Por este triunfo, el Dictador regaló el hidroplano al Gobierno de Argentina. Puede señalarse también como mérito de la Dictadura la creación de la línea de dirigibles Sevilla – Buenos Aires.

Nombradía mundial alcanzaron las exposiciones de Sevilla y Barcelona, que pudieron concluirse por la decisión de Primo de Rivera. Su principal finalidad fue la de afirmar la unión espiritual entre España y sus hermanas, las naciones americanas. También la de Barcelona, que tuvo resonancia internacional, como lo demostraron los cientos de miles de extranjeros que acudieron atraídos por la grandiosidad y belleza del Certamen.

Con el castigo de los asaltantes de la Caja de Ahorros de Tarrasa, quedó cortado en seco el terrorismo, la peor plaga que asolaba España, y que había sido una de las razones de la Dictadura.

Aquí encuentra la Dictadura su mejor justificación.

Cuando el General asegura en sus notas que ha restaurado la paz social, su afirmación es exacta. Cualquier que sea el juicio que merezca su trayectoria política, en lo social la Dictadura restableció la salud pérdida y el orden existente.

 El ministro de la gobernación, Martínez Anido, y el director general de seguridad, general Bazán, en frecuente contacto con los gobiernos francés y portugués, mantuvieron la campaña antibolchevista durante todo el periodo dictatorial, con tan enérgico tesón como notoria fortuna. La propaganda moscovita no logró penetrar en nuestras fronteras.

El sindicalismo revolucionario fue maniatado sin contemplaciones, y todo hubiera ido de maravillas si las ilusiones del Dictador sobre el obrero socialista, a quien creía su colaborador, no le inspiraran un trato de especial favor a las organizaciones de este matiz.

De lo mal que le pagaron los socialistas las consideraciones que con ellos tuvo se podría escribir un libro… Actuaron de una forma totalmente egoísta, aprovechando para hacer propaganda a su favor la creación de los Comités Paritarios de empresarios y trabajadores, para conspirar contra las instituciones monárquicas.

La traición y la ingratitud son armas preferidas del marxismo. En 1926 había subido la Unión General de Trabajadores a 208.170 afiliados. En 1927 ya eran 238.501.

En 1926 se crearon los seguros ferroviarios y el de maternidad. Martínez Anido, ministro de la gobernación, fue a la vez ministro de sanidad y dio la batalla a la tuberculosis, con la misma energía que al pistolerismo y al anarquismo.

Sanatorios, Dispensarios, Preventorios de niños y Estaciones sanitarias se crearon durante los años de la Dictadura. Fue el capítulo más humano, cristiano y excelente de este período. Se crearon 6.000 escuelas nuevas y se construyeron 2.757 edificios escolares. Aumentó el número de maestros nacionales en 4.300, y se incrementó notablemente su retribución.

A cambio de otros homenajes que se le proyectaban, prefirió Primo de Rivera la construcción de una Ciudad Universitaria con Facultades Universitarias, un Hospital Clínico con 1.500 camas, Escuelas especiales, Bibliotecas, Laboratorios, Museos, Institutos…, amén de Residencias para 5.000 estudiantes.

Por el conjunto de su política, se ha podido decir que fue una dictadura “material” por su desarrollo extenso nacional, con articulaciones entonces desconocidas. Se consignaban 1.400 millones para mejoras y electrificaciones ferroviarias; 1.200 para nuevos ferrocarriles; 600 para puertos; 1.000 para aprovechamiento y regulación de ríos; 100 para repoblación forestal, y 200 para puentes.

El plan hidráulico quedó frustrado por la caída de la Dictadura; sin embargo, las nuevas superficies de regadío, sólo en la cuenca del Ebro, equivalían a la conquista de una nueva y fértil provincia para España.

Los ferrocarriles aumentaron en 2.000 Kilómetros. Se estableció la doble vía en muchos trayectos; se electrificaron algunos y se proyectaron otros 9.000 Kilómetros nuevos.

Alfonso XIII dijo años después de la Dictadura a un periódico argentino: “No hay exageración al afirmar que durante los seis años de Gobierno de Primo de Rivera, cubrió España un trayecto que en circunstancias ordinarias, le habría costado veinte años de esfuerzos, cuando menos”.

El juicio que mereció la Dictadura al hijo de Dictador, José Antonio Primo de Rivera, fue abordado en diversos discursos, con resolución y claridad. Además, asumió la defensa de su padre ante el Tribunal Parlamentario de Responsabilidades, el año 1932.

En su informe examina la etapa predictatorial de España, reclama para su padre toda la responsabilidad y todo el honor del golpe de estado, y distingue y señala a los enemigos de aquél régimen.

Es digno de leerse todo su discurso, en el que entre otras muchísimas cosas, dijo que:

 “El pueblo percibía por primera vez que se gobernaba para él”.

Pero el pueblo era pasivo, y el Dictador gobernaba en medio de un desierto de silencios hostales, cuando no de calumnias.

Primo de Rivera padeció el drama que España reserva a todos sus grandes hombres: no los que quieren entenderles y no los que quieren los que podrían entenderles. ¿Por eso, cuando minada de lealtades cayó la Dictadura, vino a sucederla, como si hubiese sido el pueblo quien la hubiera vencido, un gobierno popular…? No, de ninguna manera. Ocupó el poder un gabinete de aristócratas y viejos políticos, presididos por el Jefe de la Casa Militar del Palacio Real, es decir, la mano derecha del Monarca.

Y por eso lo que trató de renacer, alegre, al día siguiente de la caída, fue el régimen antiguo, barrido el año 1923. ¡Era el antiguo régimen redivivo!

Se empeñaron en borrar todo lo que fuese ambición de grandeza. ¡A conseguir que España, otra vez con el gorro de dormir hasta las orejas, se arropase en la indiferencia de su vida chata, escéptica, perezosa, preludio de una muerte sin grandeza!

Aquella noche del 26 de enero de 1930 los periódicos decían: “Ha terminado la Dictadura. Primo de Rivera dimitido”.

A pesar de que hacía un frio intenso, las buenas gentes de España se aglomeraron en las calles y plazas para solemnizar el acontecimiento. Muchos respiraban a pleno pulmón, como si aquel instante se hubieran desembarazado de una carga abrumadora. Otros, alborozados, gesticulaban como cautivos que salieran de la mazmorra.

Eran pocos los que, a tono con la gravedad del momento, se mostraban reflexivos y serios. La bullanga callejera es contagiosa y resulta inmunizarse contra esa epidemia: “¡Ha caído la Dictadura”! Los vendedores de periódicos gritan como nunca; en los Casinos no se cabe. Se felicitan y festejan el suceso; ya se advierten la tolerancia y la relajación. Como si hubiesen salido de las alcantarillas…

 

(Continuará).