Continuamos con la serie de artículos conmemorativos del 140 aniversario de la fundación del PSOE, ese tumor maligno que cada vez que se ha hecho con el poder en España solo ha generado dolor y miseria. En esta tercera entrega repasamos la historia vital de Juan Negrín López, un “socialista ejemplar” que destaca por ser uno de los seres más corruptos, más amorales y más viciosos entre todos los que han ocupado puestos de responsabilidad en el gobierno de España, lo que tiene mucho mérito a la vista del catálogo de indeseables que han pasado por la política de nuestra nación.

Juan Negrín nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1892, en el seno de una familia muy acomodada, conservadora y religiosa en la que él fue la oveja negra. Persona de alta capacidad intelectual, con solo 15 años fue enviado a estudiar medicina a Alemania, donde se doctoró ‘cum laude’ en fisiología y aprendió varios idiomas, algo completamente inusual en aquellos años. Tras regresar a España en 1915 ganó por oposición la cátedra de Fisiología de la Universidad Central de Madrid (hoy Universidad Complutense), donde creó un laboratorio de investigación de cierto prestigio en su época. Hasta aquí la parte respetable de la vida de este sujeto.

Sin embargo, en 1929, con 37 años, abandonó su actividad de investigador y catedrático, se afilió al PSOE y comenzó una fulgurante, y repugnante, carrera política. En 1931, en las primeras elecciones después del golpe de estado que instauró la República, obtuvo el acta de diputado, llegando a ser presidente en funciones del grupo parlamentario socialista. En septiembre de 1936, fue nombrado ministro de Hacienda –sin tener ni la más remota idea sobre hacienda pública- en el gobierno del también socialista Largo Caballero, cargo desde el que orquestó el hecho por el que ha pasado a la posteridad, que fue el saqueo de las reservas de oro del Banco de España.

En mayo de 1937, con el apoyo de los sectores del PSOE afectos a Indalecio Prieto, de los comunistas y de los republicanos de Manuel Azaña, consiguió expulsar de la presidencia del consejo de ministros al tirano Largo Caballero y pasó a ocupar él mismo ese altísimo puesto, manteniendo la cartera de Hacienda. En octubre de 1937 trasladó el gobierno de la República desde Valencia a Barcelona –con el fin de disponer de una más fácil huida cuando perdieran la guerra– y en abril de 1938 reorganizó el gobierno, nombrándose a sí mismo ministro de Defensa Nacional, e intentó llegar a un acuerdo de paz con Franco, planteándole lo que se conoció como “Los 13 puntos de Negrín”, un disparate que ni siquiera fue considerado por el Generalísimo quien, como es lógico, exigió la rendición incondicional.

A pesar de las sucesivas y estrepitosas derrotas del ejército rojo, Negrín intentó prolongar la Guerra por todos los medios, con la esperanza de que el inicio de lo que después sería la II Guerra Mundial, que se preveía inminente, cambiara el escenario español y les diera la oportunidad de ganar un conflicto que en aquel momento ya tenían completamente perdido. Todo terminó en marzo de 1939, cuando la victoria nacional era ya inevitable, con el conocido como “golpe del coronel Casado” que precipitó el fin de la contienda –y el final del empeño insensato y suicida de Negrín de prolongar el conflicto a costa de la vida y el sufrimiento de centenares de miles de españoles– y la huida del personaje, junto a otros muchos gerifaltes rojos, en dirección –inicialmente– a México, donde se habían procurado un exilio dorado con lo que es conocido como el “tesoro del Vita”, un yate de lujo que llenaron de dinero, joyas y oro procedentes de sus rapiñas y enviaron a ese país. Sin embargo, otro gran ladrón socialista, Indalecio Prieto, se apoderó de ese tesoro, por lo que Negrín decidió instalarse primero en Francia, posteriormente en Londres y de nuevo en Paris, donde llevó una vida de lujo hasta su muerte en 1956 (“Una mesa suntuosa y superabundante, los mejores vinos y licores sin tasa, y un harén tan abundante como su mesa completan su sistema de vida”, dejó escrito el anarquista Diego Abad de Santillán). Hasta 1945 ocupó la presidencia de la inexistente República en el exilio, pero en ese año fue cesado en ese esperpéntico cargo y expulsado del PSOE al quedar demostrado el inimaginable grado de corrupción que había alcanzado y como se había enriquecido fraudulentamente.

Negrín, un déspota que restringió aún más si cabe la libertad en la zona roja con censura, destierros, detenciones y ejecuciones injustificadas, al más puro estilo estalinista, y uno de los seres más amorales de la historia política reciente de España (mujeriego, morfinómano, amante de los lujos más extravagantes, comedor y bebedor compulsivo, etc), es descrito del siguiente modo por otro distinguido delincuente socialista, Francisco Largo Caballero: “El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión, (…) de hecho, el Estado se ha convertido en su monedero (…) Desgraciado país, que se ve gobernado por quienes carecen de toda clase de escrúpulos (…) y que con una política insensata y criminal han llevado al pueblo español al desastre más grande que conoce la historia de España.

El episodio que mejor define la calaña de este individuo es el robo de la práctica totalidad de las reservas de oro del Banco de España, como ya se ha dicho.

