Max Romano nace en Madrid en 1969. Inclinado hacia los estudios científicos termina su formación en Italia, país donde residirá muchos años. Regresa posteriormente a España y compagina la carrera profesional con su actividad de escritor. Tras un largo período de evolución personal y observación atenta de la sociedad que le rodea, comienza a escribir para defender activamente su visión del mundo. Enemigo del fanatismo igualitario, de la tiranía de la corrección política, del imperio del mal gusto y de la vulgaridad que azotan nuestra era.

En esta entrevista analiza en profundidad su libro Crónicas de un Occidente enfermo, una radiografía desencarnada de la decrepitud de nuestras sociedades.

¿Por qué el oso es su animal favorito?

El oso tiene el gusto de la soledad y es un habitante del bosque, que es un lugar muy simbólico: en el bosque uno puede perderse pero también ocultarse, es un lugar que puede ser inquietante, pero también regenerador. El oso es animal fuerte y fiero, no necesariamente agresivo pero sí celoso de su espacio vital, no tolera que vengan a tocarle las narices. En fin, el oso puede ser ambivalente, ser capaz tanto de invadir las zonas civilizadas como de retirarse a su bosque, ostentando un desprecio olímpico por un mundo que decae.

¿Por qué se decidió a escribir el libro y qué quiere transmitir?

Decidí empezar a escribir hace más de diez años, cuando regresé a España después de mucho tiempo viviendo en el extranjero. A lo largo de los años había despuntado en mí la conciencia de que había muchas cosas torcidas en el camino que ha tomado la sociedad actual, pero no comencé a escribir hasta después de mi regreso, en mi propio país que ya se me había vuelto un poco extraño y lejano. Encontré tantas cosas que ofendían y ofenden mi sentido de la verdad, de la justicia y de la decencia, que desde mi punto de vista revelan una profunda podredumbre y decadencia.

Había tantas cosas que debían ser dichas y nadie decía, o al menos yo pensaba que no se decían lo suficiente, o no de la manera en que yo deseaba decirlas. Por eso decidí escribir, y desde los primeros textos que empecé a publicar en mi modesto blog, he intentado transmitir la conciencia de que vivimos un tiempo de decadencia profunda y enfermedad, en todo análoga a un mal que degrada el funcionamiento y la salud de ese organismo que es la sociedad o toda una cultura en su conjunto; un mal que incluso pone en peligro su capacidad de auto-conservación, de perpetuarse en el tiempo y de transmitirse a las generaciones futuras.

¿Tan enfermo está Occidente?

Algún autor ha escrito que la decadencia es una enfermedad que no es consciente de sí misma, sino que al contrario se convence a sí misma de que goza de la salud más perfecta y representa el modelo supremo. Esto le pasa seguramente al Occidente actual. Pero con esto no se quiere decir que otros modelos sean mejores o que debamos adoptarlos, sino al contrario lo que pretendo es afirmar, desde dentro a nuestra propia identidad cultural, que estamos aquejados de un mal oscuro, que nos quita vitalidad y salud, que somos víctima de procesos degenerativos que provocan todo tipo de fenómenos aberrantes y una abismal caída de nivel en todos los dominios.

¿Cuáles son los principales síntomas de esta enfermedad?

Queriendo fijar algunos puntos concretos, empecemos por el odio contra el hombre blanco sexualmente normal, que es la bestia negra del progresismo, o si se prefiere de ese complejo de ideas y tendencias que se puede llamar la izquierda cultural. Más en general la sociedad occidental está infiltrada hasta el último de sus poros por una hostilidad feroz contra la masculinidad, que se ve prácticamente por todas partes.

Asimismo, por seguir con el tema del “género estropeado” hay una campaña incansable contra la polaridad sexual como criterio y norma, contra las figuras bien diferenciadas de hombres y mujeres. Un aspecto de esto es la aberrante “ideología de género” que es una apología de la confusión sexual y un intento de crear una humanidad-melaza de figuras indefinidas; otro es la obsesión por la “igualdad de género” que quiere borrar las diferencias entre hombres y mujeres.

Cambiando registro, la decadencia se muestra también en el afán por identificarse con lo inferior, lo sucio y lo bajo, tendencia que es muy visible en muchas manifestaciones del “arte” contemporáneo, en las producciones de la industria del entretenimiento, en modas, actitudes y comportamientos.

La pérdida de la transmisión cultural y la decadencia de la educación son otros dos síntomas del mal de nuestra sociedad. Alguien o algo nos ha convencido de que el pasado no vale nada y está superado, de que hay que tirarlo al cubo de la basura, de que debemos ignorar o menospreciar el legado de nuestros padres, la experiencia que nos transmitieron, la maravillosa cultura que nos legaron.

