El pasado 21 de junio el ex ministro de Justicia D. José María Michavila escribía en el periódico “El Mundo” un brillante obituario para un prestigioso abogado recientemente fallecido que comenzaba así: “No puedo decir si morir a los 53 años es morir pronto o tarde… Y no soy capaz de ello porque tengo una fuerte sensación, diría certeza y con ello deseo no molestar o incomodar a nadie, de que nuestra vida tiene dos partes, una aquí, terrena, y otra allá, celestial y eterna”.

Tengo el mayor respeto hacia el Sr. Michavila, a quien considero un hombre honesto y cabal y de quien me dicen los que le conocen bien que es un católico comprometido, por lo que no quiero que estas líneas se tomen como una crítica hacia él, pero leer esa disculpa suya por escribir algo que para todos los católicos es una verdad incuestionable (la vida eterna y, en su caso, la salvación) me ha producido una profunda sensación de tristeza y alarma, sobre todo por venir de una persona inteligente y con personalidad suficiente para no tener complejos injustificados.

Los cristianos, y en particular los católicos, hemos sido a lo largo de la historia y seguimos siendo el colectivo más perseguido por razones religiosas en todo el mundo. No hace falta remontarse a las persecuciones de Diocleciano, a las masacres de la Revolución Francesa o al holocausto católico de la Guerra Civil española: en 2018 en el conjunto del mundo fueron atacadas al menos 1.847 iglesias y asesinadas al menos 4.305 personas solo por ser cristianos (y la mayoría católicos)[1]. De los aproximadamente 3.000 millones de cristianos que hay en el Mundo, 245 millones sufren algún tipo de persecución, y a pesar de ello el número de cristianos sigue creciendo. Por algo será.

Los cristianos hemos tenido, y seguimos teniendo, un papel determinante en el desarrollo ético, social y económico de la Humanidad. Las grandes democracias del Mundo, los países más desarrollados (incluidos, por supuesto, los EE.UU. de América) tienen una raíz y un fundamento cristiano en su esquema de valores, en sus leyes, en sus usos y en sus costumbres. Esos países, y no los musulmanes, los budistas o los hinduistas, son los que promovieron la Declaración Universal de los Derechos Humanos; son los que abolieron la esclavitud; son los que crearon y mantienen la Cruz Roja Internacional (compárenlo Uds. con la Media Luna Roja); son los que reciben y acogen todos los años a millones de emigrantes; son los que más gastan en ayuda al desarrollo de otros países, y no solo con fondos gubernamentales, sino también a través de centenares de ONGs católicas que trabajan día a día en los lugares más inhóspitos; son los únicos que tienen a miles de misioneros entregando su vida por los más desfavorecidos a lo largo y ancho del planeta y, además, son los países en los que sus ciudadanos son más prósperos, más libres y más iguales. Los cristianos somos los únicos que tratamos al prójimo, cualquiera que sea, como a un igual, pues sabemos que todos somos hermanos como hijos que somos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. El cristianismo es la única religión que nos enseña que además de amar a Dios (como en todas las religiones monoteístas) hay que amar al prójimo como a uno mismo.

¿Y por qué nos persiguen con saña? Nos odian, y nos persiguen, porque somos la última barrera contra los totalitarismos, desde el marxismo hasta el llamado “nuevo orden mundial” de la socialdemocracia liberal y globalista. Todos los totalitarismos, todas las tiranías (del tipo que sea) necesitan “cosificar” a los seres humanos, generalmente engañándoles con que los van a hacer más libres, convertirlos en una masa informe de “productores” o de “consumidores” o de “pagadores de impuestos”, o de todo eso a la vez, y para eso deben acabar con el individuo, con el hombre libre y dueño de su destino (el libre albedrio), que en última instancia solo responde ante su conciencia y ante Dios, que sabe que hay cosas absolutamente buenas y otras absolutamente malas, que sabe que hay una Ley Natural que está por encima de cualquier legislación -digan lo que digan los “formadores de opinión” de cada momento, los profetas del “pensamiento único” o las propias urnas- y que sabe, también, que algún día tendrá que rendir cuentas ante un juez no terrenal por lo bueno y lo malo que haya hecho. A estos no los pueden engañar, no los pueden manipular y no los pueden, al fin, esclavizar. Para controlar a una sociedad hay que extirpar cualquier sentimiento o creencia religiosa, y más si es cristiana, y esto lo han entendido bien, y lo han llevado a cabo, desde los jacobinos hasta los actuales jerarcas comunistas chinos, pasando por los nazis, por Stalin, por Castro y por Pol Pot.

Entonces, ¿de qué nos tenemos que disculpar?; la respuesta es corta: DE NADA. Muy al contrario, debemos estar orgullosos, modesta y legítimamente orgullosos, de todo lo que hemos hecho y seguimos haciendo por la Humanidad.

