El simple título de estas consideraciones, puede escandalizar a muchos lectores, aunque espero que no se dé el caso entre los seguidores de “El Correo de Madridl”.

Y este escándalo o sorpresa, está más motivado por la propaganda, que por el conocimiento de la historia de España. Porque para la historiografía moderna Fernando VII es, por antonomasia, el absolutista “Rey Felón” que “cargó de cadenas” al pueblo español y S.M. Juan Carlos I -al menos hasta ahora- el Rey Constitucional “que nos devolvió las libertades”

Pues bien, es preciso decir que en el enunciado se consigna el paralelismo de los dos monarcas, no su identidad. Pero es que además no debemos olvidar que Fernando VII también fue en su tiempo “El Deseado” y ha tenido que ser la historia, con el análisis objetivo de hechos y circunstancias, pero sobre todo de las consecuencias que para España y los españoles tuvo su reinado, quien ha bautizado al que fuera “el deseado” como el indeseable o “Rey Felón”. Y antes de proseguir se hace imprescindible consignar que felón, según el diccionario de la RAE, es aquel que comete felonía. Y que felonía es la deslealtad y traición que comete quien perjura.

Por otra parte debe tenerse en cuenta que S.M. Juan Carlos I -al que deseamos larga vida- hace muy poco tiempo que ha abdicado. Y recientemente, por propia voluntad, acaba de resignar sus derechos, prerrogativas y dignidades como “rey emérito”. Será por lo tanto el tiempo, y las consecuencias que tenga para España su reinado -en virtud de sus decisiones- lo que marcará su lugar en la historia. Incluso la denominación con la que quedará inscrito en ella.

Pero vayamos a las similitudes de ambos Monarcas. En 1808 los españoles, huérfanos por la deserción de sus reyes, se encuentran inmersos en una tragedia nacional que les aboca a perder su soberanía e independencia, convertidos en súbditos del “Rey Intruso” José Bonaparte. Y a España en trance de ser una colonia de Francia, su enemigo histórico desde los tiempos de los Reyes Católicos. En esta situación el pueblo español se alza en armas contra el invasor el dos de mayo, y se entabla una terrible y sangrienta contienda. “La Guerra de la Independencia” que es a la vez, guerra contra el invasor francés que quiere usurparle su soberanía, y guerra civil contra quienes a cambio de no perder sus privilegios se avienen a jurar lealtad y obediencia al Rey Intruso. Pues bien, esta guerra la gana el pueblo español con su esfuerzo y sacrificio, aunque cuente con la ayuda del ejército inglés por su propia conveniencia. Pues no debe olvidarse que tan solo tres años antes, el 21 de octubre de 1805 había tenido lugar el desastre naval de Trafalgar, en que los ingleses, enemigos de Francia y de España, se enfrentaron a la escuadra franco-española. Teniendo especial relevancia en el desastre la inepcia, e incluso la cobardía, del almirante francés Pierre Villeneuve que comandaba la flota. Y no olvidando el hecho de que tal enfrentamiento es consecuencia de los intereses de Francia.

Tan sólo 128 años después del Alzamiento Nacional del 2 de mayo de 1808, tiene lugar otro Alzamiento Nacional, el del 18 de julio de 1936. En esta ocasión España también está en trance de desaparecer, no por convertirse en colonia física de Francia, como sucediera en 1808, sino en colonia política e ideológica de la URSS, renegando de sus mil trescientos años de historia. En ambos casos, además de guerra de liberación contra quienes pretenden finar su larga historia de nación independiente -porque indómitos y fieros, saben hacer sus vasallos, frenos para los caballos con los cetros extranjeros- se origina una guerra civil entre los propios españoles. Pues si en el primer caso son los “afrancesados” los que gritan ¡¡¡Viva nuestro rey José Bonaparte!!!, en el otro caso, en el Alzamiento de 1936, sucede algo todavía más inaudito, como es que se clame por las calles ¡¡¡Viva Rusia!!! ¡¡¡Muera España!!! Y se hace hincapié en calificarlo de insólito e inaudito, porque ni los afrancesados más recalcitrantes osaron jamás gritar ¡¡¡Muera España!!!