Finalmente, hemos de hablar de una doble amenaza demográfica para nuestro futuro. Por un lado el hundimiento de la natalidad de las poblaciones europeas, por otro la inmigración masiva y la amenaza de una sustitución étnica.

La baja natalidad de los europeos es fruto de la difusión de un estilo de vida decadente y hedonista, de la falta de apoyo a la natalidad y, sobre todo, de la propaganda feminista contra la maternidad. Una propaganda que ha secuestrado el cerebro de la mujer moderna, convenciéndola de que la maternidad es una carga y una esclavitud, cuando es exactamente el trabajo que ella puede hacer y el hombre no.

Esta decadencia de la natalidad se combina con una campaña masiva a favor de la sustitución étnica de las poblaciones europeas, una suicida mentalidad de fronteras abiertas y de rendición ante las presiones migratorias, fomentada por la ideología de la abolición de naciones e identidades.

Empieza hablando del odio contra el hombre blanco sexualmente normal, ¿Por qué es tan odiado?

Quizá en primer lugar porque es el símbolo del padre y el odio contra la figura del padre permea esta sociedad; la hostilidad contra el padre es algo presente en la cultura occidental desde hace mucho tiempo. Sabemos cómo en cierta fase de la adolescencia existe un conflicto con la figura paterna, que puede asumir un carácter positivo y formativo, incluso puede decirse que es necesario; pero puede asumir también un carácter agrio y negativo en el adolescente malcriado, ése que no tiene respeto a nada ni a nadie, que ha crecido convencido de que se le debe todo a cambio de nada, de que tiene sólo derechos y no deberes. Y precisamente este último tipo humano tan inferior y lamentable está hoy en día extraordinariamente difundido, tenga o no la edad cronológica de un adolescente. En efecto esta es una sociedad cada vez más infantilizada e inmadura, que se va pareciendo cada día más a una gran masa de niñatos malcriados, narcisistas, egocéntricos y llenos de derechos porque ellos lo valen. Yo veo aquí uno de los fenómenos degenerativos más graves de nuestro tiempo.

Otro motivo de odio contra el hombre blanco es, naturalmente, que representa la historia, es el símbolo de la expansión de la civilización europea, que durante un período ha llegado a dominar la mayor parte del mundo y en primer lugar ha desarrollado la técnica moderna que los demás han adoptado. En otras palabras, este odio hacia el hombre blanco es también expresión de rechazo, cuando no sentimiento de culpabilidad, en relación a la propia historia y la propia civilización; nuevamente, algo o alguien nos ha metido esto en la cabeza. Esta especie de complejo de culpa inducido es, en sí mismo, un fenómeno patológico y enfermizo que va mucho más allá de la autocrítica o la necesaria reflexión sobre el propio pasado. Autocrítica que por cierto ha sido siempre practicada en el mundo occidental, y en medida bastante mayor que otras tradiciones; si algo ha sido propio de la civilización europea es la vitalidad de pensamiento, la inquietud y el deseo de reflexionar sobre sí misma.

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Sin duda en el fondo es un combate contra la masculinidad.

Este combate lo vemos en las leyes impuestas por la secta feminista, que rezuman odio y voluntad punitiva contra el varón; en la justicia antimasculina que se ha vuelto la norma en los países occidentales; en la propaganda contra los hombres y el escarnio de la masculinidad. También en la creciente arrogancia y prepotencia “de género” que muchas mujeres comienzan a exhibir hacia los hombres, jaleadas y azuzadas por el ambiente que se respira, por los basurmedios de comunicación, por los mensajes de supremacismo vaginal que transmiten continuamente la publicidad y la industria del entretenimiento.

Es un martillo pilón que machaca las mentes a todas horas y por todas partes, un ataque convergente contra el hombre a nivel económico, psicológico, cultural, que busca vaciarlo interiormente, destruir en la psique masculina el sentido de su valor y su lugar en el mundo.

Y no es de extrañar la imposición de la dictadura feminista, pensemos en el 8 M y el discurso políticamente correcto loándolo...

El verdadero nombre del 8-M es el Día del Privilegio Femenino. Es la ocasión para una orgía de propaganda feminista, para propalar la inmensa mentira según la cual la mujer está discriminada cuando la verdad es opuesta, pues no es ya que tenga los mismos derechos, sino que tiene un trato de favor. En el día del 8-M y durante toda la semana precedente, dedicada a las lamentaciones y al lloriqueo estadístico por presuntas injusticias numéricas, lo que hacen es exigir cuotas, privilegios, trato de favor por ser mujeres.

