Cuando Álvaro Romero, mi leal amigo y fiel camarada, me pidió que escribiera un artículo sobre Rafael García Serrano para la revista de la Fundación Francisco Franco creí que el empeño iba a resultarme relativamente sencillo, por ser hijo del escritor. Me equivoqué.

Mi proximidad a Rafael García Serrano, mi cercanía física a un escritor monumental, mi amor filial hacia el mejor periodista español del siglo XX, y mi entrañable camaradería con el hombre más digno y el falangista más decente que me ha sido dado conocer, son las circunstancias que me invalidan para glosar su prosa y evocar su figura, precisa y paradójicamente porque estoy blasonado con su nombre y los cuarteles de mi escudo los llena su obra y los corona una estrella de seis puntas de alférez provisional de Infantería junto al yugo y las flechas de la Falange.

Rafael García Serrano es un escritor monumental al que el Discurso Oficial, el Aparato, el Sistema, el Régimen , como queráis llamarlo, odió por su talento y temió por su rebeldía. Discrepó del César y se enfrentó a él cuando era caro, difícil y arriesgado hacerlo. Y cuando el César murió se enfrentó a Bruto, a Casio y a todas las legiones de traidores , de arribistas y de mercenarios de la democracia sin más armas que las de su inteligencia, el valor de su pluma y el coraje y la furia de “Eugenio”. Aquél “Eugenio”, sinónimo de la proclamación de la primavera, que es la ópera prima de Rafael García Serrano escrita con el pulso de sus 17 años ya con la maestríade un clásico.

Magro de fuerzas, huérfano de apoyos y escaso de intendencia, Rafael García Serrano murió el Día de la Hispanidad de 1988 sin rendir la espada y sin vender la pluma, peleando sin claudicacionespor la República Nacional Sindicalista para todos los trabajadores, los estudiantes, los campesinos y los soldados de España. Desde entonces, un velo de silencio y un muro de cobardía ocultan su memoria y su obra, robándole a las nuevas generaciones el gozo de la mejor prosa española desde Quevedo hasta nuestros días, según afirmó Francisco Umbral, por decisión de los mequetrefes, de los papanatas y de los democráticos funcionarios de visera y manguitos que dirigen el destino de ésta España sagastacanovista tan agria, tan canija y tan paralítica.

Rafael García Serrano es un galeote del olvido que rema en las galeras del silencio encadenado a la misma bancada que Unamuno y que Luys Santamarina, que Leopoldo Panero y que Ángel María Pascual; como tántos otros escritores y poetas que, como “Eugenio”, vivieron como hidalgos extremeños, se condujeron como patricios romanos y cabalgaron como jinetes íberos tras las águilas del César. Todos ellos comparten hoy el pan y el vino, la palabra y la petaca en la misma bancada y en el mismo remo en el que penó siglos de silencio y de olvido nada menos que Miguel de Cervantes, hasta que el Cautivo de Argel y su Ingenioso Hidalgo fueron rescatados para la eternidad universal en el siglo XIX.

De entre la extensa obra de Rafael García Serrano ¿por qué me centro en su primer libro, “Eugenio o Proclamación de la Primavera”? Sin duda porque en la España que padecemos es, junto a “Cuando los Dioses Nacían en Extremadura”, el más necesario,pues Eugenio ya no existe en tanto que hoy ya no hay españoles que quieran conducirse como él lo hizo. Si la Iliada fue considerada en la Antigüedad Clásica como el viático del guerrero, siendo así que un ejemplar comentado por Aristóteles palpitó siempre bajo la almohada y junto a la daga de Alejandro Magno, hubo en España un tiempo épico, duro y amargo, pero no estéril, en el que “Eugenio” fue considerado como el viático del falangista porque “Eugenio” en su dimensión real (Eugenio Lostau Román) fue el falangista total, pues lo fue en la doble vertiente del término: en la dimensión del credo político joseantoniano y en la conceptual histórica de la unidad de combate de la que José Antonio toma el nombre para bautizar a su movimiento político, la Falange Griega.

Eugenio Lostau Román, “Eugenio”, cuyo nombre, al igual que la militancia política que abraza, también viene del griego: Eugenio, el bien nacido; Eugenio, el de buen linaje, el de buena estirpe, amó a España por encima de sí mismo y persiguió la Justicia Social para todos los españoles como un ideal permanentemente desvelado, como un imperativo moral y legal sin el cual no se puede construir la Patria. Toda esa lucha, Eugenio, como su autor y su camarada Rafael García Serrano, la llevaron a cabo al modo y al estilo de un combatiente de las falanges griegas, sin rendirse jamás, sin romper la unidad, y sin negarle nunca la protección de su escudo al falangista (al español) de su izquierda.

Así eran Eugenio y Rafael García Serrano, los falangistas totales, absolutos: universitarios, sindicalistas en el tajo, filósofos en el partenón de las ideas, soldados a banderas desplegadas en el campo de batalla, espías de acero y de hielo en la Quinta Columna y patricios senatoriales en las Cortes Españolas para darles a sus compatriotas, con el Fuero del Trabajo y el Fuero de los Españoles, Patria, Justicia y Pan pero sobre todo para aquellos que, por carecer de Pan y de Justicia, no podían reconciliarse con la Patria.

Eugenio y Rafael murieron. De asco y de soledad, porque al final el pueblo español, del Rey abajo, se comportó como el tocino de la panza del escudero de Don Quijote. “Bien se ve, Sancho, que eres villano de los que siempre grita ¡viva quien vence!”.