Filósofos como Giovanni Gentile, José Ortega y Gasset o Gonzalo Fernández de la Mora, han sostenido que la nación no es una realidad natural, sino una construcción histórica creada a partir de un proyecto intelectual previo, encarnado en el Estado, que es quien le da conciencia y propia voluntad y, además, efectiva existencia. De ahí la importancia de la lucha de las ideas, de la historia y de la creación de ritos y símbolos a la hora de constituir los distintos modelos nacionales. En ese sentido, ayer nos llegó una noticia ciertamente alarmante.

Y es que el gobierno asturiano pretende convertir los actos conmemorativos del XIII centenario de la batalla de Covadonga en una especie de altavoz de la Alianza de Civilizaciones propugnada hace años por José Luis Rodríguez Zapatero. A ojos del vulgo, este proyecto puede parecer más o menos pintoresco o disparatado; y, sin embargo, no lo es; ni mucho menos. Es un dato alarmante a donde van y a donde quieren ir nuestras izquierdas en el futuro. El proyecto ha de ser interpretado en el contexto de las luchas políticas y simbólicas en torno a la definición de la identidad nacional española, o más bien en torno a su deconstrucción.

En realidad, no estamos ante algo novedoso; todo lo contrario; es algo que viene de lejos. Como ha señalado en catedrático de literatura Jesús Torrecilla, los liberales más radicales, ante la consciencia de su insignificancia política y social tras la Guerra de la Independencia, la hegemonía indiscutida de la Iglesia católica y la instauración de la Monarquía de Fernando VII, elaboraron una nueva interpretación y una nueva mitología respecto a la trayectoria histórica de España. Frente al discurso católico y conservador, los liberales inventaron los mitos de las Comunidades de Castilla, de los fueros medievales y, lo que más nos interesa aquí, el mito de Al-Andalus.

Más que una explicación de la historia de España, era el reflejo de un proyecto político de futuro. En concreto, Al-Andalus pasó a significar y simbolizar un espacio de convivencia negociada, un modelo de sociedad culta y tolerante, que implicaba una imagen de una nación fanática y excluyente que había existido hasta entonces. Es lo que Serafín Fanjul ha denominado, con acierto, la “quimera de Al-Andalus”. Este mito aparece ya en la obra de afrancesados y disidentes políticos como José Antonio Conde, José Blanco White, José Joaquín Mora, Pablo de Mendíbil, el duque de Rivas o Estanislao de Kostka Vayo. Para todos ellos, la Reconquista fue una auténtica catástrofe nacional, que provocó la hegemonía absoluta de la Iglesia católica y el aplastamiento de toda disidencia política y religiosa. Como alternativa, estos autores reivindicaron una identidad hispano-árabe destruida por el cristianismo.

Pese a su artificiosidad y presentismo, esta interpretación histórica ha tenido un largo recorrido entre algunos intelectuales liberales, progresistas e izquierdistas: Américo Castro, en su discutible obra La realidad histórica de España; Francisco Márquez Villanueva, en El concepto cultural alfonsí; Soledad Carrasco, con sus estudios sobre “moriscología”, o Pedro Martínez Montavez, en Significado y símbolo de Al-Andalus; y en literatos como Juan Goytisolo y su significativa obra Reivindicación del Conde Don Julián.

Frente a esta interpretación, se encuentra la defendida, con mayor rigor historiográfico, por Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz, José Antonio Maravall o el hispanista norteamericano Stanley G. Payne. Desde esta perspectiva, la identidad española es occidental, inseparable de la cultura clásica romana y del cristianismo. La invasión musulmana y la caída del reino visigodo fue una auténtica catástrofe; y la Reconquista, un fenómeno único en la historia europea, cuyo fin último es la recuperación de la unidad nacional en torno al ideal cristiano, la recuperación de España.

Lo que Payne, en síntesis, ha denominado la “idea española”, encarnada en el reino de Asturias, cuya primera hazaña fue la victoria de Pelayo en Covadonga, cuna de la identidad española. De ahí el símbolo esencial de Covadonga. Por supuesto, se ha insistido en que esta interpretación histórica ha sido la base del “nacional-catolicismo” dominante en el régimen de Franco. Sin embargo, fue defendida igualmente por el exiliado Claudio Sánchez Albornoz en su libro España, un enigma histórico.

A partir de la consolidación del régimen de 1978, y aún antes, la interpretación disidente ha encontrado nuevos alicientes entre la izquierda intelectual y política española, con una nueva relectura de los textos de Américo Castro y sus discípulos. Una interpretación que comenzó a ser instrumentalizada por los socialistas en la etapa, ¡cómo no!, de José Luis Rodríguez Zapatero, en cara a promocionar a través de los aparatos ideológicos del Estado y de los medios de comunicación afines la creación y difusión de una nueva identidad nacional, mediante el concepto de “Alianza de Civilizaciones”.

No es casualidad que el diplomático Bernardino León Gross, secretario de Estado de Asuntos Exteriores y para Iberoamérica en la etapa de Rodríguez Zapatero, identificara, en un prólogo a un libro de Edward Said, el proyecto del dirigente socialista con la perspectiva de Castro y sus seguidores. Significativamente, hacía referencia a la necesaria “segunda transición cultural, para acabar, dijo, “con la visión icónica de nuestro pasado y permitir reformas en el sistema de selección del profesorado universitario y en el curriculum académico”. Y es que, a su entender, la visión de Menéndez Pelayo, Sánchez Albornoz o Maravall, era “empobrecida y ortodoxa”.

Por ello, sospechamos que la nueva interpretación y conmemoración de Covadonga va encaminada a la promoción de una sociedad multicultural, en la que la emigración musulmana tenga un papel de primer orden. No en vano el actual ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, ha sostenido, en público que serán necesarios 270.000 emigrantes anuales, hasta 2050, para garantizar el sistema actual de pensiones. Una auténtica agresión simbólico-política a nuestra identidad occidental y cristiana. Ciego sea quien no lo vea. Y que sufrirán, como en Francia, el conjunto de las clases populares, mientras los multiculturalistas vivirán muy solidariamente, eso sí, en Puerta de Hierro o Neguri.