Ha dicho Abascal que el PSOE tiene una historia de crímenes, y es verdad. Fue el PSOE, y no los comunistas, el que desató la insurrección de 1934,  impulsó junto con otros el fraude electoral de 1936, asesinó al jefe de la oposición, contribuyó como el primero a organizar la revolución de las chekas, entregó (el PSOE,  no el PCE)  el Frente Popular a Stalin al enviarle el oro del Banco de España, desvalijó a conciencia el tesoro histórico y artístico de la nación junto con bienes públicos y privados…

 

Al llegar la transición se quiso creer que ese partido habría aprendido algo de su historia y de la historia en general, pero no fue así. Por el contrario, apenas llegado al poder comenzaron sus actos ilegales con la expropiación de Rumasa, madre de mil corrupciones, y con la declaración de muerte de Montesquieu. A lo largo de estos años no ha cesado de falsificar la historia, empezando por la propia (“¡Cien años de honradez y firmeza!”, nunca se inventó una consigna más falsaria) y de colaborar con el terrorismo separatista de la ETA, a la que rescató de la ruina cuando la banda se hallaba en la ruina, para convertirla en una potencia política desestabilizadora. Y ahora pretende un nuevo golpe criminal contra el Valle de los Caídos y contra los restos de Franco, maniobra indirecta contra la monarquía, la Iglesia y sobre todo la democracia, que jamás se debió ni pudo deberse a ese partido, sino justamente al hombre allí enterrado.

 

   Estoy convencido de que si sus embustes y pretensiones al llegar la transición hubieran encontrado la réplica y denuncia debidas, el PSOE habría podido aprender algo de la historia. Su parcial y meramente formal abandono del marxismo podría haber servido de algo si hubiera ido acompañado de una revisión crítica de su historia. Pero ni hizo tal cosa el PSOE ni la UCD o luego el PP. Estos últimos, en lugar de clarificar las patrañas y pretensiones de los  socialistas, colaboraron a ellas  bajo el chantaje de que, de otro modo, les harían pasar por “franquistas”.  Tan inepta ha sido esa derecha intelectual y políticamente, que no fue capaz de defender una democracia basada en los logros históricos del franquismo.

 

   En 1999 publiqué Los orígenes de la guerra civil, donde queda claro por completo quienes fueron los que en 1934 quisieron textualmente la guerra civil, la planearon y llevaron acabo, con 1.400 muertos y grandes destrucciones. Y en El derrumbe de la  república y la guerra civil señalé cómo las elecciones de 1936 tuvieron carácter anómalo y antidemocrático. Pero la derecha señoritil y bergante no hizo uso de aquella historia, que había olvidado por completo y que concebía la democracia como un reparto de poder y dinero entre amigotes, incluyendo entre estos al PSOE y los separatistas. ¿Estaremos a tiempo de cambiar estas cosas ante de que las fechorías del PSOE se vuelvan irrevocables?