En esta segunda “Guerra de la Independencia” o “Guerra de Liberación Nacional” aunque el peso y la gloria de la victoria, corresponde al pueblo español, también se contó con ayuda extranjera en ambos bandos contendientes. Y si en 1808 había sido fundamentalmente del Reino Unido -por su propio interés- y Portugal, en 1936 y por igual motivo, la prestaron al Ejército Nacional Alemania e Italia y al Ejército Rojo la URSS y las “fuerzas oscuras” internacionales que habían apoyado y financiado la Revolución Rusa de 1917. Pero el paralelismo entre la Guerra de la Independencia y la Guerra de Liberación Nacional o “Cruzada” no acaba aquí. Ya se ha dicho que ambas contiendas se transformaron igualmente en guerras civiles. Seis años de duración tuvo la primera, tres la segunda, pero ambas igualmente terribles y sangrientas y con idéntico resultado: la devastación del territorio y la ruptura de la cohesión social e ideológica.

Durante la guerra de la independencia, los españoles, huérfanos por la deserción de sus reyes -ya se ha dicho- al tiempo que mantienen su titánica lucha contra el invasor, se dan una organización política con la que pensaban solucionar sus problemas seculares. La Constitución de la Monarquía Hispánica promulgada el 19 de marzo 1812 y que aunque como toda obra humana pudiera ser perfectible, o necesitara adaptarse con el transcurso del tiempo, supuso un meritorio intento de ordenar la convivencia de “los españoles de ambos hemisferios”

«He jurado esta Constitución por la que suspirábais, y seré siempre su más firme apoyo… marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional»

No obstante este buen deseo se malogró, pues en cuanto finaliza la guerra de la independencia y Fernando VII regresa al Trono -merced a la sangre derramada por tantos españoles- deroga la Constitución en Valencia el 4 de mayo de 1814 a su paso por la ciudad en su  itinerario de regreso a Madrid desde Francia. Posteriormente, el 10 de marzo de 1820, cuando se ve obligado a jurarla, tras hacerlo, pronuncia unas frases -que tras abolirla nuevamente en cuanto se le presenta la ocasión- quedan inscritas en la historia para mayor escarnio del Monarca: “He jurado esa constitución por la que tanto suspirabais y seré siempre su más firme apoyo para finalizar diciendo: Marchemos todos juntos y yo el primero por la senda constitucional”. Nada empero debe sorprender este hecho de un soberano que, mientras permanecía retenido en Francia por Napoleón y los españoles luchaban y morían para que su “Deseado Monarca” volviera al trono, felicitaba a su carcelero por las victorias que el ejército francés obtenía en sus enfrentamientos con los españoles.

En un triste paralelismo histórico, gracias al sacrificio de tantos españoles bajo la capitanía de Franco, los Borbones retornan al trono de España por el personal deseo de quien fuera el invicto Caudillo. Franco no sienta en el Trono al Rey Alfonso XIII a pesar -o precisamente- de que este se lo urgía ya casi desde el principio de la guerra, cuando Franco, en dificilísima situación, tenía volcado todo su esfuerzo en alcanzar la victoria. Y es así que cuando Alfonso XIII desde su exilio en Roma, le dona un millón de pesetas para la Causa Nacional y le manifiesta su preocupación por la poca prioridad que da a la restauración de la monarquía, Franco le contesta con fecha 4 de abril de 1937, y al tiempo de darle las gracias por la donación, le deja claro que difícilmente volvería a ser Rey de España a la vista de sus errores pasados.

Entrevista entre Franco y el ya descartado Don Juan

Finalizada la guerra y muerto en Roma Alfonso XIII el 28 de febrero de 1941, Franco tampoco restaura la monarquía en el entonces pretendiente Príncipe heredero D. Juan, pues aunque la guerra ha terminado no se ha consolidado la victoria en un país en ruinas, y con graves cicatrices en su cuerpo social.  Sin duda influyó en esta decisión -al igual que la poca prioridad que tuvo durante la guerra para restaurar la monarquía- el conocimiento de la reciente historia de España y el “borboneo” al que había sido sometido el general Primo de Rivera de lo que se tiene constancia en el libro “Diario de una Bandera” en el cual Franco deplora que al regreso de los restos a España del general Primo de Rivera muerto en Francia, el Gobierno no permitiera que sus restos mortales atravesaran la ciudad, siendo conducidos al cementerio desde la estación de Atocha por “las Rondas” ello unido a “la mezquina nota oficial” en que se consignaba que “en su tiempo tuvo lugar la pacificación de Marruecos”. Y si posteriormente en algún momento se le pasó por la cabeza entronizarlo rey, desechó tal idea cuando supo de sus conspiraciones, primero con Alemania y luego con los Aliados para que lo defenestraran del gobierno y lo pusieran a él de Rey. En el segundo caso, con los Aliados, cuando empezaba a cambiar el signo de la guerra, llegó a ofrecerles a cambio las Islas Canarias, enclave de enorme importancia estratégica en la “Batalla del Atlántico”. Cuando Franco lo supo dijo: Nunca será Rey de España. Y lo cumplió.

