En este año en el que se cumple el 140 aniversario de la fundación del PSOE, uno de los partidos más dañinos de toda la historia para los intereses de España y de los españoles, continuamos con nuestras reseñas biográficas de algunos de los más ilustres socialistas, esos que mejor ejemplifican el compromiso con la democracia, la libertad y el estado de derecho de esta chusma. En esta segunda entrega presentamos a Francisco Largo Caballero, un tirano idolatrado por el socialismo español.

Largo Caballero fue un destacadísimo dirigente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la UGT, además de presidente del Gobierno de España entre septiembre de 1936 y mayo de 1937, periodo en el que la barbarie roja alcanzó su cenit.

Nacido en Madrid en el año 1869 era de oficio estuquista, esto es, pintor de brocha gorda. Con 21 años ya tuvo una participación destacada en la primera huelga de la construcción (1890), mismo año en el que se afilio a la UGT; cuatro años después, en 1894, se afilió también al PSOE.

En 1905 fue elegido concejal del ayuntamiento de Madrid y poco después miembro de la Comisión Ejecutiva Federal de la UGT. En 1914 fue elegido vicepresidente de la UGT y en 1915 entró en el Comité Ejecutivo Nacional del PSOE. Participó en el comité que organizó la huelga general revolucionaria de 1917 y, tras el fracaso de la misma, fue condenado a cadena perpetua e internado en el penal de Cartagena. Sin embargo su encarcelamiento no duró mucho ya que fue puesto en libertad al resultar elegido diputado por el PSOE en las elecciones celebradas al año siguiente, en febrero de 1918.

En 1925, a la muerte de Pablo Iglesias, fundador del PSOE, sucedió a este al frente de su sindicato, la UGT, donde además de vicepresidente (1914-1925) fue Secretario General (1925-1938). En 1928 fue nombrado, además, Vicepresidente del PSOE.

Más prudente en sus planteamientos al principio de su trayectoria política, consiguió que la UGT colaborara con el gobierno del general Primo de Rivera, llegando él incluso a formar parte del Consejo de Estado, lo que permitió que el sindicato siguiera funcionado bajo el Directorio Militar. Este hecho fue el principio de su mala relación con otro capitoste socialista, Indalecio Prieto Tuero, enfrentamiento que se mantuvo durante toda la vida política de ambos.

En 1931 fue nombrado Ministro de Trabajo en el primer gobierno de la ilegítima Segunda República, presidido por Niceto Alcalá-Zamora, cargo en el que continuó hasta 1933 pues se mantuvo en los dos gobiernos siguientes, presididos por Manuel Azaña.

A partir de 1933, como consecuencia del triunfo electoral de las derechas, este indeseable mostró su verdadera cara: comenzó a hablar de la "revolución socialista" y de la “guerra civil” como medio de alcanzar la “dictadura del proletariado” y a incitar sin reservas la conjura que daría lugar en octubre de 1934 a la fracasada insurrección contra el gobierno radical-cedista, una verdadera tentativa de golpe de estado contra la República conocido como “Revolución de Asturias”, que alcanzó gran virulencia especialmente en Asturias y Cataluña y que tuvo que ser duramente reprimido. De nuevo fue juzgado y condenado a treinta años de cárcel, aunque pronto fue puesto en libertad gracias a la amnistía que concedió el gobierno del Frente Popular después de las elecciones fraudulentas de febrero de 1936.

Fue el principal promotor, junto a Azaña, de la gran alianza entre los múltiples sindicatos y partidos marxistas y anarquistas, los republicanos de izquierdas y los partidos independentistas que llevaría a la creación del funesto Frente Popular, lo que de nuevo provocó su enfrentamiento con con Indalecio Prieto. Este enfrentamiento entre los revolucionarios y abiertamente pro-sovieticos  “caballeristas” y los aparentemente más moderados “prietistas” fue incrementándose, hasta el punto que Largo Caballero pasó a ser conocido dentro de su propio partido como “el Lenin español" por la radicalidad de sus posiciones y por su servil sumisión a su jefe Stalin.

Tras la caída del gobierno de José Giral en septiembre de 1936, ya en plena Guerra Civil, fue nombrado presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, siendo presidente de la República el funesto Manuel Azaña. Su gran afán fue mantener a cualquier precio la disciplina en el ejército rojo y la autoridad dentro de la zona republicana, lo que no consiguió a pesar de utilizar medios completamente inhumanos. El descontento por el curso desfavorable de la guerra y la insurrección que se produjo en Barcelona en mayo de 1937 protagonizada por el POUM y la CNT fueron utilizados por los socialistas partidarios de Indalecio Prieto, los comunistas y los Republicanos de Izquierdas de Manuel Azaña como pretexto para provocar una crisis gubernamental y forzar su dimisión, siendo sustituido al frente del gobierno por otro facineroso llamado Juan Negrín, también socialista. En 1939 huyó a Francia donde falleció en 1946.