Prácticamente no existen voces disidentes, o mejor dicho existen pero son silenciadas en el discurso público y en la opinión pública fabricada por los grandes medios, que no son más que órganos al servicio de la propaganda feminista.

Es un odio en el fondo contra natura...

La hostilidad contra la polaridad y la diferencia sexual, contra la figura del padre y la masculinidad, contra la maternidad, todos son odios contra natura, todos son síntomas de una enfermedad social. Las figuras diferenciadas de padre y madre, los roles distintos, la misma maternidad que también es denostada, la existencia de vías diferentes para el hombre y la mujer, todo ello es fuente de vida y de salud, son expresiones de la naturaleza humana indispensables en una sociedad sana, armoniosa y vital.

Habla también de odio a la excelencia...culto a lo vulgar, lo mal hecho...no hay más que ver el paupérrimo nivel de la educación en España con relación al de antaño...

Existe en efecto un auténtico culto a lo vil, una afición por la vulgaridad, una afición insana por lo que es más bajo y envilece al hombre. Multitud de tendencias y manifestaciones de la cultura actual parece que quisieran transmitirnos el mensaje de que la vida está en la taza del inodoro, que hemos de buscarla allí. Sin embargo en el retrete está el excremento, no está la vida. Todo sucede como si una mano invisible aferrara nuestra mente y la obligara a bajar la mirada de las estrellas para dirigirla a las alcantarillas.

Acerca de la educación, ha habido un hundimiento en el espacio de pocas décadas que muchos no alcanzan a valorar en toda su magnitud. No sólo en el nivel educativo entendido como contenidos, sino en la formación del carácter y la misión que debería tener la educación. El profesor ya apenas es una autoridad, intenta ser un ridículo “colega” de los alumnos y no se le tiene respeto alguno; los caprichos deben tener prioridad sobre la disciplina, se va a clase a jugar y se quiere convertir lo que debería ser un lugar de esfuerzo y estudio en una ludoteca; se exige cada vez menos a los alumnos y no se les corrige para no “dañar su autoestima”. Para no “discriminar” se quiere nivelar todo en la igualdad es decir al nivel del menos apto. Con ello evidentemente se consigue desmotivar a los mejores, desanimar cualquier afán de auto-superación. Así se perjudica el desarrollo de los alumnos, porque lo mejor de uno mismo, la verdadera medida de las capacidades y talentos, sólo se puede expresar con la exigencia y la severidad, ya vengan de uno mismo o de otros.

Ocuparía un libro entero la lista de los males de la educación, la triste historia de su degradación víctima de la obsesión igualitaria, de la mediocridad de nuestra clase dirigente, de una impresionante colección de ideas estúpidas e ineptas que la han hundido.

Si tuviera que definir el espíritu de la pedagogía actual con una fórmula, diría que es la venganza del último de la clase.

Con una fortísima voluntad de degradación y el escarnio de cualquier ideal superior....entre ellos Dios y la moral católica...

Ciertamente, la moral y la espiritualidad católicas han sido y son, cuando se viven sinceramente y sin hipocresía, un camino para elevar la propia vida, para erigir una barrera a la degradación y orientar la existencia hacia lo alto y no hacia lo bajo. Sin embargo no voy a afirmar que sea la única manera de vivir un ideal superior; para bien o para mal, el tiempo en el que Europa se identificaba únicamente con la cristiandad ha pasado.

Mi libro no habla de espiritualidad o religión. Las motivaciones para mi denuncia de la degeneración no son de tipo confesional, no dependen necesariamente de un punto de vista católico y ni siquiera cristiano; se refieren siempre a cuestiones básicas de civilización y sociedad. Pero ciertamente la religión ha sido un dique contra la degradación, quizá hoy casi el único, además de fuerza de civilización y signo fundamental de identidad, muy especialmente en nuestro país.

Actualmente lo que vemos es una inundación del más vulgar y arrastrado anticlericalismo, un odio contra la religión y la moral, un materialismo escrito con trazo grueso y basto, que tienen exactamente el significado de una voluntad de degradarse y hozar entre el fango.

¿Cuáles son las causas de la decadencia intelectual, cultural y moral de Occidente?

Esta es una pregunta a la cual es difícil dar una respuesta única. A un nivel por así decir político y cultural, de la obsesión igualitaria de nivelarnos en la mediocridad, la afirmación de la cantidad sobre la calidad, la caída de los principios de autoridad y jerarquía. Todo ello ha llevado no a una sociedad más libre, sino a una sociedad totalmente manipulada, controlada por fuerzas en la sombra, que no vemos y son parte activa en los procesos de degradación en curso.

