgins y Elmore Leonard me encantan. Sobre todo Higgins, que relativamente he leído poco, pero me ha influido mucho por su manera de ser. Tiene escritas más de veinte novelas y yo no he leído ni cinco, pero me marcó el valor que tiene a la hora de escribir, solo sigue sus reglas, sin preocuparle otra cosa. Leerle me dio valor para probar a editar.

 

Ingleses siempre recomiendo a Jack Higgins, que no tiene nada que ver con el otro, y a George Orwell, que me parece un creador insuperable. Y, además, La rata del polaco Andrzej Zaniewski me parece una historia sobresaliente, medalla de oro y sin ningún diálogo, que es algo que siempre me ha gustado.

 

¿A quién considera usted un vendedor de palabras?

 Considero un «vendedor de palabras» a todo aquel que te venga con un libro e intente que abrás la cartera para que se lo compres. Es cierto que hay que diferenciar la escritura de la edición, que no es lo mismo, aunque en ocasiones se den la mano.

 

En el caso de la autoedición, algo muy común hoy en día y que significa que el escritor paga por ver publicada su novela o poemario, cuando te decides a hacerlo eso conlleva gastos y a nadie nos gusta perder dinero, así que intentas recuperarlo de alguna manera. Si te editan como se hacía antes, porque al editor le gusta tu novela, pues querrás que el editor venda los ejemplares suficientes para que vuelva a publicarte otra novela. En cuanto te metes en ese juego, te conviertes, de alguna manera, en un vendedor, de palabras en este caso.

 

¿Lo dice como algo despectivo?

 Me gusta que el título de la novela esté escondido entre los párrafos del texto y «vendedor de palabras» es algo que sale por ahí, pero no es despectivo, no viene a ser algo similar a «vendedor de humo». Simplemente al protagonista le dicen que vende palabras... supongo que así somos todos los que nos dedicamos a escribir, queremos que nos lean y, de alguna manera, vendemos nuestras palabras.

 

En otra entrevista ha dicho que es un libro sobre la envidia entre escritores... ¿es algo habitual?

Hay de todo, pero sí, es algo general, aunque en público no se dice. Odio, lo odio con todas mis fuerzas, no me gustan las apariencias, ni el creerte superior al vecino por tener un euro más. Será que llegué tarde o que este no es mi trabajo, pero siempre digo que la literatura no es una competición, yo no tengo que envidiar nada de nadie, solo me pongo delante del ordenador e intento crear algo donde antes no había nada. Si alguien vende más libros que yo, incluso escribiendo una historia menos original, es el público el que decide, no entiendo por qué entre escritores tenemos que ponernos trabas o mirarnos con recelo, como si al pisar a la competencia uno tuviese más mercado.

 

Decidió dividir la novela en doce capítulos, como los doce pasos que siguen los enfermos que se someten al programa de Alcohólicos Anónimos, que es el caso del protagonista....una idea original....

No sé si será original. Yo no he visto nunca antes nada así, es verdad, pero no me extrañaría que ya lo hubiese, hoy está todo inventado.

 

Cada uno de los doce pasos del programa de Alcohólicos Anónimos tiene mucha letra, no son como los doce mandamientos, algo sencillo de memorizar, así que yo escogí las palabras que más o menos encajaban en cada capítulo y las saqué de contexto para ambientar cada uno de los doce capítulos.

 

Sin embargo usted en su vida personal ha estado lejos de esos mundos sórdidos...

 En primera persona, sí, yo estoy alejado de cualquier tipo de mundo sórdido. Mi vida es lo más sencillita que uno se pueda imaginar. Otra cosa es por un trabajo que tuve anteriormente, hace muchos años. Conocí bien el mundo de la droga, de primera mano, la heroína principalmente. Es algo muy triste, sobre todo lo que rodea al drogadicto y a su familia, que sufren tanto como el adicto.

 

¿Qué es lo más interesante a su juicio de la trama?

Los giros que presenta la historia. Como escritor me gusta desarrollar una historia que yo mismo me leería, así que procuro no ser pedante, ni incluir palabras extrañas o en desuso, solo dejar algo que resulte entretenido y que no sepas cómo puede acabar.

 

¿Se puede considerar propiamente novela negra?

Yo diría que sí, pero con matices. Tengo mucho de narrativa pura y dura, sin colores, porque los asesinatos, la droga o la descripción de un mundo sucio y marginal que motivan cierta curiosidad nunca me han gustado porque sí, incluso eso termina por aburrir al lector y yo escribo una novela que me gustaría leer, sin hacerlo por una obligación que no existe.

 

¿Qué es lo que aporta de nuevo su libro?

Nada, así de claro. Yo solo quería recuperar unos recuerdos de mi juventud, ambientando la novela en 1983. De aquella había un kiosco cerca del piso de mis padres, llevabas una novela que querías cambiar, el kiosquero sacaba una caja con otras ya usadas de similares características, tú escogías una, añadías 25 pesetas y dejabas la que habías llevado. No había más que dos canales de televisión, ni Internet, así que tocaba leer. Bueno, hoy hay de todo y yo sigo leyendo, pero la mayoría de la juventud prefiere tener los ojos puestos en el teléfono móvil.

Lo que tal vez sorprenda al lector es una subtrama, la realidad del mundo editorial, porque aquí es común pensar que los escritores ganamos dinero con la literatura, cuando la realidad es que ganan dinero cuatro, mientras que otros doscientos escribimos como quien pinta soldaditos de plomo... y ojo, que no hay rencor en mis palabras, yo tengo ingresos estables que me vienen de otra cosa, a mí vender más o menos solo me alimenta el orgullo, no la cuenta corriente.

 

¿Tiene alguna intención moralizante o enseñanza?

Es entretenimiento, porque para mí una novela es entretenimiento. Los que quieran enseñar o moralizar, ánimo con ello, yo no tengo claro que supiera cómo hacerlo. Tal vez con El vendedor de palabras alguien pueda aprender cosas de hace treinta años, cuando incluso algún Premio Planeta escribía con el seudónimo de Silver Kane y sacaba otro tipo de novelillas.

 

¿Qué tal fue su experiencia con SND?

 Un problema que tengo es la sinceridad y sí, es un problema, no una virtud. Con SND fui muy desconfiado al principio, tanto que tuve el contrato sobre la mesa 10 días y sin firmarlo, me parecía demasiado bueno para ser verdad. Siento decir que a este punto hemos llegado, de hecho tengo firmado otros contratos y los firmé sabiendo que tenían claúsulas abusivas, pero en ese momento era la única manera de sacar las cosas y pasé por el aro.

Llevo diez novelas editadas, algunas autopublicadas, y he tratado con mucho editores, alguno de Francia, y hablado con muchos escritores. Y en el mundillo de las letras los engaños están a la orden del día, sabiendo que empezar procesos judiciales es como aquel que se compra un collar más caro que el perro. Aunque no mitifico el mundo editorial, es como la vida misma: no es fácil encontrar gente honesta y sin doble cara.

 

A la gente de SND les gustó la novela, confiaron en ella y han cumplido el contrato punto por punto, lo que es de agradecer, en mi trayectoria literaria eso no siempre ha sido así, por lo que ahora toca volcarse en presentaciones y promoción para que ellos puedan recuperar el dinero que han puesto para que vea la luz El vendedor de palabras.