Filolao de Crotona (f. s. V a. C.) es el principal teórico del Pitagorismo: de él proviene el grueso del pensamiento de esta escuela tan ambigua. Sin embargo, lo poco que se conserva de su obra apunta hacia una multiplicidad de lecturas abiertamente controversiales.

De los opúsculos conservados fragmentariamente de Filolao, Sobre la naturaleza se perfila como el más importante de su producción, decisivo para alcanzar a comprender de forma global el conjunto de su visión del mundo.

Sea como fuere, el discurso de Filolao es dualista, delimitando precisamente los conceptos de limitado e ilimitado a la luz de su valoración de los entes materiales: “La Naturaleza se constituye en este Mundo por coajuste de ilimitado y limitado; y así están constituidos el Mundo entero y todas las cosas que en el mundo se hallan”. Esta ambivalencia se justifica por la imposibilidad de un ente espacialmente fijo, ya que “Si todas las cosas fuesen ilimitadas, no habría ni objeto con que comenzar a entender”; se precisa la marca limitadora, la seguridad de lo finito numerado.

Filolao encuentra en el número la apoyatura a su explicación de la dimensión terrenal del mundo. Para él, todo lo cognoscible tiene número, puesto sin número no habría modo alguno de aprehender cosa posible. El dualismo de Filolao también afecta de lleno al número, que como la Naturaleza, presenta parejas características formales: “El número tiene dos especies eidéticas propias: impar y par, y una tercera mezcla de entrambas: la par-impar. Y en ambas especies eidéticas hay muchas formas que por sí mismo indica cada número”.

La Teoría de la Naturaleza de Filolao necesita del principio de la Armonía para afianzarse en el terreno de lo práctico como una realidad del conocer: es decir, la Naturaleza permite un conocimiento no sólo humano, sino también divino, en cuanto reflejo de lo que está más allá de nuestra percepción empírica más prosaica: “Respecto de Naturaleza y Armonía se han las cosas de la siguiente manera: la persistencia de las cosas es eterna, y la naturaleza misma permite un conocimiento divino y no humano, sino superior a él; mas no podría “haber” cosa alguna ni resultar para nosotros “cognoscible” si no se diese tal persistencia en las cosas limitadas o ilimitadas de las que se compone el mundo”.

Capital importancia tiene para nosotros el sistema armónico de Filolao, donde quedan esbozados los principios del arte musical. Más aunque se trate de un mero bosquejo, un embrión todavía informe, las intuiciones de Filolao preludian en cierto modo la escritura musical tal cual la conocemos hoy: lo poco que ha llegado hasta nosotros de la denominada música “clásica” de la antigua Grecia, así lo acredita.

Pasando al problema del número, Filolao afirma la excelencia del número 10 como suprema verdad: “Sin el diez no hay cosa que esté definida, clara y distinta. Que, por su naturaleza, es el número fuente de conocimiento; y para el totalmente desorientado y para el ignorante en todo, guía y maestro”. La vinculación de los números con aspectos materiales también encuentra su ambivalencia en la moral. Por otra parte, el simbolismo oculto de los números no es ajeno a Filolao, quien somete tales a una lectura mística luego recurrente. La valoración del número en Filolao va más allá de la mera lucha de contrastes, ocultando una ética matemática en cuyos márgenes se perfila una metafísica precaria: “Lo falso no toca ni con un soplo al número; que por naturaleza están en guerra y enemistad número y falsedad; la verdad, por el contrario, es para la raza del número como de casa e innata”.

Más convencional resulta la física cósmica de Filolao, dominada por el número 5 y basada en la compartimentación de la unidad, y que a tenor de esta división deja entrever claramente sus influencias: “Cinco son los cuerpos de la Esfera: los que se encuentran dentro de la Esfera son Fuego, Agua, Tierra, Aire; y el quinto es el remolque de la Esfera”. Ese quinto elemento, en efecto, es el éter, que explica la sustentación de la Esfera en medio del espacio.

Parejos presupuestos se vislumbran en la antropología del autor, regida por el número 4, aunque igualmente unitaria: “Cuatro son los principios del animal racional: cerebro, corazón, ombligo y vergüenzas. El cerebro es principio de la inteligencia; el corazón, del alma y de la sensación; el ombligo, del enraizamiento y crecimiento del embrión; las vergüenzas, el principio de todos ellos, que todos ellos dan flores y renuevos”. Una vez más, el ente material encuentra su vínculo en el elemento moral que lo acredita en su función última. En este sentido, la visión de Filolao es de un materialismo soterrado, aunque predomine, pese a todo, un sesgo idealista que anticipe por más de un concepto a Platón, al parecer lector de nuestro autor, quien ya proclamó la “cárcel del cuerpo”.

En cuanto a su otra obra conocida, Bacantes, su actual estado resulta de menor entidad filosófica que el previo Sobre la naturaleza, y sin embargo no puede prescindirse de su detenida lectura para captar el sistema de Filolao, la profundidad de su pensamiento; por desgracia, lo poco que se conserva de la misma limita mucho su comprensión.

La idea esencial remite, de nuevo, a la unidad, tema habitual de los presocráticos, a la que todo tiende y de la todo proviene, en la que todo está interrelacionado, de los particulares al absoluto que el orden conlleva: “El Mundo está unitariamente ordenado. Mas comenzó a hacerse desde el medio y, según la misma cuenta y razón, hacia arriba y hacia abajo, porque las partes sobre el medio están dispuestas simétricamente respecto de las partes bajo el medio… que una misma es la relación de todas respecto del medio”. Pero la escasez de material no permite aventurar una explicación más sólida sin plantarse de lleno en el terreno de la especulación.

 

Bibliografía

FERRATER MORA, J., Diccionario de Filosofía, vol. 2, Ariel, Barcelona, 1998, p. 1267.

GARCÍA BACCA, J. D. (ed.), Los presocráticos, FCE, México, 2004, cap. “Fragmentos filosóficos de Filolao”, pp. 297-307.
GUTHRIE, W. K. C., Historia de la Filosofía griega, vol. 1, Gredos, Madrid, 1991, pp. 312-316.
KIRK, G. S., RAVEN, J. E. & SCHOFIELD, M., Los filósofos presocráticos, Gredos, Madrid, 1987, pp. 455-491.