Fallecido en Madrid el 19 de septiembre de 2006, el P. Manuel Mindán Manero es uno de los filósofos españoles más interesantes del movimiento personalista. Tras su muerte, la Fundación Mindán Manero es la encargada en velar por su legado bibliográfico e intelectual.

 

La obra del P. Manuel Mindán Manero (Calanda, 12-XII-1902 – Madrid, 19-IX-2006) poco cuenta en la actualidad. El propósito de este artículo de vulgarización es ayudar a divulgar su figura y obra a un amplio espectro del público, máxime en estos tiempos de mínima ambición en el concierto filosófico nacional, donde todo, por así decir, aparece tiranizado por el putrefacto e imparable dominio del corruptor marxismo cultural.

Y es que la obra escrita del insigne pensador, que abarca en el tiempo más de siete décadas de actividad intelectual, aparece claramente escindida en tres grandes frentes (dejamos al margen sus trabajos como traductor y sus escritos religiosos): primero, su obra de creación netamente filosófica, acorde con su tiempo (p. ej., La persona humana); entre medias, sus producciones de signo docente o meramente ensayístico (p. ej., Historia de la filosofía y de las ciencias); y, por último, sus escritos autobiográficos, testimoniales (p. ej., Mi vida vista desde los cien años); reste decir que las parcelas que han terminado prevaleciendo en la actualidad han sido la segunda y, sobre todo, la tercera, en virtud de su fabulosa calidad divulgativo-ilustradora e integridad humana. Centraremos nuestra atención, por tanto, en la primera y a día de hoy menos abordada parcela de su producción.

Dicho esto, el pensamiento filosófico del Padre Mindán se adscribe a la corriente del denominado personalismo español, movimiento católico progresista y de apertura social cuyos máximos exponentes, junto al propio Mindán, son el urreano Pedro Laín Entralgo (1908-2001) y el abulense José Luis Aranguren (1909-1996), así como algunos otros autores menos conocidos (Eugenio Imaz, Octavi Fullat i Genís, María Josefa González Haba, Miguel Cruz Hernández, Luis Legaz, etc.) que constituyen el corazón del movimiento, desarrollado desde los años de la Cruzada Nacional hasta la Transición.

De evidente aliento cristiano, pues, y con una preocupación esencial por la persona en tanto sujeto trascendental y ser moral potencialmente realizable, el movimiento personalista tiene su principal precursor en la figura traumática de Immanuel Kant (1724-1804), cuya ética alcanza su punto álgido en la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, obra en la que ya aparece sistematizada la problemática del “imperativo categórico”: el hombre no es medio para uno u otro propósito, sino fin en sí mismo: no es un objeto, sino un valor absoluto. Tras los pasos de Kant –y del existencialista danés Kierkegaard–, una serie de pensadores franceses como Emmanuel Mounier, Jacques Maritain o Gabriel Marcel entre otros, habrían de constituir un movimiento genuinamente francés y cristiano: el personalismo. A remolque, el personalismo español de Aranguren, Laín Entralgo y Mindán desciende espiritualmente de su análogo francés, guardando no pocos puntos de contacto, pero diferenciándose positivamente de éste por su acusada personalidad nacional. En este contexto más o menos plural, el personalismo del Padre Mindán logrará diferenciarse del de sus colegas, denotando claridad de ideas y manifestando voz propia.

Por consiguiente, el personalismo de Mindán aúna en su núcleo duro la tradición católica, asumida –dada su condición de teólogo– del tomismo, con las influencias vernáculas de la vanguardia filosófica del momento, dominada por el raciovitalismo de Ortega y Gasset. Junto a estas dos perspectivas, en apariencia antitéticas, el filósofo de Calanda perfecciona su sistema recurriendo a otros autores –Platón, Aristóteles, Boecio, el Aquinate, Descartes, Andrés Piquer, Max Scheler, Louis Lavelle, Manuel García Morente, José Gaos, etcétera– y movimientos –el estoicismo, el existencialismo cristiano, la fenomenología, etcétera– que no dejarían de inspirarle.

Resultado/destilación de estas investigaciones –previamente vertidas en sus numerosos artículos para la madrileña “Revista de Filosofía”–, es su obra capital, la ya referida La persona humana: aspectos filosófico, social y religioso (1962), obra en la que, en inmejorables palabras de Alain Guy, “parte de Boecio y concibe a la persona humana como una sustancia individual; pero, sin dejarse sojuzgar por una visión estrechamente escolástica, hace intervenir la intencionalidad y la consciencia de sí, insistiendo en la voluntad […] Después vuelve a situar a la persona en el marco de la sociedad y del bien común, y denuncia la esclavitud, el racismo y el totalitarismo; por último, elevándose al plano sobrenatural, interpreta la persona como un miembro del Cuerpo Místico de Cristo” (Historia de la filosofía española, 1985, p. 376).

Sobre este eje de gravedad que es la persona se desplegarán, en consecuencia, sus atributos, y con ellos el aparato conceptual del autor, fundamentado en tres conceptos medulares: el conocimiento, la verdad y la libertad.

Aunque interrelacionados entre sí, estos tres conceptos presentan una diversa entidad jerárquica al ser tratados independientemente; en palabras del Padre Mindán: “La pasión por la libertad es más universal que la pasión por la verdad; aquella la sienten todos los hombres que tienen personalidad suficiente para actuar por propia iniciativa; la segunda es cualidad de hombres excepcionales que saben que sólo la verdad conduce a la auténtica libertad” (Conocimiento, verdad y libertad, 1996, p. 15); es el conocimiento, el que impulsado por el entendimiento, permite al hombre acceder a la verdad y, en última instancia, ser libre.  

Finalmente, sobre la problemática capital de la persona en tanto ser moral, el mejor y más completo analista de la filosofía del P. Mindán, Jorge Manuel Ayala, la ha explicado en estos términos: “La actividad más hondamente personal es la actividad moral, porque ser persona es sinónimo de ser moral. El valor moral es el único valor que se realiza en la persona misma, la cual alcanza su valor máximo de persona a medida que encarna los valores morales. La libertad es la base y la raíz de la moralidad, porque los actos libres son exclusivamente nuestros, nos son imputables. Ser libres significa que somos responsables de poner o no los medios conducentes a la consecución del fin último del hombre, que no es la felicidad, como afirma Aristóteles, sino la perfección del propio ser personal…” (Pensadores aragoneses, 2001, p. 628).

Más que de una ética, en efecto, el problema de la persona en cuanto ser moral y trascendental implica una metafísica que reconduce de lleno al ser al fundamento de todo fundamento: Dios.