Durante la Edad Media, la sociedad hispana estaba formada por cuatro estamentos: el rey, la nobleza, la iglesia y el pueblo llano. Los reyes y la nobleza eran grandes aficionados a la caza, que practicaban sobre todo durante la temporada invernal, como una forma de entrenarse en su lucha contra el invasor musulmán.

 

Los monasterios y abadías, que gozaban de independencia y que empezaron como pequeñas comunidades de monjes o cenobios, fueron piezas fundamentales en la actividad cinegética y de conservación de los bosques.

 

Toda la franja de terreno al norte del Duero recorrida por el Camino Francés, los Pirineos de su extremo oeste a este y, en menor medida, los territorios situados entre el Duero y el Tajo albergaron durante la Edad Media gran número de fundaciones monásticas pertenecientes a diferentes órdenes.

 

Fue el italiano San Benito de Nursia (480-587) quien, a raíz de la situación social de la época y muy especialmente de los abusos que la nobleza había hecho de la caza, estableció la regla benedictina que acabó imponiéndose en toda Europa.

 

La montería constituía el principal entretenimiento y casi ocupación básica de los grandes señores, reyes y nobles, especialmente la caza de osos y jabalíes, que por entonces abundaban. Pero su vida en cierto modo nómada no les permitía vigilar personalmente los numerosos cotos de caza. Coincidían los territorios despoblados y salvajes donde se ubicaban los cotos de caza con los asentamientos de monasterios y comunidades monásticas, por lo que los monjes reunían las condiciones ideales que requerían los nobles y reyes, los deseos de paz y de trabajo de los monjes con la necesidad de personas fieles que cuidaran los cotos y bosques, una función de guardabosques.

 

Esto implicaba la imposición por parte de la Orden de algunas condiciones elementales, como la prohibición de comer carne, prohibición de practicar lo que se conocía como caza clamorosa (correr el monte en batidas con perros) y la obligación de guardar el bosque sin cortar ni siquiera una rama.

 

Su orden se extendió por todo Occidente, contando en el siglo XIV con 17.000 monasterios. Se calcula que solamente en Navarra pasaban de 400 los monasterios, que se adhirieron a los grandes centros monásticos de Leyre, Irache, Iranzu, La Oliva y Fitero. Algunos de estos primitivos monasterios se situaban ya en regiones de gran riqueza cinegética, de los que se puede sospechar fueron ya monasterios / cotos.

 

La Orden de Cluny (siglos X a XII) también impuso una serie de normas a los monjes, a los que obligó a seguir estrictamente la regla benedictina, al mismo tiempo que aportaba e imponía un nuevo tipo de arquitectura, el románico. Los abades, para lograr una completa independencia del clero secular, obtuvieron para sus monasterios-coto la denominación de “vere nullius. Se prefería ceder los cotos a las órdenes religiosas que al clero regular, pues los obispos eran tan aficionados a la caza como los nobles. Para impedir que el clero entrara en posesión de los cotos, la alta nobleza castellana creó una figura legal nueva la “abadía vere nullius”, cuyos abades dependían directamente de su orden y del Papa.

 

Los cluniacenses tuvieron pues una importancia determinante en la conservación de la fauna europea, pero la Orden se enriqueció y liberalizó y se hizo necesaria una reforma.

 

Esta reforma fue realizada por el Císter, impulsada por Bernardo de Claraval, que predicó la vuelta al ascetismo.

 

La llegada sucesiva de cluniacenses y cistercienses fue providencial para reyes y señores que, como las propias cortes, eran itinerantes, y poseían inmensos territorios de caza.

Los monjes llenaban un nicho vacío en la estructura social, porque el clero regular era tan aficionado a la caza como los mismos señores a pesar de las numerosas prohibiciones que intentaba imponer la Iglesia, en especial la “caza clamorosa”, que es precisamente la que se practicaba para cazar osos y puercos. Evidentemente, el clero regular no servía como guardabosques reales o señoriales. Sin embargo, la guardería era muy necesaria en los grandes cotos. El furtivismo debía ser habitual en Castilla y León, donde las continuas guerras contra los moros habían permitido una libertad de movimientos y de uso de armas muy distinta al férreo control y disciplina que imponía el feudalismo en Europa Central.

 

Las Órdenes Monacales ofrecían a la sociedad servicios tanto espirituales como materiales. El de guardería de las inmensas propiedades señoriales sólo podía asumirse si las reglas de la orden eran sumamente estrictas.

Las reglas de las órdenes monacales fueron pues cinegéticamente ejemplares.

Como norma prohibían la caza, clamorosa o no. Algunas prohibían también el consumo de carne o prescribían el silencio. Nada mejor podía ofrecerse para guarda de un coto que una sociedad de monjes vegetarianos, silentes y que no podían cazar. La nobleza acogió con entusiasmo a estos fieles servidores de Dios y les fueron cediendo enormes extensiones territoriales que incluían los grandes cotos de caza.

Tenemos un buen ejemplo de esta práctica en el valle del Lozoya. El valle del Lozoya, situado en el corazón de la Sierra de Guadarrama, albergaba una importante población de plantígrados en la Edad Media. Esta riqueza cinegética propició la creación por los monarcas cazadores, de albergues y hospederías al norte y al sur de la sierra, pero no en su área central. En el lugar dónde se ubica actualmente el Monasterio de El Paular, el rey Juan I (1371-1390) construyó unos Palacios de Poboar (chopera) y que, atendiendo a una sugerencia de su padre Enrique II, según consta en una lápida, hizo edificar allí una ermita. Las Crónicas (III:143) confirman que en 1390 «Hizo entonces un Monasterio de frailes de los cartujos, que “es una orden que nunca comen carne ni hablan”, en el Val de Lozoya, cerca de un lugar que dicen Rascafría, y dotolo muy bien»). Qué mejor que una guardería muda y vegetariana para guardar un coto de caza. En 1393 recibió el nombre de Santa María del Paular, construyendo el rey Enrique III un palacio unido al monasterio en 1406. Juan II y Enrique IV los ampliaron y este último, gran aficionado a la caza en los montes segovianos, monteó por sus sierras (Crónicas, III:202). Posteriormente, los Reyes Católicos concedieron al monasterio la pesca del valle, aguas arriba.

 

Fuentes: Valverde JA (2009) Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI; Salamanca. Ediciones de la Universidad de Salamanca.