El 13 de septiembre de 1936, apenas había transcurrido una semana del nombramiento de Negrín como ministro de Hacienda y a instancias de éste, Azaña firmó un decreto reservado por el que se autorizaba al ministro de Hacienda para que “en el momento que lo considere oportuno ordene el transporte con las mayores garantías, al lugar que estime de mayor seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiese en aquel establecimiento central del Banco de España”. A las pocas horas, en la madrugada del día 14, en una operación que por la rapidez con que se ejecutó estaba planeada con mucha antelación, dirigida por el entonces Director General del Tesoro y futuro ministro de Hacienda, Francisco Méndez Aspe, entraban violentamente en el banco fuerzas de carabineros y milicias, junto a miembros de los comités de UGT y de la CNT y varios cerrajeros y exigieron bajo amenazas de muerte a los empleados del banco allí presentes que las dieran acceso a las cámaras acorazadas, lo que se vieron obligados a hacer. En un auténtico robo “a mano armada”, sin realizar ni siquiera un inventario, tardaron varios días en cargar del orden de 500 toneladas de oro –mayoritariamente en forma de monedas, valoradas al precio del oro hoy en unos 20.000 millones de euros–, en unas 7.000 cajas de munición que no estaban numeradas ni acompañadas de documentos que indicasen cantidad, peso o contraste del oro. Las cajas fueron transportadas en camiones a la estación del Mediodía (hoy Atocha), y desde allí por ferrocarril a Cartagena, protegidos por miembros de “La Motorizada”, del PSOE –los mismos que participaron en el asesinato de Calvo Sotelo–, donde se depositaron en los polvorines de La Algameca. Un mes después, el 20 de octubre, el jefe del espionaje soviético (NKVD) en España, el siniestro Alexander Orlov, recibió un telegrama cifrado del propio Stalin que decía literalmente: “Junto con el embajador [Marcel] Rosenberg organice con el jefe del gobierno español [Largo] Caballero el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética. Esta operación debe llevarse a cabo en el más absoluto secreto. Si los españoles le exigen un recibo por el cargamento niéguese. Repito. Niéguese a firmar nada y diga que el Banco del Estado [Soviético] preparará un recibo formal en Moscú.” Entre los días 22 y 25 de octubre se cargó el oro en cuatro barcos de bandera rusa (KIM, Kursk, Nevá y Volgolés) que partieron hacia el puerto de Odessa, en Ucrania, a donde llegaron el 5 de noviembre. Nunca se recuperó ni un gramo.

Sin embargo no todo el oro saqueado terminó en Moscú, ni mucho menos. Por un lado, se sabe a ciencia cierta que una parte de las reservas de oro (unas 170 toneladas, valoradas a precio actual en unos 7.000 millones de euros) se enviaron al Banco de Francia entre julio de 1936 y marzo de 1937, teóricamente –al igual que en el caso del “oro de Moscú”– para la compra de armamento para el llamado “Ejército Popular de la Republica”. También se pudo constatar después de la Victoria que varios de los principales gerifaltes rojos disponían de sumas descomunales en diversas cuentas bancarias fuera de España:  Negrin era titular de una cuenta en el Eurobank de México por valor de 370 millones de francos franceses (FF); Alvaro de Albornoz 125 millones de FF en el Chase National Bank de Nueva York;  Félix Gordon Ordás y Rafael Méndez Martínez (testaferro de otros capitostes rojos) 824 millones de FF entre el Midland Bank de Londres y el Eurobank , además de 129 millones de FF en el Banco de México compartidos con Luis Prieto, hijo de Indalecio Prieto;  el mismo Rafael Méndez otros 145 millones de FF repartidos entre el Credit Lyonnais de París y su sucursal en Nueva York, cuenta en la que de nuevo figuraba como cotitular el hijo de Indalecio Prieto; Rafael Méndez, de nuevo, junto a Pedro Pra y P. Brea, 254 millones de FF adicionales repartidos entre los bancos Union Parisienne, Eurobank, Crédit Lyonnais y Banque d’Europe du Nord; Fernando de los Ríos y el omnipresente Rafael Méndez 226 millones de  FF en el Commercial Bank de Washington; Gonzalo Zabala y E. Rodrigo 20 millones de FF en Eurobank; Daniel Fernandez Shaw 13 millones de FF entre el Midland Bank y el Eurobank; y, probablemente, habría otras muchas cuentas que no se llegaron a descubrir .

El propio Negrin en una carta a Indalecio Prieto de 23 de junio de 1939 reconocía que ”…gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos.”

Luis Araquistain Quevedo, diputado del PSOE y embajador de la República en Francia y Alemania, dice en sus memorias: ”Me consta también que altas personalidades del Gobierno republicano tienen depositadas a su nombre sumas cuantiosas y de muy difícil justificación en la banca inglesa y norteamericana, pero la opinión pública no sabrá nunca nada de eso, ni tampoco qué ha sido del tesoro español, de las quinientas y pico toneladas de oro que fueron depositadas en el extranjero, ni en que se han invertido, ni lo que queda, ni a nombre de quién o quiénes se hizo el depósito. No se sabrá tampoco nada del resto del tesoro incautado por el gobierno de la República.

En definitiva, en Negrín tenemos el ejemplo perfecto de otra de las “virtudes” de un buen socialista: su capacidad infinita para robar, para saquear y desvalijar cuanto encuentran a su paso, especialmente si se trata de dinero público, el cual –como dijo María del Carmen Calvo (a) “No bonita”– “no es de nadie” … por lo que lo hacen suyo.