Hasta aquí un resumen de la trayectoria política de este desalmado, uno de los principales dirigentes del PSOE y de la UGT entre 1905 y 1939, aunque lo que mejor define la calaña de este personaje -un perfecto ejemplo de lo que es un socialista de pro- son sus declaraciones públicas, demostración de su ‘talante democrático’ y su ‘compromiso con la libertad y la legalidad’, entre las que las siguientes son sólo un botón de muestra:

“(…) si triunfan las derechas (…) tendremos que ir a la guerra civil declarada” (Mitin en Alicante, 19 de enero de 1936).  

“(...) la clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución” (Mitin en Linares, Jaén, 20 de enero de 1936).  

“(...) la transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas (...) estamos ya hartos de democracia” (Mitin en Madrid, 10 de febrero de 1936)

En las elecciones de abril (de 1931), los socialistas renunciaron a vengarse de sus enemigos y respetaron vidas y haciendas; que no esperen esa generosidad en nuestro próximo triunfo. La generosidad no es arma buena. La consolidación de un régimen exige hechos que repugnan, pero que luego justifica la Historia” (1 de noviembre de 1933).

Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución (…) tendremos que conquistarlo de otra manera” (febrero de 1933). 

Ese intento (de disolver las Cortes) sólo sería la señal para que el PSOE y la UGT lo considerasen como una provocación y se lanzasen incluso a un nuevo movimiento revolucionario. No puedo aceptar esa posibilidad, que sería un reto al partido y que nos obligaría a ir a una guerra civil” (Congreso de los Diputados, 23 de noviembre de 1931). 

Antes de la República creí que no era posible realizar una obra socialista en la democracia burguesa. Después de veintitantos meses en el gobierno (...) si tenía alguna duda sobre ello, ha desaparecido. Es imposible" (Mitin en Torrelodones, Madrid, 15 de agosto de 1933). 

Se dirá: ¡Ah esa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia’). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacía la revolución social (…) mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia (…) nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente. Eso -dirán los enemigos- es excitar a la guerra civil (…) Pongámonos en la realidad. Ya hay una guerra civil (…) No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 (de noviembre de 1933) vamos a las urnas (…) Más no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe preparase (…) Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la revolución socialista” (9 de noviembre de 1933).            

Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que quiere decir la represión de las clases capitalistas y burguesas” (Mitin en Cádiz, 24 de mayo de 1936).  

Hay que apoderarse del poder político; la revolución se hace violentamente: luchando, no con discursos” (Congreso de las Juventudes Socialistas, 1934).

No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad” (Julio de 1934 en Ginebra, Suiza).

Nuestro partido, es ideológicamente, tácticamente, un partido revolucionario (...) que cree que debe desaparecer este régimen (la República)" (Mitin en Madrid, 1 de octubre de 1934).

Yo declaro que, antes de la República, nuestra obligación es traer al socialismo. Hablo de socialismo marxista, socialismo revolucionario (...) somos socialistas, pero socialistas marxistas revolucionarios (…) Sépanlo bien nuestros amigos y enemigos: la clase trabajadora no renuncia de ninguna manera a la conquista de poder de la manera que pueda” (Mitin en Madrid, 12 de enero de 1936).

“La República no es una institución que nosotros tengamos que arraigar de tal manera que haga imposible el logro de nuestras aspiraciones… Nuestra aspiración es la conquista del poder (...) ¿Procedimiento? ¡El que podamos emplear! (…) Parece natural que se aprovechase ahora la ocasión para inutilizar a la clase reaccionaria, para que no pudiera ya levantar cabeza” (Mitin en Madrid, 12 de enero de 1936).

El Partido Socialista no es un partido reformista (...) cuando ha habido necesidad de romper con la legalidad se ha hecho sin ningún reparo y sin escrúpulo. El temperamento, la ideología, y la educación de nuestro partido no son para ir al reformismo” (XIII Congreso del PSOE, 1932). 

El jefe de Acción Popular (Gil Robles) decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien, yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado la democracia burguesa e iremos a la conquista del poder” (13 de noviembre de 1933).

No hace falta decir más: este es el arquetipo del buen socialista, el que solo respeta las instituciones cuando a él le conviene, para el que la democracia, la libertad, la justicia y el estado de derecho son “papel mojado” si no le sirven para alcanzar su verdadero objetivo, la “dictadura de proletariado” o, lo que es lo mismo, la instauración de un régimen de semi-esclavitud para todo el que no pertenezca a la elite marxista que ocupa el poder en su propio beneficio. El modelo para los Sánchez, Calvo, Ábalos, Marlasca y tantos indeseables encuadrados en ese partido criminal (como acertadamente los ha definido Santiago Abascal) que en la actualidad están empeñados en destruir España.