A fecha de hoy, que yo sepa, nadie ha pedido su dimisión. Una consejera del gobierno del Principado de Asturias, Berta Piñán, ha soltado esta linda prenda:

"Conmemorar una batalla que enfrentó hace 1.300 años a dos civilizaciones debe convertirse en una excusa para impulsar el encuentro y la comunicación entre pueblos y modos de entender el mundo", ha señalado Piñán. El Principado promoverá así escenarios que sean un punto de acuerdo "entre antiguos adversarios" en un espacio de convivencia y diálogo social.

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En 722, hubo encuentro, sí. Un encuentro entre guerreros. Un encuentro sangriento. Miles, muchos miles de hombres murieron. La mayor parte de las bajas fueron en el bando invasor. Todo un ejército sarraceno sucumbió ante las armas astures, godas y cristianas. Los pocos moros que se salvaron en Covadonga subieron (“esguilaron”, como decimos en Asturias) para pasar a la parte de la Liébana, donde otra fuerza cristiana les aguardaba masacrándoles. La guarnición mora de Gijón, al saber la noticia, huyó y también fue aniquilada en su intentona. La tradición dice que hubo desprendimientos (“argayos”, en la lengua asturiana), como si la naturaleza, guiada por mano divina, quisiera tomar partido activo, haciendo entrar lo milagroso y providencial en la Historia y colaborando en dar derrota a los mahometanos. La tradición escrita lo refleja en las Crónicas de la monarquía asturiana. La tradición popular de la zona también ha conservado memoria de estos hechos desde aquella lejana fecha hasta el día de hoy, pues en pleno siglo XX aún aparecían numerosos huesos humanos que el pueblo atribuía a la masacre. En Covadonga, las flechas y proyectiles pétreos que lanzaban los musulmanes contra la Cueva y otras alturas rebotaban en las peñas o se volvían milagrosamente contra los atacantes. En tan desigual batalla, los menos y los débiles –quizá un puñado de godos refugiados y un contingente de astures y, posiblemente, dada la zona, algunos cántabros- lograron encajonar a la morisma en aquel enclave nórdico de las Españas. Error militar de los moros, acierto y arrojo de los cristianos y, para el creyente, ayuda providencial de La Santina (La Virgen de Covadonga, mediadora entre Dios y los asturianos, vale decir, primeros “españoles”).

Un encuentro tan sangriento, y decisivo desde el punto de vista militar, geopolítico y religioso, difícilmente se puede calificar de “encuentro y la comunicación entre pueblos y modos de entender el mundo”, como si aquello hubiera sido una convención diplomática de la “Alianza de las Civilizaciones” llevada a cabo pacíficamente en un hotel de cinco estrellas o en un lujoso palacio de congresos internacionales, con azafatas, canapés y muchos abrazos y apretones de manos. Nada de eso. Fue un “encuentro” de sangre y fuego por medio del cual se salvó España.

Para nosotros, los asturianos, ese “encuentro” fue decisivo. Nuestros antepasados astures habían desarrollado una dudosa vinculación a las realidades políticas de Roma o de la Hispania Goda. Si hubo esa vinculación (y parece indudable que la hubo), fue por medio de “encuentros” de armas, de sangrienta conquista. Los astures, como sus vecinos y hermanos los cántabros, se incluyeron en Roma o en Toledo muy a su pesar, en calidad de vencidos, pero vencidos siempre dispuestos a la rebeldía y al alzamiento. Pero en 722, hubo esta Batalla contra los moros que dio paso a una realidad nueva, en la que ya no habría “etnias”, sólo españoles: allí nació el Reino de Asturias, que con el correr del tiempo y con otras aportaciones pirenaicas, daría lugar a España. En la Batalla de Covadonga se dieron muchos nacimientos para el pueblo astur y para la nación española: a) el origen de la nación española por medio de una etnogénesis en la cual los componentes germánicos, asturcántabros e hispanorromanos se fundieron dando lugar a nuestra nación; b) el origen de un Reino, el de Asturias, que será fontanal para la legitimidad regia de las Españas, pues estas Españas no serán ya provincia de Roma ni posesión de los godos toledanos, sino un nuevo Imperium en cuya base está un Pueblo nuevo, que se va gestando durante la Reconquista; y c) una toma de partido por la Cristiandad, una voluntad expresa (y demostrada por las armas y por la política ulterior) de no ser mahometanos, de no formar parte de África ni de Oriente, como los cordobeses, sino parte esencial de la Cristiandad Católica y Occidental.

Es un grave error por parte de la consejera, doña Berta Piñán, haber hecho esas declaraciones en su calidad de representante autonómica del Principado. Debería considerarse seriamente su dimisión o, al menos, una petición de disculpas. Quizá han podido en ella más sus vínculos ideológicos con la “Alianza de las Civilizaciones” que su condición de asturiana y española. En esto del aniversario de Covadonga, señora Consejera, no debería entrar la ideología. La supervivencia de una Civilización depende, en muchas ocasiones, de la voluntad divina, de la existencia de héroes como Pelayo, de la voluntad de Reyes Caudillos, y de pueblos en armas. Nadie “del otro lado” va a venir a abrazarnos, o a “encontrarse” en calidad de vencidos. El “otro” vencido no se ha dado por vencido porque tiene más “memoria histórica” que todos los partidarios occidentales de la “Alianza de las Civilizaciones” juntos. El “otro” que fue vencido en Covadonga vendría de nuevo hasta los Picos de Europa con un nuevo ejército si pudiera. La esencia de España consistió en recuperar la tierra perdida hasta echar al otro lado del mar, hacia costas africanas, a cuantos habían usurpado nuestro suelo. No se debe mezclar nuestra Sagrada Covadonga con los “cacaos” ideológicos del multiculturalismo. Si quieren dialogar y llevarse bien con los vecinos, que elijan otros escenarios. Muchos asturianos y españoles exigimos que quiten sus manos de Covadonga, que nos la dejen como está: como epicentro y raíz de nuestra identidad.

Carlos X. Blanco