El pasado 27 de noviembre tuve el placer de asistir en la Real Academia de Doctores de España a un merecidísimo homenaje a D. José Calvo Sotelo con motivo del centenario de su primera intervención en el Congreso de los Diputados.

Mientras disertaban los ponentes que glosaban la figura de Calvo Sotelo (los historiadores Bullón de Mendoza y De Diego junto a dos de los nietos del homenajeado), no pude dejar de pensar, con tristeza y enojo, en la piara de gañanes que en nuestros tiempos se apoltronan en los escaños del Congreso y en los sillones del Consejo de Ministros, con sus discursos vacíos, su indigencia intelectual y su infinito desprecio por España y los españoles. D. José Calvo Sotelo es por sí solo una personalidad sobresaliente en la historia de nuestra Patria, pero en comparación con esa banda de facinerosos su figura resulta más deslumbrante aún, si cabe.

Hoy día, arrastrados por esta riada de lodo y mentira que nos está destruyendo, Calvo Sotelo es presentado por los enemigos de España como uno de los incitadores del falso “golpe de Estado” que, según ellos, dio lugar a la Guerra Civil, y así, en un miserable ejercicio de mentira y revanchismo histórico, se ha retirado su nombre a calles, colegios y otras instituciones públicas que honraban su memoria; para el resto queda simplemente el recuerdo del trágico final de su corta vida (fue asesinado a los 43 años), lo que ha sido considerado por muchos el detonante del glorioso Alzamiento Nacional que trajo la liberación de España, por lo que ha sido calificado durante décadas de ‘protomartir de la Guerra Civil’; pero Calvo Sotelo fue mucho más que eso.

Calvo Sotelo fue una persona con una potencia intelectual y una capacidad de trabajo descomunales, lo que le llevo a convertirse en ejemplo de precocidad en todo lo que hizo. Como se decía ocurrentemente sobre otro personaje de notable brillantez académica, cuyo nombre no viene al caso, “sacó Matrícula de Honor hasta en la Primera Comunión”: premio extraordinario de Bachillerato, obtuvo la licenciatura en cuatro años -en lugar de los cinco reglados- con Matrícula en quince de las dieciséis asignaturas e inmediatamente ganó por oposición la plaza de Oficial Letrado del Ministerio de Justicia y al siguiente año, a la edad de 23, la de Abogado del Estado (naturalmente con el número uno de su promoción y con una puntuación sin precedentes) y como al parecer le sobraba tiempo hizo también el Doctorado, leyendo la tesis solo un año después (con premio extraordinario, para no perder la costumbre), a la vez que desarrollaba su pasión por la música, no solo como interprete (era un virtuoso de la guitarra), sino también como crítico musical primero en El Noticiero de Zaragoza y posteriormente en El Debate, de Madrid.

A Calvo Sotelo le tocó vivir uno de los periodos más convulsos de la historia de España, con el Desastre de 1998, la Guerra de África y todo lo que vino después. España se desangraba en una enorme crisis social y económica, con el auge de los partidos marxistas y “anti españoles” y con una monarquía esclerótica incapaz de dar solución a los problemas de nuestra Patria.

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Pronto se incorporó al Ateneo de Madrid, donde en aquellos años tenía lugar una intensísima actividad política extraparlamentaria, acercándose al Partido Conservador de Antonio Maura, de cuya secretaría personal formó parte. Obtuvo acta de diputado por Carballino (Orense) en 1919, a pesar de la fuerte oposición del cacique local, y en esa su primera presencia en la Cortes hizo gala de su brillantez dialéctica y demostró una enorme sensibilidad por los problemas sociales y una oposición frontal al caciquismo que prostituía el tambaleante sistema democrático.

