Hoy, cuando los males más envilecedores nos han penetrado como glotona infección, y el pecado original ha sido para siempre desahuciado de nuestra paganizada sociedad, tendemos a pensar —¡ingenuos de nosotros! — que el hombre occidental es una suerte de bonancible querubín incapaz de obrar el mal y de comportarse como una maléfica bestia. Sin embargo, basta echar una mirada en derredor para advertir que tal aserto es una completa majadería. Basta, por ejemplo, con pasearse por entre esas porquerizas en que hemos convertido las redes sociales y leer los dicterios, los denuestos y las amenazas que en ellas se vomitan sin rebozo; escuchar las horríficas amenazas que se corean en algunas manifestaciones —con singular frecuencia en las tenidas por “antifascistas”, pues el alejamiento de Dios parece haberles dejado el alma socarrada y purulenta—, o con observar cómo la antañona comunidad, en la que se tendían lazos y comuniones, ha sido sustituida por un barullo vocinglero de absurdos caprichos individuales. Basta con apenas eso, digo, para percatarse de que la violencia más brutal puede brotar entre nosotros en un volandero santiamén, como mortales farallones en mitad de una galerna, y resquebrajar esa pátina de tolerancia y falsa bondad con que hoy nos lustramos.

Reflexionaba yo sobre todo esto mientras leía “El último linchamiento”, de Antonio Casado Mena, que SND Editores publicó hace escasos meses y donde el autor murciano nos relata las vivencias y horrible final del Chipé, un gitano malasangre, putero, ladrón y proxeneta que terminó hecho añicos y carbonilla cuando una turbamulta enloquecida —y discúlpeseme el pleonasmo— lo tomó entre sus garras en las más cercanas estribaciones de la Guerra Civil española, haciéndole pagar todo el daño que él les había infligido.

Ornamentada por un fantástico preámbulo de D. Eduardo García Serrano, insigne periodista que siempre se me antoja inagotable cornucopia de verdades, —y quien asegura que “El último linchamiento” es la novela del Mal con mayúsculas—, esta novela de Casado Mena es una espeleología del alma; una suerte de mirada curiosa, inquisitiva y escrutadora, que escarba en las tripas de todos nosotros y nos cuenta lo que hay en ellas. Y es que la obra de Casado Mena nos remite al verdadero ser del hombre, a esa naturaleza horrida que de cuando en vez, como un brote eritematoso o una repugnante excrecencia, aflora a la superficie tras habernos dejado los adentros hechos un estropicio; a esa naturaleza herida que nos lleva a desvestirnos de los modales con que nos hemos ido cubriendo y a comportarnos como bestias. Pero es, también, un relato ameno, vívido y doloroso, pues en todas las páginas de este “Último linchamiento” habita el peso saturnal de la siniestra profecía, esa honda pesadumbre en que yacemos al advertir el negro destino insoslayable al que arriban las vidas erráticas, los corazones ensoberbecidos y todos aquellos que se empecinan en el mal, como aquel Chipé al que un día, cuando los ánimos se hicieron férvidos, escabechinaron en Cartagena. Pues la vida del Chipé se va forjando entre trapisondas más o menos inocuas, resueltas con apenas moretones o fracturas leves, y delitos restallantes de hemorragias, en los que su maldad ya se ve sedienta y como estrepitada. Pero en ese deambular en que se fue convirtiendo la vida de este gitano, tan sabiamente dibujada por el autor, la certeza de un final aciago se nos va remetiendo en las entrañas y nos deja en ellas esa amarga desazón de las ineluctables fatalidades, como esas maldiciones que antaño lanzaban las brujas.

En volandas de una prosa eficaz, rauda y como ingrávida, sin esas arideces estilísticas inanes en que incurren —o incurrimos— otros autores menos dotados para la narración, Antonio Casado nos acerca a la España del primer tercio del S. XX, donde la vida de los preteridos, de los humildes, de los arrabaleros se ve constantemente defenestrada a cada paso, intentando abrirse camino por entre la abstrusa fronda de problemas con que se topan. Nos acerca, así, a los inicios doloridos de un S. XX, cundidos de dificultades y desesperanzas; a la guerra de Marruecos, donde el Chipé también hacía de las suyas, por ganarse unas pesetas; a los barrios de los pobres y menestrales, con sus charcos de barro, sus reyertas a navajazo limpio, sus casas habitadas por el frío y sus ollas medio vacías, donde la vida mostraba su lado más esquivo y desagradable; y a unos años 30 donde la furia se quitó la careta y se desmelenó. Y a ello nos acerca de un modo que se nos hace a la vez terrible y contagiado de interés, de forma que nos quedamos prendidos a las páginas y no nos desasimos de ellas hasta rematarlas por entero.

El libro, en suma, nos deja el alma escarnecida y quejicosa, arrojada en una esquina de la calle más basurienta, sobre mojados adoquines, para que en ella llore y derrame su angustia; un libro cuya lectura atenta le deparará una confortable incomodidad; un libro que usted, estimado lector, precisa leer como a modo de advertencia o de recuerdo, para percatarse de que en realidad, como tantas veces comprobamos hoy en día, no somos más que barro y alma lastimada.