Sin embargo, llevamos décadas siendo sistemáticamente abofeteados para arrinconarnos. Primero nos obligaron a convertir nuestra Fe en algo privado, limitándolo a nuestro hogar y a nuestras iglesias, después convirtieron en “políticamente incorrecto” manifestar nuestras creencias, y mucho más influir en la sociedad en base a las mismas, y por último han empezado a criminalizarnos, a acusarnos de todos los males imaginables. Nos han pintado como enemigos de la libertad, como totalitarios que imponen sus ideas por la fuerza, como retrogrados extremistas deseosos de quemar en la hoguera a los herejes, como enemigos de las ciencias y de la técnica, energúmenos que piensan que es un crimen disponer de la vida de los no nacidos o de los ancianos o de los enfermos incurables, como pederastas en potencia capaces de agredir sexualmente a cualquier criatura que se cruce en su camino, como unos saqueadores que llevan siglos desvalijando a las personas más humildes. Todo esa lluvia ácida, suave pero constante, todas esas mentiras, nos han llevado a nosotros mismos a dudar y, en algunos casos, a creernos que, efectivamente, somos culpables. Nos ha llevado a aceptar que una fulana llamada Rita Maestre grite en un lugar sagrado “arderéis como en el 36” y que no pase nada, que alguien robe unas formas consagradas, lo más sagrado para un cristiano, y que organice una ‘performance’ sacrílega con ellas sin que nadie lo pare, que un titiritero descerebrado y diabólico “cocine” un crucifijo en una TV pública sin que nadie le diga nada o que alguien pinte en una iglesia que “la única Iglesia que ilumina es la iglesia que arde” y que nos limitemos a borrarlo pacífica y silenciosamente, sin molestar. Y nos ha llevado a pedir perdón por decir públicamente que creemos en la vida después de la muerte.

Además, y no creo que sea por casualidad, la jerarquía de la Iglesia, con el cardenal Bergoglio a la cabeza, se ha empeñado en pedir perdón por todo lo que pudo haber pasado desde que existe la memoria (por obligar a abjurar a Galileo de su teoría heliocéntrica del Universo; por la Inquisición; por los asquerosos e injustificables casos de pederastia cometidos por algunos sacerdotes hace décadas en algunas partes del mundo; por –supuestamente- discriminar a los homosexuales en una época en que todas las instituciones, publicas y privadas, los discriminaban igual o más; por una inexistente colaboración con los nazis, que se ha demostrado no solo que es mentira, sino que fue justo lo contrario, etc, etc), incluso por episodios gloriosos en la historia de la Humanidad, como la evangelización de América. Cada vez que se pide perdón por alguna de esas cosas, reales o imaginarias, no solo no se consigue el perdón (pues siguen dando la matraca con los mismos temas) sino que se reconoce una culpa, muchas veces inexistente, que aviva las llamas en las que a los enemigos de Dios les gustaría quemarnos. Acabaremos pidiendo perdón por el papel de la Iglesia en la Reconquista –eso está a la vuelta de la esquina–, en la victoria contra el turco en Lepanto o, tiempo al tiempo, en el lanzamiento de la bomba atómica.

Tenemos que decir basta, tenemos que levantar la cabeza, bien alta, por lo que hemos hecho y seguimos haciendo por la Humanidad. Y no solo eso, sino que tenemos la obligación, porque así lo manda nuestra Religión, de llevar la palabra de Dios a los no creyentes, de evangelizar, de hacer apostolado, de enseñar lo que es bueno y lo que es malo a los que no conocen el Evangelio, a los que están alejados de Dios, de enseñarles lo que te lleva a la salvación, es decir, al Cielo (generalmente después de una temporada en el Purgatorio) y lo que te lleva a la condenación, es decir, al Infierno y, naturalmente, de convencer a todos los que podamos para que las leyes humanas respeten y sigan los valores y los principios morales en los que creemos.

Si alguien no se atreve a decir que cree que existe la vida eterna, ¿cómo se va a atrever a decir que la vida humana es intocable desde el momento de la concepción hasta la muerte por causas naturales y que cualquier otra cosa (aborto, eutanasia, suicidio asistido, etc.) es un crimen? ¿Cómo van a expresarse en contra de los vientres de alquiler, de la selección de embriones, de la clonación de seres humanos y de tantas otras barbaridades que se hacen en nombre del progreso y de la ciencia? ¿Cómo se va a atrever a decir que los padres tienen el derecho, y la obligación, de elegir la educación que quieren para sus hijos? ¿Y a decir que los seres humanos nacen hombre o nacen mujer y que cualquier otra cosa es una excepción contra natura? ¿Y a decir que la verdadera familia, la única que se debe considerar como tal, es la formada por un matrimonio – y por lo tanto por un hombre y una mujer, pues cualquier otra combinación es otra cosa, no un matrimonio - y uno o varios hijos? ¿Y a defender la virginidad antes del matrimonio? ¿Y a defender que un lugar sagrado es inviolable? ¿Y a no consentir en ninguna circunstancia hechos y palabras sacrílegas?… será incapaz de decir ni hacer nada sobre esos asuntos tan trascendentales, callará ante los desatinos de todo tipo que se están cometiendo y, mientras tanto, la marea seguirá subiendo, hasta que nos ahogue a todos en nuestros complejos, en nuestra cobardía y en nuestros prejuicios.

Dejemos de disculparnos, ¡QUE SE DISCULPEN ELLOS!

Tomás García Madrid

[1]Datos obtenidos del informe anual de la organización evangélica Open Doors (www.opendoors.org) dedicada a ayudar a los cristianos perseguidos por el mundo.