No cabe duda que esta ingratitud de la Corona le llevó al convencimiento de que no tenía más remedio que “morir con las botas puestas” si bien, considerando que la monarquía era el régimen político más conveniente para España, optó por la instauración de una nueva monarquía, en la España Nueva por él forjada, y resucitada de sus cenizas cual ave fénix. Por ello quiso que el espíritu de esa nueva España estuviera informado por el de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos (de Isabel y Fernando el espíritu impera rezaba una de las canciones del Frente de Juventudes) y tomó por blasón el escudo de los Reyes Católicos.

Esta decisión de no poner en el Trono a D. Juan, fue sin duda acertada. Pues de haberlo hecho una vez finalizada la segunda guerra mundial, además de la demolición de su inconclusa obra política, habría supuesto la ruina de España y un nuevo enfrentamiento entre los españoles. Además de que él, sus generales y muchos españoles que con su sangre y esfuerzo habían hecho posible su regreso al trono, hubieran acabado en el cadalso, como Porlier, el Empecinado y tantos otros patriotas de la guerra de la Independencia. Pero afortunadamente Franco sí conocía la historia de España.

Pero aunque tuvo la precaución de no sentar en el trono a D. Juan, propició el regreso de los Borbones para encarnar la nueva monarquía instaurada, que debería regir los destinos de Una España Grande y Libre. No obstante S.M. Juan Carlos I, una vez en el trono -influido en gran medida por su augusto padre- perjuró, faltando a sus tres solemnes juramentos. Número de resonancias bíblicas que había empeñado al jurar bandera como caballero cadete alumno de la AGM de Zaragoza el 14 de diciembre de 1955; al ser proclamado sucesor, a título de Rey, ante el pleno del Congreso y el Senado el 24 de junio de 1969 y finalmente al ser proclamado Rey de España el 22 de noviembre de 1975 recién sepultado el Caudillo. En las tres ocasiones había jurado solemnemente, y de forma pública, fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y a las Leyes Fundamentales del Reino, cuya compilación constituía la Constitución de 1966, Ley Orgánica del Estado, aprobada en referéndum por el pueblo español el 14 de diciembre de 1966.

«Acabo de jurar, como sucesor a título de Rey, lealtad al jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino. Mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y leyes que acabo de jurar»

Siempre que se suscita este espinoso asunto, se aduce la “legalidad” de la transformación política, con aquello tan socorrido de que se pasó “De la Ley a la Ley”. Como ya he dicho más de una vez, son ganas de marear la perdiz. O de lanzar una cortina de humo para desviar la atención sobre el meollo de la cuestión. La pregunta esencial que es obligado formularse para determinar si S.M. cumplió su juramento, o perjuró, es saber si cumplió su compromiso de “hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar” o buscó “asesoramiento técnico” en Torcuato Fernández Miranda para poder “faltar legalmente” a lo que había jurado. La respuesta no puede ser otra que constatar la evidencia del perjurio. De la felonía. Porque la primera acepción que el diccionario de la RAE da a perjuro es “que jura en falso” pero la segunda es “que quebranta maliciosamente el juramento que ha hecho” y resulta incuestionable que esta segunda definición se ajusta, con precisión, al caso que nos ocupa.

Juramento de S.M. el Rey Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975 (VER AQUÍ)

Si realmente S.M. Juan Carlos I pensaba que lo más conveniente para España y los españoles era la demolición del sistema político para el que había sido nombrado sucesor a título de Rey, y cuya defensa había jurado, la única opción honesta hubiera sido proponerlo con claridad meridiana. Para que el pueblo español, en referéndum, hubiera decidido si quería la demolición del Régimen que le había dado cuarenta años de paz y progreso. O prefería mantenerlo bajo un sistema político presidencialista, con un cambio dinástico, o incluso con una monarquía encarnada en otra persona de la misma estirpe pero que se comprometiera a mantenerlo. Estas consideraciones esenciales están desarrolladas en el trabajo La Transición: ¿Reforma o ruptura?

Y planteado ya el paralelismo entre las trayectorias políticas de estos dos reyes de la casa de Borbón, veamos someramente la posibilidad de que tal paralelismo pueda darse también en los desenlaces.