En 1921, con Maura en la presidencia del Gobierno y habiendo perdido el acta de diputado en una oscura maniobra dentro de su propio partido, fue nombrado Gobernador Civil de Valencia. En 1923, y ya con Primo de Rivera en el poder, fue nombrado Director General de la Administración, cargo desde el que elaboró un modélico Estatuto Municipal que incluía un importante aumento de las competencias de los municipios, una profunda reforma de la Hacienda Municipal y otras medidas para democratizar los Ayuntamientos, lo que le llevó a ganarse no pocos enemigos entre sus propias filas. A este le siguió un Estatuto Provincial y, posteriormente, una Ley de Mancomunidades Provinciales, en una brillante y extensa actividad legislativa, realizada en tiempo record, que dio inicio a una descentralización ordenada y cabal de la administración pública.

En 1925, con 32 años (algo casi impensable en aquella época) fue nombrado Ministro de Hacienda, cargo en el que, de nuevo, desarrolló una inmensa y productiva labor. Realizó una profunda reforma fiscal, introduciendo un “Impuesto sobre la Renta y las Ganancias”, con carácter progresivo –lo que causó un enorme revuelo entre las clases más pudientes que llegaron a calificarle (paradojas de la vida) como el “ministro bolchevique”-, junto a varias medidas para perseguir el fraude fiscal. Fue el que dotó al ambicioso plan de infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, escuelas, etc.) de Primo de Ribera del imprescindible soporte presupuestario, ordenando la deuda pública existente y realizando nuevas emisiones, creando un sistema bancario público especializado (Banco Exterior, Banco Hipotecario, Banco de Crédito Local, etc.) y legislando acertadamente para fomentar el ahorro. Creó el monopolio de petróleos (Campsa), que permitió que en España se desarrollara una industria petrolera para cubrir las necesidades nacionales sin depender de las grandes petroleras de la época y todo ello a pesar de las presiones diplomáticas y de todo tipo ejercidas por esas enormes multinacionales. Dimitió en enero de 1930, a causa del desplome de la peseta, pocos días antes de que Primo de Rivera, a su vez, se viera obligado a presentar su renuncia.

En los meses siguientes junto a otros ex ministros de Primo de Rivera fundó la Unión Monarquica Nacional y se lanzó a una campaña de movilización social sin precedentes entre los llamados partidos derechistas, pero en abril de 1931, tras el golpe de estado que llevó a la proclamación de la República, ante la amenaza cierta de ser encarcelado o asesinado solo por haber formado parte de los gobiernos de Primo, tuvo que exiliarse con toda su familia primero a Lisboa y después a París, donde se ganó la vida como articulista, publicando numerosos y brillantes artículos en la prensa española.

Desde el exilio siguió comprometido con el futuro de España e involucrado en la vida política española, consiguiendo recuperar su escaño –sin poder siquiera presentarse ante sus votantes– en las elecciones de junio de 1931, pero a pesar de la supuesta inmunidad que le daba su condición de diputado no pudo regresar a España. Mantuvo el acta de diputado en las elecciones de 1933, por Renovación Española, y finalmente en abril de ese año pudo volver a España merced a una amnistía concedida por el nuevo gobierno derechista.

Calvo-Sotelo

A su vuelta puso en marcha el Bloque Nacional, un intento de aglutinar a las fuerzas derechistas no republicanas (monárquicos, Renovación Española, ‘agrarios’, etc.), esfuerzo infructuoso por la tendencia casi congénita de la derecha española a disgregarse en pequeños reinos de taifas enfrentados entre sí, pero que le sirvió para recuperar notoriedad pública y para tener un merecido protagonismo en las Cortes como jefe de su propio partido gracias a su firmeza, claridad de ideas y brillante oratoria. Después de las elecciones fraudulentas de febrero 1936, en las que el Frente Popular usurpó el poder de modo ilegal, por sus propios méritos y por haberles sido arrebatado su escaño de modo injustificado a otros líderes derechistas, se convirtió en el líder de la oposición al Frente Popular y en un azote inmisericorde de los atropellos realizados por el Gobierno de Azaña y de los crímenes permitidos (si no alentados) por este.

