La Historia es una ciencia aventurada y execrable cuando se aplica de modo sectario, porque oculta los terribles sufrimientos de las innumerables víctimas creadas por la maldad humana y los aviesos nombres de los victimarios. Ciñéndonos a nuestro caso actual, la mayoría de los políticos y la totalidad de las mentalidades frentepopulistas son capaces de vender y revender su alma al diablo tratando de obtener cualquier sinecura, a cuenta del dolor de la ciudadanía en general y del antifranquismo en particular. Unos y otros han tratado durante estas cuatro décadas de frustrada transición de desprestigiar la figura de Franco y de su Alzamiento, que fue clave para salvar a España y a los españoles no sólo de la barbarie frentepopulista, también de la devastadora Guerra Mundial.

 

Las atrocidades frentepopulistas fueron durante el franquismo poco y mal conocidas debido a que el propio Franco se encargó de anteponer el futuro al pasado, relegando los crímenes de los rencorosos en aras de una definitiva reconciliación nacional. No obstante, los hechos llevados a cabo por el rencor rojo constituyen una experiencia aciaga, una realidad históricamente comprobable: la barbarie, el odio, la sevicia, el desprecio a las vidas humanas, a la propiedad privada y a la riqueza patrimonial, la canallería analfabeta, la idea de una patria sin libertad y de una ruptura de la convivencia española se extendieron como la peste.

 

Sin embargo, resulta inverosímil que para cualquier español nacido en la década de los 70 del pasado siglo, Franco haya podido representar un nocivo personaje, al ser vilipendiado por los totalitarios mediante un contumaz aborrecimiento y un injusto juicio histórico. Políticos e historiadores hispanófobos no han cejado de fustigarlo a costa de adulterar la Historia, obsesionados por difamar al personaje y falsear una verdad para ellos inconveniente. Y unos y otros, políticos e historiadores tramposos, han tratado de relacionar su falsario afán de desprestigio al talante democrático, homologando en consecuencia, con su habitual impudicia, antifranquismo con democracia.

 

Mas a pesar de tanto ultraje, los hechos dicen que Franco fue un memorable estadista, uno de los mejores en los últimos siglos, y los sólidos elementos sociales y económicos que proporcionó a su país forjaron unos cimientos tan firmes, que su obra ha perdurado hasta ahora a pesar de que la ineptitud y la mala fe de sus sucesores ha hecho todo lo posible para derrumbarla.

 

Al franquismo no le sostuvo la represión, como trata de justificar la izquierda revanchista, sino el firme soporte sociológico que se ganó gracias a sus prominentes logros. Y ni siquiera hubo represión para los criminales, sólo justicia, como lo entiende cualquier persona ecuánime, al contrario de quienes heredaron espiritual o biológicamente la índole asesina y rencorosa, esa mixtura antifranquista de aprovechados y sectarios consumidos por el sentimiento y el complejo de inferioridad de la derrota. Se ven humillados y vencidos por la realidad y buscan una justificación a su odio, y para compensar u ocultar todo ello se arrogan una falsa supremacía moral, ajena absolutamente a su naturaleza.

 

Consciente del gravísimo momento histórico en el que vivían España y los españoles, y de las miserias que puede alcanzar una democracia en manos de la chusma antiespañola, el Caudillo no dudó un instante en evitar esta forma de gobierno. Es cierto que Franco no fue nunca demócrata; pero tuvo la buena fe de no jactarse jamás de serlo. Y tuvo, por supuesto, la lealtad y la eficacia suficientes para, sin imposturas democráticas, salvar a su patria de la absoluta ruina a que la había abocado la chusma frentepopulista y convertirla en la octava potencia mundial.

 

En el fondo, inteligente y pragmático como era, Franco despreciaba la democracia; no en su significado literal, sino en cuanto lo que su desarrollo supone de utopía en la realidad. La Historia nos dice que el ejercicio democrático es objetivamente imposible en toda su pureza. Lo cual no es óbice para que el ser humano, portador de dignidad, siga empeñándose en conseguir, como en este caso, la unificación de significante y significado, del mismo modo que se empeña en adquirir la perfección moral o la sabiduría, aun sabiendo que no va a conseguirlas.

 

Por el contrario, toda la patulea de izquierdistas resentidos, partiendo del mismo hecho -no ser en absoluto demócratas-, actúa de forma opuesta, haciendo ocasión de ello en cualquier oportunidad ventajosa, manoseando el lenguaje hasta desnaturalizar su acepción y expresando así su verdadera calaña desleal y siniestra.

 

La paradoja de lo antedicho es que Franco, sin ser demócrata, se afanó con sus hechos en pro de la democracia, mientras que los fanfarrones frentepopulistas, alardeando permanentemente de serlo, se obstinan en pro del totalitarismo más abyecto. Uno amaba a España, y lo demostró levantando con el sacrificio de los españoles de bien un país que el rencor había dejado en escombros; los otros la odian, y lo demuestran empecinándose en volverla a arruinar por enésima vez.

 

¿Dictadura? ¿Democracia? ¿Izquierdas? ¿Derechas? No. Buena o mala voluntad; buena o mala fe. Y amor o desprecio a los principios. He ahí la cuestión, porque las gobernanzas políticas no deben valorarse por obsoletas nomenclaturas, sino por sus intenciones y resultados. Pero, al desconocer la buena voluntad y la buena fe, las izquierdas resentidas y sus adláteres se aferran a la letra y desprecian el espíritu, en la seguridad de que pueden manejar tantos diccionarios -significados-como discursos, según exija la circunstancia.

 

De ahí que el corolario de lo precedente se reduzca, pues, a dos pasos imprescindibles:

 

El primero, desenmascarar a estos engañabobos, de forma que hasta el sandio más inasequible al conocimiento sea capaz de comprender sus verdaderos planes e intenciones. Para ello hay que denunciar, por un lado, ese instrumento favorito para sus bellaquerías que es la manipulación lingüística, pieza fundamental en el falseamiento de la Historia y uno de los puntos básicos de su agitprop. Y, por otro lado, enfrentarlos a lo contingente, pues es de la cruda realidad de lo que recela la paranoia progresista, porque siempre los hechos acaban desmintiendo sus palabras, sus proyectos y su ideología.

 

El segundo, reivindicar a Franco y al franquismo, integrándolos por fin en la Historia con el debido realce, dada su trascendencia. Y de paso que se desagravia al personaje afrentado y se aprecia su fructífera obra -decisión esencial y obligada de cara al futuro de una España libre y unida-, desautorizar a esa escuela de historiadores hispanófobos que con su venalidad y sectarismo, de la mano de sus mentores, impiden que el conjunto de todos los hechos ocurridos en tiempos pretéritos, que es la Historia –la convivencia-, deje de ser una crónica partidista y preserve su índole como ciencia de enseñanza y orientación moral para la humanidad.

 

Jesús Aguilar Marina