Que la noche apremia y el mañana arde. Que “ Las últimas noticias son normales, muy tristes…” y nos avisan del intento, ya en marcha, de que ni la palabra  quedará.

En Trincheras del frente de Madrid de Agustín de Foxá leemos:

 “Una linea de tierra nos separa/Pero estamos tan lejos.../…Tú, hermano de taller y la tahona, /cerrajero que abriste nuestra puerta, /sereno de las tres de la mañana, /campanero de abril de altos balcones./ Maquinista del tren de mis veranos,/cochero del Retiro y de mi infancia,/guarda del césped, vendedor humilde/de globos y banderas; /¿por qué alzados/lucháis con odio contra mí y los míos,/y en la tarde de abril vais a esconder/como topos siniestros en la tierra?/Cuando ya la victoria da en los trigos/de nuestros campos, y hay un alba intacta/ endurecida de clarines de oro/y de frescas canciones juveniles.”

En la pregunta de Foxá está la respuesta “Cuando ya la victoria da en los trigos de nuestros campos…” Nunca perdonarán que fueron vencidos, nunca.

 

La memoria

El Instituto Metropolitano de Ciencias Médicas de Tokyo descubrió hace unos años que pasar hambre mejora la memoria a causa de una maldita proteína que anida en el cerebro y para demostrarlo se  utilizó a una legión de moscas indigentes. Tal descubrimiento no es nada original, igual que nos copian las guitarras y el jamón esto huele a chanchullo. En nuestra patria, mientras se nos hundía en la miseria, se promulgaban y promulgan leyes para desarrollar un recuerdo selectivo, la de la memoria histórica, que paradójicamente nutría y nutre hasta la saciedad a sus responsables y colaboradores necesarios. A mayor hambre, mayor memoria, la que nosotros queramos venderles. Pero si los saciados, según demuestra el centro de investigaciones japonés, recuerdan peor que los menesterosos ¿qué tipo de mercancía pueden vender? Algo huele a podrido en nuestra patria. Hasta historiador tan brillante, seguido por muchos  (y por mí), como John H. Elliot se ha pronunciado sobre la ley perversa: “un disparate”.

 

Francisco Blanco