Recordamos en este breve artículo la figura del maldito Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), el mayor novelista galo de su generación, y lo hacemos a través del comentario de su obra maestra: Viaje al fin de la noche (1932), probablemente la Novela por excelencia del siglo XX, o una de las más influyentes y duraderas del mismo. Una obra de arte total cuya lectura recomendamos encarecidamente a quien todavía no se hubiera zambullido en sus inolvidables páginas. 

 

Filosofar no es sino otra forma de tener miedo y no conduce sino a simulacros cobardes.

Louis-Ferdinand CélineViaje al fin de la noche

Con Céline el concepto de viaje alcanza un nuevo significado, más hondo, más oculto si se quiere; nada que ver con el Viaje al centro de la tierra de Jules Verne, ni con todos esos amables viajes que animaron nuestra infancia lectora. El viaje de Céline es un viaje cromático del blanco al negro, de la luz a la sombra, del día a la noche, un viaje sin vuelta atrás… hacia el horror, ese gran desconocido que siempre, tarde o temprano, de algún modo u otro, viene a nuestro encuentro:


“Somos vírgenes del horror, igual que del placer. ¿Cómo iba a figurarme aquel horror al abandonar la Place Clichy? ¿Quién iba a poder prever, antes de entrar de verdad en la guerra, todo lo que contenía la cochina alma heroica y holgazana de los hombres? Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.”

 

El pretexto que abre la novela es la guerra, una situación extrema, desesperada, en la que todo queda reducido a la mera supervivencia del individuo. El enemigo es el otro, sí… pero también uno mismo. La guerra que retrata Céline es una abstracción de todas las guerras, un absurdo brutal salpicado de sangre y metralla, poblado de fantoches ridículos, situaciones surrealistas... y quizá por ello rabiosamente auténticas. Por encima de la derrota física, de esa decadencia de los cuerpos progresivamente debilitados, desgarrados, descoyuntados, se impone la gran derrota moral que todo individuo arrastra consigo, la más salvaje e irreparable de todas: arranca así el verdadero viaje al fin de la noche, la primera aproximación hacia las intermitencias de la muerte, de una nada abrupta entendida como cáncer de un siglo descreído y perdido para la Fe, amén de su consecuencia inasimilable: el olvido, primero de los demás, luego incluso de uno mismo; es un lento y largo prepararse para morir, toda la vida lo es:


“La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida.

 

Hay un límite: ese límite es el comienzo de la noche, el principio del fin, allí donde ya es demasiado tarde. Ferdinand Bardamu, el protagonista del Viaje…, bajo cuya identidad apenas se oculta Céline, ha cruzado ese límite. Su nihilismo, su lucidez patética, su cinismo abrupto hacia los hombres y hacia sí mismo, son un producto lógico de la miseria de su tiempo, que todavía es el nuestro, un tiempo en el que ya no es posible otro estilo de vida que el del grito: la escritura “sucia” y truculenta del texto comulga con el desgarro del presente: la prosa de Céline es un paso hacia adelante, hacia la destrucción de la caligrafía novelística asentada, puesto que de nada le serviría expresar sus conflictos internos escribiendo en el estilo de un Flaubert, de un Balzac; la música del siglo de la destrucción no suena como Berlioz o Tchaikovski, sino más bien como un motor quejumbroso de Russolo. Ferdinand Bardamu no tiene elección: morir… o morir; ya lo sabe, su suerte está echada:


“Mientras puedes elegir, perfecto. Pero yo ya no podía elegir, ¡mi suerte estaba echada! Estaba de parte de la verdad hasta la médula, hasta el punto de que mi propia muerte me seguía, por así decir, paso a paso.”

 

En su viaje hacia la extinción, Céline se asoma al abismo de la noche y observa con ojo clínico la vanidad que corroe a los hombres, el mal nuestro de cada día. El individuo está perdido en su propia ignorancia egomaníaca y solipsista.


Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres.

Y es que todas las ideas de signo crítico que configuran la novela son un ataque a los sistemas hipócritas erigidos por los modernos en nombre de la humanidad (del liberalismo al comunismo pasando por el socialismo). Así, toda esa pasta constitutiva que llamamos humanidad, no está sino in-formada por estratos de seres aniquilados, seudohombres a los que se les ha arrancado cualquier brote de humanidad: en tanto que ya no son humanos, la guerra, el trabajo, la vida miserable, todo cuanto los rodea, les infringe un trato in-humano… Y la humanidad, sempiterna abstracción carente de rostro, pierde cualquier esperanza al concretarse en el rostro único del individuo de carne y hueso; sí, los individuos que retrata Céline son seres embrutecidos, esclavos todos de intereses mezquinos, sin una pizca de sentido ni dirección: es un absurdo prolongado hasta el infinito. La crudeza de sus retratos humanos, chocarrera y a la par patética, subvierte todas las convenciones hasta extremos casi paródicos, irreales:


“Mientras no mate, el militar es como un niño. Resulta fácil divertirlo. Como no está acostumbrado a pensar, en cuanto le hablas, se ve obligado, para intentar comprenderte, a hacer esfuerzos extenuantes.”

 

La crítica al sistema económico de nuestra época es implacable, vertebra toda la obra de arriba abajo. Prueba de ello es uno de sus pasajes más conseguidos: tras la guerra, tras la penosa aventura africana, la pluma punzante de Céline desembarca en el Nuevo Mundo, presta a atacar la aberración capitalista por excelencia: su nombre es Manhattan:

 

“Es un barrio lleno de oro, un auténtico milagro, y hasta se puede oír el milagro, a través de las puertas, con el ruido de dólares estrujados, el siempre tan ligero, el Dólar, auténtico Espíritu Santo, más precioso que la sangre.

 

Es en estas páginas donde el autor se nos antoja más auténtico, más desesperado, más actual que nunca: paladeamos el hambre y la soledad del individuo a cada párrafo, a cada línea de comentario. Todo es brutal, certero, vivido. Son sin duda estas líneas urbanas, metálicas, las que mejor explican la influencia del autor sobre la demacrada generación beat:

 

“Cedías ante el ruido como ante la guerra. Te abandonabas ante las máquinas con las tres ideas que te quedaban vacilando en lo alto, detrás de la frente. Se acabó. Miraras por donde mirases, ahora todo lo que la mano tocaba era duro.”

 

Pero ante todo, el Viaje… es el retrato de un hombre solo, Ferdinand Bardamu, es decir Céline. Su historia, en otras circunstancias, bajo un estilo arbitrario ajeno a la precisa e inquieta concisión aplicada, carecería acaso de otro interés que el meramente anecdótico: pero la pluma de su autor consigue darle la vuelta a todo, incluso al lector, que desconcertado, sumergido en las aguas negruzcas de esta novela-río tan universal, asiste perplejo ante el devenir de una historia que siente cada vez más suya; en efecto, algo intimidatorio, como un barniz pegajoso, cubre las páginas de esta pieza sucia y aterradora, de este canto a la nada en un mundo sin Dios y en ruinas, y nos mancha y afecta y conmueve, porque en efecto, estamos solos, nos dice Céline… y nada hay al final de la noche. ¿Nada?


Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.