Estos días se recuerda, incluso en las páginas de “El Correo de Madrid”, la muerte del último personaje de relevancia de la Segunda Guerra Mundial: Rudolf Hess, lugarteniente de Adolf Hitler. Oficialmente, Hess se suicidó, pero esto no fue más que la declaración de las cuatro potencias que lo custodiaban.

Cosas como éstas, y parodiando al poco conocido anarquista español Juan García Oliver, son las que hacen falta para una verdadera “gimnasia de independencia mental” en estos tiempos que corren.

 

Esto es especialmente necesario en la España de hoy que, azotada como está por unas leyes de “memoria histórica”, cuyo fin es inventar la historia para controlar los valores y las opciones de las generaciones futuras, piensa que el fenómeno es exclusivamente español. En realidad hay más bien una “ley de memoria universal” que impide pensar, investigar e incluso opinar sobre la historia del mundo, y en especial sobre la historia occidental del siglo XX.

 

Algunas preguntas necesarias y concretas sobre el tema que hemos traído a colación son las siguientes: los archivos del caso Hess, supuestamente a disposición del público en 2017, ¿por qué se demoró su apertura? Otra más. ¿Era necesario mantener a un anciano de 93 años en una prisión de máxima seguridad custodiado por fuerzas militares de las principales potencias de la Tierra? Si estaba demenciado y llegó a comer en sus últimos años como los animales en el suelo, ¿qué había que temer? En definitiva, ¿hay algo más que no nos están contando?

 

Hoy día, para cualquier persona medianamente informada (no digamos ya para los historiadores), es imposible escribir sobre Hess sin un testimonio principal y otro secundario. El primero es el del enfermero tunecino Abdallah Melahoui, encargado de los cuidados personales de Hess durante sus últimos años y presente el día de la muerte de Hess; el segundo, en función del anterior, el texto escrito por el hijo de Hess, Wolf Rudiger Hess, que puede encontrarse en internet en inglés. El libro de Melahoui fue publicado en español en 2014 por Ediciones Ojeda y lleva por título “Yo miré a sus asesinos a los ojos. La muerte de Rudolf Hess” (del mismo autor quedan entrevistas en YouTube, incluso después de la purga realizada por los propietarios del célebre portal); el libro del hijo se titula “My father Rudolf Hess” y se publicó su primera edición en octubre de 1987. Es necesario decir que las acusaciones lanzadas por W.R. Hess se basaron esencialmente en el testimonio de Melahoui y en la convicción de su hijo de que su padre era incapaz de suicidarse.

 

El libro de Melahoui resulta apasionante y, por las limitaciones de un breve artículo, solo apuntaremos algunas de las ideas expuestas por este sencillo y valiente tunecino. Hess no estaba ni mucho menos demenciado ni deprimido, como dicen, y por ello, entre otras cosas, Melahoui explica que era imposible que se suicidara. Por otro lado, un hombre como Hess, castigado duramente por la vejez, que apenas podía andar ni coger una taza de te sin problemas a causa de la artritis en las manos, era imposible que se ahorcara. El libro de W.R. Hess muestra fotos de la autopsia realizada por el doctor Spann, que evidencia claramente que las heridas en el cuello son claramente incompatibles con la muerte por ahorcadura, un clásico en los libros de medicina legal y forense.

 

Pero Melahoui dice más: aquel día de 17 de agosto de 1987, alertado por una llamada del guardián militar británico, se personó pese a numerosos obstáculos, junto a Hess para cumplir con su trabajo de enfermero. Llegó cuando Hess llevaba muerto en el suelo tan solo unos 30 minutos. Se encontró con el único centinela que Hess, en 46 años, pidió que fuera sustituido por ser descortés y claramente hostil. Además encontró a dos individuos de mirada fría, en uniforme militar americano pero que se veía que no estaban acostumbrados a llevarlo por no cumplir estrictamente el reglamento. Melahoui temió por su vida, pero hábilmente consiguió zafarse y hacer como que no sabía que estaba sucediendo.

Que Hess había sido asesinado, explica Melahoui, era un secreto a voces en los días posteriores a los hechos, entre el personal encargado de su custodia. En su libro, el tunecino muestra lo ridículo de las numerosas versiones oficiales y demuestra que se sostienen más por la propaganda que por la fuerza de los hechos.

¿Qué había sucedido entonces? No será este artículo el que saque de dudas al lector, que tendrá que hacer su propia investigación independiente.

Solo añadiré que Hess estuvo siempre convencido de sus actos. Ante el mismísimo Tribunal Militar Internacional de Nürenberg declaró: “Si volviera estar al principio, actuaría tal y como lo hice. Incluso sabiendo que al final del camino encontraría una hoguera encendida de fuego para mi muerte. Poco me importa lo que me hagan los hombres; algún día estaré ante el Juez Eterno, ante Él me responsabilizaré y se que Él me declarará inocente”. Melahoui, que muestra en su libro la cara humana del personaje, no apunta ni por un momento que Hess hubiera cambiado de opinión.

 

¿Qué pasó realmente entonces con Hess? Es evidente que “alguien” no quiere que algo se sepa. Los datos son tan abrumadores que no es posible escurrir el bulto apelando al manido tópico de la “conspiranoia”. De hecho, a todos los que investigan estas cosas les suceden “cosas” también. La editorial Ojeda, que publicó en español el libro de Melahoui, espera un proceso judicial por “incitar al odio” y otros anatemas metafísicos parecidos. Pero la realidad deja bien a las claras que lo que se persigue son ciertas opiniones, con la excusa de que, a modo de futurible, podrían ocasionar delitos más convencionales. La argumentación no se sostiene, desde luego, máxime cuando otras opiniones de las que podría decirse las mismas cosas campan por sus respetos, incluso con la ayuda de fondos públicos. Véanse, si no, las ruedas de prensa de terroristas, los sindicatos “de clase” o el odio antiespañol en Cataluña ¿Por qué hay tanta libertad para ciertas cosas y tan poca para otras?

Haga el lector su propio recorrido porque todavía quedan resquicios para hacerlo. Pero ante todo no se crea nada, absolutamente nada, de lo que los medios y el poder repiten como cotorras.