A Franco no se le conoce ninguna derrota, mientras que el aventurero corso fue batido en Egipto (1798), España (1808 – 1814), Rusia (1812) y Waterloo (1815).

Napoleón estaba obsesionado por la acción ofensiva, con desprecio de la defensiva. Franco fue más equilibrado e hizo un empleo eficaz de la defensiva, que les permitió liberar fuerzas para aplicar las acciones ofensivas en el lugar y momento elegidos.

Napoleón buscaba la victoria en choques frontales y reiteraciones de ataques, sin importarles el número de bajas propias y del enemigo. Era lo que se llama, en el léxico militar, “un carnicero”. Franco, por el contrario, todas sus operaciones se caracterizaron por conseguir sus objetivos con un mínimo de bajas (consiguiéndolo donde otros habían fracasado con numerosas bajas), para lo que se basó en un eficiente reconocimiento del terreno y del enemigo, y en buscar la sorpresa.

 

“A Franco no se le conoce ninguna derrota, mientras que el aventurero corso fue batido en Egipto (1798), España (1808– 1814), Rusia (1812) y Water- loo (1815)” 

Napoleón tenía un concepto del mando excesivamente personalista, que mataba las iniciativas. No se puede decir lo mismo de Franco, que supo retener siempre la direc- ción de la guerra, y delegar los otros niveles operacionales en sus man- dos subordinados, excepto cuando lo consideró necesario (batalla del Ebro).

Napoleón asoló Europa y arruinó Francia, solo por su desmedida ambición personal. Franco liberó a España de ser una república comunista, satélite de la URSS, y bajo su dirección alcanzó unos niveles de prosperidad no conocidas históricamente.

Paradójicamente Napoleón está sepultado y venerado en el Palacio Nacional de los Inválidos, en el centro de París. Mientras que el Generalísimo es perseguido con ensañamiento después de muerto, quizás porque su gesta perviva en el imaginario social de la ideología comunista que derrotó.

Artículo del General Fontenla para la revista de la FNFF