Fusilamiento de sargentos carlistas en Tabarca

Al morir Fernando VII dejó el Trono, y con él a la Nación Española, sobre un barril del pólvora. Y con la mecha encendida. Muy pronto tendría lugar la explosión, y sus réplicas en las décadas siguientes con las sangrientas Guerras Carlistas. No debemos olvidar que el separatismo, el más grave peligro que actualmente acecha a España, tiene su origen en esas guerras. Ya lo dice el adagio: el abuelo carlista, el hijo nacionalista, y el nieto separatista. Algo igualmente cierto en el ámbito vascongado que en el catalán y levantino. Incluso en el gallego. Es más, la increíble hazaña del carlista general Gómez, que recorrió más de media España al frente de sus huestes, llegando hasta Galicia y Málaga para regresar finalmente a las Vascongadas, manteniendo durante su periplo combates contra las tropas de la Reina que lo perseguían, pone en evidencia, para quien tenga el más mínimo conocimiento militar, que el pueblo español era esencialmente “carlista” pues tal hazaña es inviable sin el apoyo de la población, no sólo en municiones de boca y guerra, sino también en el imprescindible campo de la información.

Debe tenerse en cuenta que la esencia de las guerras carlistas no fue el enfrentamiento de los españoles a la muerte de Fernando VII, porque la monarquía continuara en la persona de su hermano el infante Carlos María Isidro (Carlos V) o en la de su hija Isabel II, sino por el enfrentamiento moral, político e histórico entre dos concepciones de España: La Tradicional (por eso los carlistas fueron llamados también tradicionalistas) y la concepción jacobina de cuño francés y masónico. Por ello nada tiene de extraño que en 1936 los “Carlistas” (las fuerzas de la tradición) se sumaran a la causa de Franco.

Aunque también es cierto que estas dos tendencias, o enfrentamiento entre concepciones antagónicas de España se vio en gran medida, agravada por las veleidades y cambios de criterio de Fernando VII

Pues bien, Fernando VII fue consciente en las postrimerías de su reinado, de lo que habría de acontecer tras su muerte. Como lo demuestra la conocida frase que pronunciaba cuando alguien le advertía de que sus decisiones y veleidades traerían la ruina a España.

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La reciente renuncia de S.M. Juan Carlos I a figurar en lo sucesivo como Rey Emérito, desvinculándose de las obligaciones y prerrogativas de tal condición, sugiere idéntica actitud que la de su antepasado Fernando VII.

Majestad: Querido Felipe…. Detrás de mí, ¡el diluvio!

Lo que no sabemos es si S.M. Felipe VI le ha respondido: Querido padre, tú accediste al trono con un futuro “atado y bien atado” pero por seguir los consejos del abuelo, me has dejado con el Trono a la deriva y en plena rompiente. Trataré de reconducir la situación, retomando el rumbo trazado por Franco que nunca debiste abandonar, y así lograr la muy difícil tarea de separarme de estos escollos ante los que dejas en mis manos la tarea de conducir la nave del Estado. De no conseguirlo, habremos llevado a la Corona sin remisión, al naufragio definitivo. Deséame suerte, que mucha voy a necesitar en las procelosas aguas políticas en que me has dejado el pilotaje de la nave. Porque mucho me temo, querido padre, que de profanarse la sepultura de Franco, la suerte de la Corona y de nuestra familia en el Trono de España, estará echada. 

Y puesto que estamos estableciendo paralelismos históricos, conviene reseñar que cuando en 1898 llega a Madrid la noticia de que se ha perdido Cuba, y a pesar que en la lucha por mantenerla habían perdido la vida más de 55.000 españoles, ni tan siquiera se suspende la corrida de toros programada para ese domingo.

Y ayer otro domingo, el del 2 de junio del 2019, mientras España se debate en dificilísimos momentos históricos, en los que la llegada al poder de un nuevo “Frente Popular” pone en peligro, no solo la integridad territorial de España, sino incluso la permanencia de la propia Corona, S.M. Juan Carlos I Rey Emérito, tiene a bien “celebrar” el abandono definitivo de sus responsabilidades históricas acudiendo a otra corrida de toros. Celebración de oportunidad más que dudosa, donde se pone de manifiesto una suicida indiferencia que también forma parte de la historia, como lo acredita este poema:

Más que esa España, que en despojos yace

más que la ruina y el desastre mismo

aterra el silencioso cataclismo

de esa otra España moral que se deshace

Ni una voz indignada que rechace

tamaña humillación, sólo egoísmo

que aletargado al borde del abismo

sus instintos de bestia satisface.