Las amenazas de muerte explícitas recibidas de varios diputados socialistas y comunistas en sesión parlamentaria, y sus memorables réplicas, son sobradamente conocidas. A pesar de ello, y dando muestra de una valentía y un coraje hoy impensables entre nuestra clase política, no se amedrentó y siguió poniendo en riesgo su vida por España. Así se llega a la trágica noche del 13 de julio de 1936, cuando con la increíble excusa de una venganza por el asesinato, unas horas antes, de un teniente apellidado Castillo, un pistolero socialista conocido por sus desmanes durante los sucesos de octubre de 1934, fue secuestrado con nocturnidad y engaño en su propia casa, en presencia de su familia, por matones socialistas de la escolta de Indalecio Prieto, acompañados como cobertura por varios Guardias de Asalto, y asesinado pocos minutos después mediante un cobarde tiro en la nuca en la propia camioneta en la que le trasladaban, supuestamente, a la Dirección General de Seguridad. Arrojaron su cadáver a las puertas del Cementerio del Este y los asesinos, perfectamente identificados, disfrutando del amparo que les facilitaban las autoridades que les habían dado la orden, siguieron con su vida de crímenes y fechorías como si nada hubiera pasado. Naturalmente, la muerte del tal Castillo fue solo una excusa, como se ha dicho: las autoridades rojas tenían decisión tomada de eliminar a su más prominente y brillante adversario, y solo estaban esperando el momento oportuno, que llegó con ese suceso baladí dentro del clima de violencia generalizada que se vivía en esos días. Un verdadero crimen de Estado.

Se ha dicho que el asesinato de Calvo Sotelo fue el detonante del Alzamiento y de la Guerra Civil; yo no creo que este crimen fuera lo que dio lugar a todo lo que vino después, ni mucho menos, pues considero que la República y el Frente Popular estaban metidos en una deriva diabólica que hacia inevitable un golpe de timón como el que se produjo, por lo que este hubiera llegado con o sin ese luctuoso suceso, pero sí pienso que fue el detonante para que el Alzamiento tuviera lugar ese glorioso 18 de julio y no unas semanas o meses después. Nunca se sabrá.

Algunos ignorantes, o malvados, o ambas cosas a la vez, han calificado a Calvo Sotelo de ‘fascista’; la acusación, por grotesca, infundada y absurda, cae por su propio peso: es comparable a calificar a Sir Winston Churchill de comunista. También, y en un ejercicio supremo de analfabetismo histórico o de manipulación de la verdad, se le ha calificado de ‘franquista’, cuando parece ser que vio a Franco una sola vez en su vida, que no se tenían excesiva simpatía personal y, sobre todo, que fue asesinado casi tres meses antes de que Franco llegara a la Jefatura del Estado Nacional.

Lo que si fue Calvo Sotelo es un enamorado de España y de la Hispanidad; un español comprometido con su Patria; un ferviente católico que procuró crear lo que él llamó el “derechismo social” para terminar con, o al menos reducir, las desigualdades sociales; un reformista que intentó hacer una “revolución desde arriba”, manteniendo lo mejor de la tradición española pero adaptándola a los nuevos tiempos y a las evidentes necesidades de cambio; un verdadero progresista, de los que buscan el bien y el progreso de sus compatriotas, no ese falso progresismo que nos venden ahora y que solo “progresa” hacia el abismo; un servidor público y un hombre de Estado ejemplar, con una inmensa vocación de servicio, integridad, honestidad y fidelidad a sus principios; un prolífico escritor, con notables ensayos sobre temas de muy diversa índole; y, lo que no es menos importante, un padre de familia ejemplar. Una figura, en fin, que en cualquier nación que no estuviera inmersa en un proceso de autodestrucción como el que sufre la nuestra ocuparía un lugar preminente en el Panteón de sus Hombres Ilustres y en la memoria colectiva; pero en esta España que nos toca sufrir los grandes hombres son insultados, vilipendiados y despreciados y, en cambio, se homenajea y se erigen monumentos a los enanos o, lo que es peor, a los traidores, los ladrones y los criminales.

Así nos va: solo con tener dos o tres personalidades con la mitad del carácter, las agallas y la clarividencia de D. José Calvo Sotelo las cosas serían muy distintas.