Tal día como hoy, pero en 1955, se inauguraba la Residencia Sanitaria "Francisco Franco" , actualmente Hospital Universitari de la Vall d'Hebron, donde el Jefe del Estado dijo estas palabras:

Señores: 

Sólo unas palabras para reafirmar la significación de este acto y mostrar mi complacencia al ver terminadas estas grandes obras de nuestra justicia social. Estos magníficos edificios repartidos por la geografía de España son la mejor ejecutoria de toda una política.

Nos recordaba el ministro Girón aquellos calamitosos tiempos pasados, las vergüenzas de aquellos años, que seguramente las generaciones futuras no acertarán a comprender, pero que tienen su justificación en la anarquía y en el abandono en que se desenvolvía nuestra Patria.

Pocos, dentro y fuera de España, podían explicarse que una Nación que escribió en el mundo páginas gloriosas y epopeyas inigualables, hubiera caído al nivel en que nosotros la recibimos; y algunos llegaban hasta a dudar de nuestra propia Historia, olvidando que fuimos grandes y acometimos grandes empresas; cuando teníamos unidad nos enfrentábamos con un quehacer en el mundo y no éramos invadidos por las doctrinas de fuera. Nos vestíamos a la española, pensábamos en español y no cedíamos ante las influencias extrañas; pero cuando abandonamos todo quehacer y admitimos que los aires paganos y las doctrinas enciclopédicas invadieran las Universidades y dominasen las minorías intelectuales, abrimos la puerta a las maniobras de fuera, que seguidas más tarde por las internacionales y la lucha de clases habrían fácilmente de conseguir la realización de aquélla diabólica concepción «españoles contra españoles», única forma de vencernos.

La reacción forzosamente habría de ser mayor en aquellas regiones como Cataluña que, por su mayor adelanto y actividades industriales, padecía y era más sensible a la política de desgobierno. El que el descontento fuese explotado por gentes de pocos escrúpulos, que pretendían pescar en río revuelto, no quita nada a lo humano y natural de la reacción.

Todas aquellas energías contenidas, que bien encauzadas hubieran constituido un elemento constructivo de salvación, torpe y maliciosamente conducidas, estuvieron a punto de arrastrarnos a la catástrofe a través de las escisiones y luchas fratricidas más o menos declaradas. Por esto nuestro Movimiento, al intentar suprimir las desgracias que a la Patria aquejaban, había de mirar con amor hacia Cataluña, factor tan importante de nuestra grandeza.

La unidad de los hombres y de las tierras de España que campea en el ideario de nuestro Movimiento no es un capricho. Todo lo que el Movimiento acusa en su ideario es insoslayable, indispensable para la vida y la existencia de la Nación. Así lo ha establecido la geografía y lo respalda nuestra Historia: somos algo indivisible. Así vemos los ríos nacer en nuestras montañas, discurrir con sus brazos por nuestra superficie, recorrer las mesetas y regar nuestros valles hasta perderse en el mar. En su curso alto, los pantanos embalsan las aguas que producen la electricidad; en las tierras medias y llanas sus aguas fecundan nuestra agricultura y las líneas eléctricas conducen su fuerza a las zonas industriales para producir las manufacturas. ¿Qué sería de todo ello si no tuviésemos una unidad? y no sólo lo vemos en esto, sino en la vida toda: en nuestra Historia, en nuestras invasiones, en nuestras grandezas y en nuestras desgracias; en todo nos cupo el mismo destino a los hijos de estas benditas tierras españolas. Lo mismo ocurre con nuestra prosperidad y nuestra economía; cuando levantamos la economía de tantos lugares y redimimos de la miseria a tantas comarcas y a tantas gentes esparcidas por nuestro territorio, si directamente beneficiamos a unos, indirectamente lo hacemos a toda España al aumentar el poder de la masa consumidora con expansión y bienestar de las zonas productoras de todo orden. Lo peor que puede ocurrir para todos es el raquitismo económico, el bajo nivel de vida y del índice de consumo. He aquí por qué todos están interesados en nuestra obra de resurgimiento.

Esta unidad y solidaridad de los españoles es básica también en esta gran obra de la Sanidad, de la que son magnífico exponente estos edificios, que si tal vez algunos pudieran juzgar lujosos, tienen un altísimo significado. Nosotros no hacemos estas obras para el día, sino con una perspectiva hacia el futuro. Y pasarán los años y lo que hoy parece quizá excesivo mañana parecerá pobre.

Nosotros no aspiramos a convencer a todos, sino a vencer a los menos y convencer a los más. Sabemos que había minorías que creían que todo estaba perfectamente, que con lo que había y la caridad bastaba para resolver los problemas y atenciones sanitarios españoles. ¡Menguados horizontes! Forzosamente hemos de salirles al paso. No negamos la virtud ni la grandeza de la caridad; pero queremos que por delante vaya la justicia. La caridad ha de ejercerse sobre aquellos seres desamparados que necesitan de ella; pero no puede sustituir a una justicia social que no debe confundir lo que se ha de dar por caridad y lo que tiene que darse por ser de justicia.

Nuestro Movimiento ha querido disminuir en cuanto esto es posible las irritantes diferencias sociales, muy especialmente en el infortunio, y que aquellos recursos que la ciencia médica puso a disposición de los hombres para su curación no sean feudo de una pequeña minoría. Redimir a los trabajadores ofreciéndoles los medios para enfrentarse con los casos de necesidad de curaciones costosas fuera de su alcance, ofreciéndoles modernas instalaciones, nuevos aparatos y los más destacados y valiosos equipos.

Una revolución es mucho más de lo que algunos simplistas creen. No se puede hablar de ella alegremente: una revolución se hace con tenacidad, con energía y con razón. La revolución no es, como algunos piensan, la acción explosiva de la violencia, sino precisamente un proceso de cambios y de realizaciones en la vida entera de la nación. Teníamos que hacer una revolución en la Sanidad para que la gran obra sanitaria llegase a todos los rincones españoles. Y no lo hubiéramos logrado si no hubiésemos creado el Seguro de Enfermedad, si no lleváramos a todos los rincones el derecho a la asistencia médica y que ésta no fuera la asistencia vulgar y mezquina que antes se podía dar en los pueblos o podía ofrecer el comercio de los particulares: necesitábamos el equipo, la coordinación, los aparatos, todo lo que encierran estos grandes edificios y grandes realizaciones. Y todo esto es necesidad y es justicia. La Sanidad era lo primero, porque hay que vivir y hay que atender al hombre y a la familia; la casa vino después, y con ella los Seguros Sociales, la atención en la vejez, las Mutualidades, todas esas hermosas obras, que tendrán imperfecciones humanas, como todas las obras de los hombres, pero que son una realidad. Una realidad como esta que hoy inauguramos y las que aún seguiremos haciendo, y que levantadas por toda la superficie de España afirmarán nuestra Revolución.

¡Arriba España!