Crítico y angustioso es el momento

despiértese al peligro la conciencia

ya que no al salvador sacudimiento

Que en la lucha a que Dios hoy nos sentencia

es una deserción el desaliento

y una complicidad la indiferencia

¿A que parece escrito ahora mismo, como fiel reflejo de la situación en que se encuentra España?

¡¡¡Pues no!!!

Este soneto se llama “IMPRESIONES DEL DESASTRE: LEVÁNTATE Y ANDA” y está escrito por Emilio Ferrari en 1899.

Faltaban todavía treinta y siete años para el Alzamiento Nacional, pero el alma doliente de la España enferma ya buscaba ansiosa al “cirujano de hierro” que profetizara Joaquín Costa, para que la salvara.

Pidamos a Dios que el sentido común de los españoles no permita otra catástrofe histórica. Para ello, tan necesario o más que el sentido común, (el menos común de los sentidos) es necesario el conocimiento de la historia de España. Asignatura siempre poco estudiada. Y ahora además, escandalosamente tergiversada, por la infame ley 52/2007 “de la revancha histórica”.

Parafraseando las palabras con que un conocido libro de historia se  refería al reinado de cierto rey visigodo, bien podría decirse: Proceloso e incierto se avecinaba el reinado de Felipe VI….

Dios quiera que nuestros nietos, al abrir los libros de historia no lean; Felipe V, Felipe VI. El Alfa y el Omega.

¿Quo Vadis España?

Un Castellano Leal

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POST SCRIPTUM

Es sabido que el mérito de un retrato, no estriba tanto en el parecido con el modelo, como en la capacidad del artista para captar el alma del personaje. Para reflejar sus rasgos psicológicos y personalidad. Esto es precisamente lo que confiere un valor superior al cuadro sobre la fotografía. Y si esto sucede con cualquier representación pictórica de algo físico -como por ejemplo un paisaje- plasmada por los pinceles de un artista, en mucha mayor medida sucede cuando la obra es el retrato de una persona. Cuando el pintor penetra, mediante la expresividad del rostro, en la psicología del personaje.

S.M  Juan Carlos I (Pintado por Francisco Gutiérrez)

En una fotografía la expresión instantánea que se capta de un rostro, puede ser adulterada, y lo es no pocas veces, por los “profesionales de la sonrisa” y el “pose”. Algo que no sucede en un cuadro, donde en la prolongada observación del modelo por el artista -ya sea en observación directa o a través de una foto- termina trascendiendo el espíritu del modelo, sus verdaderos rasgos espirituales. Y eso sin duda es el elemento que confiere valor artístico a la obra.

Este es el caso del presente lienzo, pintado por un artista tan notable como  poco reconocido.

Precisamente en su trayectoria artística están basadas las consideraciones del texto “El paño invisible y el lienzo excretable”.

El autor del retrato es Francisco Gutiérrez, comandante del Cuerpo de Ingenieros de Armamento y Construcción (CIAC) rama de armamento. Magnífico dibujante y pintor que, no obstante, no ha alcanzado la fama y reconocimiento que su valía artística merecen. Tras pintar el cuadro, quedó tan satisfecho de su obra que inició los trámites administrativos necesarios para que fuera reconocido y catalogado como “retrato oficial” de S.M. el Rey.

Tan convencido estaba de su valor artístico, que sufrió una gran decepción cuando se le denegó el reconocimiento que esperaba para su obra. Persona generosa y noble, como buen burgalés, regaló el cuadro al ejército y quedó colgado en el  despacho del General Jefe de Estado Mayor de la Capitanía General de la 8ª Región Militar en la ciudad de La Coruña. Estancia donde permanece hasta la fecha, por más que el citado despacho haya sido sucesivamente de los generales jefes de la Capitanía General, del Mando Regional Noroeste y actualmente de la Fuerza Logística Operativa (FLO) transmutación que es un fiel trasunto del sudario que tejía Penélope. Aplicado a las interminables reorganizaciones del ejército.

Si observamos el cuadro con detalle, apreciaremos unos rasgos, una expresión -fundamentalmente en los ojos pero también en otros elementos del rostro- que recuerdan a los de su antepasado Fernando VII. Y si hiciéramos el experimento de presentar ambos retratos a diferentes personas del mundo, que desconocieran absolutamente la historia de España, a buen seguro que certificarían el parentesco por la afinidad de los semblantes. Una prueba más de que al paralelismo histórico de ambos monarcas se une el de sus rasgos físicos. E incluso podría aventurarse que la afinidad moral.