A un nivel más profundo haría mención del individualismo; no en el sentido de afirmación de las cualidades individuales, que es algo justo y necesario, sino en el sentido de que la persona encoge sus horizontes vitales a la medida de su pequeño ego (cada vez más frágil por cierto). Se cierra en el limitado círculo de los intereses materiales e individuales y rechaza ser parte de algo más grande que él, olvida o quiere ignorar que es un eslabón en una larga cadena que viene del pasado y se proyecta en el futuro.

Y naturalmente la pérdida del sentido del sacro, la desacralización de la existencia, palabra fetiche y mantra que es neciamente reivindicada hoy en día como si fuera un gran bien; sin embargo y en la práctica, se resuelve en una actitud que termina impulsando el hombre hacia las regiones inferiores de la existencia. Por usar una imagen, cuando el hombre deja de intentar alcanzar el cielo, termina descendiendo a los infiernos.

Y fruto de ello, como usted bien apunta, han florecido ideas ineptas, modas para tarados mentales y tendencias aberrantes.

La lista sería larguísima… refiero dejar que el lector descubra algunos de estos fenómenos en las páginas del libro. Como ejemplo pondré solamente los “mensajes” lanzados por las marchas de ciclistas en pelotas y las empoderadas Femen que articulan su discurso gritando con las tetas al aire.

Entre ellas la aberrante e inmensamente necia e inmoral ideología de género.

Hombres y mujeres somos diferentes prácticamente en todo. Cada época tiene su estupidez y la de hoy es la igualdad, especialmente la de género, ese rebuzno que quiere convencernos de que la única diferencia importante entre hombres y mujeres está en el aparato reproductivo. Como si no fueran claras las diferencias ya en el aspecto material, fisiológico, a las cuales corresponden diferencias en el funcionamiento del cerebro, y a niveles más altos diferencias en la sensibilidad y la visión de las cosas, como ha sido reconocido a lo largo de toda la historia humana. La salud y la vida están en que hombre y mujer se complementen, desarrollando cada uno un camino diferenciado, exaltando y profundizando en las diferencias en vez de intentar comprimirlas.

El afán por negar las diferencias sugiere una voluntad perversa de no ver la realidad. El afán por borrarlas corresponde a una voluntad, igualmente perversa, de degradar al hombre y a la mujer. Por todo lo anterior la igualdad de género es, además de aberrante, falsa e inmoral: falsa cuando dice que hombres y mujeres somos iguales, inmoral cuando quiere convertirnos en iguales.

Para finalizar habla de las políticas deliberadas de sustitución étnica en Europa y de genocidio cultural contra todos los pueblos del mundo, falsamente presentadas como un destino inevitable....

El mundo de hoy no es el de ayer, hemos de tener en cuenta el ambiente tecnológico en el que vivimos y la técnica moderna, que sin duda nos propone un desafío. La llamada globalización es inevitable sólo en el sentido de libre circulación de la información y las comunicaciones mundiales. Pero la libre circulación de personas y mercancías no tiene nada de inevitable y depende de la voluntad política. Las fronteras de pueden controlar y hoy más que nunca, precisamente gracias a (o por culpa de) la tecnología. Quien pretenda que no deben existir las fronteras, que las personas y las mercancías deben circular libremente y sin ninguna restricción, lo que está haciendo es perseguir intereses económicos, ideológicos o políticos, disfrazando en mala fe su agenda oculta como si fuera un destino necesario cuando no lo es en absoluto.

¿Quiere añadir algo a modo de conclusión?

Sólo que este libro es quizá algo desencantado pero no pesimista. Es también humorístico porque pienso que la mejor manera de poner en evidencia las vergüenzas es reírse de ellas. Es un libro probablemente ofensivo para muchos, porque la verdad ofende y la única manera de no ser ofensivo es mentir, o hablar del tiempo o del sexo (o género) de los ángeles.

Es un libro que no pretende demostrar nada sino invitar a la reflexión, a que cada uno examine las cosas y las compare con su propia experiencia. Más que de largas elaboraciones conceptuales, en esta sociedad de corrección política, de imágenes fabricadas y de decorados falsamente presentados como la realidad, tenemos necesidad de gente que llame a las cosas por su nombre y que diga que el rey está desnudo.

Agradezco mucho a El Correo de Madrid su hospitalidad y su ayuda en dar a conocer mi libro. En este ambiente timorato y conformista no es fácil encontrar medios de comunicación y editores que tengan el coraje de ir contracorriente y el Correo de Madrid representa verdaderamente una bocanada de aire fresco en el panorama actual de los medios.