La agenda depredadora del Nuevo Orden Mundial no tiene dudas al respecto: la nueva política de bloques económicos impone la liquidación de las soberanías nacionales, y con ella, la abolición de las fronteras. El nuevo esclavismo lo exige. España, siempre en el punto de mira del enemigo (externo, pero también interno), es uno de esos objetivos a doblegar por medio de un proceso de sustitución demográfica sin parangón. Escrito el pasado mes de noviembre, este breve discurso nunca llegó a ser pronunciado. Aprovechando la oscura coyuntura en que vivimos, lo destinamos al lector de EL CORREO DE MADRID.

 

Españoles:

 

Os pregunto: ¿qué es una frontera? ¿Acaso una línea imaginaria trazada sobre el mapa? ¿O un mero límite psicológico donde acaba el territorio nacional? ¿Tal vez un deber y una responsabilidad histórica, de la que sólo somos meros usufructuarios? Al fin y al cabo, ¿qué es una frontera, reitero? ¿Cuál es su significado último?

 

Me dirijo también a los propietarios, a los arrendatarios y a todas aquellas buenas gentes que habitan y disponen de una vivienda, un espacio parcelado o un bien mueble. Cuando cerráis con doble vuelta de llave la puerta de vuestra vivienda, adquirida tras largos años de privaciones, hipotecas y sacrificios varios, cuando extraéis la referida llave del bombín de la cerradura, la LEY os ampara, ¿verdad? EL DOMICILIO ES INVIOLABLE, dice el artículo 18 de nuestra Constitución. La vivienda, núcleo espacial íntimo de esa célula capital de nuestra sociedad que es la familia, debe ser protegido, custodiado, vigilado. Españoles, pensad bien que si tales precauciones tomamos por un piso de 90 m2, ¿acaso vamos a hacer DE MENOS algo mucho más grande, significado y vital como es el domicilio de todos los españoles, nuestra Patria común? ¿Vamos a dejar las puertas abiertas, con qué fin? ¿Filantropía? ¿Buenismo? ¿Irresponsabilidad? ¿Atracción por el caos y el abismo? ¿Autodestrucción de aquello que tantos siglos de sangre de patriotas ha costado levantar, afianzar y preservar?

 

Españoles: la sociedad española acusa un grave periodo de crisis. Me resisto a creer que estemos inmersos en una fase decadente de disolución irreversible. Somos fuertes, ya lo dijo el "Canciller de Hierro", Bismarck: España es la nación más fuerte del globo: los (malos) españoles llevan siglos intentado destruirla, mas no lo han conseguido. En el devenir de los siglos, a España la han hecho fuerte sus singularidades, sin parangón en el orbe: su sustrato romano, su esencia católica y su deber histórico, de evangelizadora y civilizadora: me refiero a la idea de la Hispanidad.

 

El globalismo aplanador y el capitalismo tras-nacional aborrecen a España, y la aborrecen porque España fue forjadora de libertades, luz de los oprimidos, maestra y pedagoga de los pueblos, fiel depositaria de la Tradición Católica, Apostólica y Romana, y que consolidada en los pilares de la monarquía hispánica, supo defender por siglos el mapa y el territorio imperial, desde Covadonga hasta los últimos confines de ultramar. Esto fue ayer. Hoy, España es algo mucho más menudo, encorvado y venido a menos. Pero el núcleo, ese hueso duro de roer, persiste y perdurará.

 

Españoles, somos la remanente de una realidad llamada España, y nuestros héroes, la vanguardia de la misma. Pensemos en estos héroes por los que hoy estamos aquí reunidos. ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar? ¿Defender el domicilio o dejar las puertas abiertas? Cuestiones candentes que deberíamos meditar con total sinceridad.