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Parafraseando a aquel viejo cantor de ultramar: A veces es bueno irse lejos para ver de cerca las cosas que, estando cerca, parece que están muy lejos”. Aforismo que describe en pocas palabras lo que hemos experimentado los 25 miembros de la Expedición “120 aniversario de la Gesta de Baler” promovida por la Asociación Nacional Últimos de Filipinas. Héroes de Baler”, que nos ha llevado a los confines de lo que un día fue “el limes del Imperio en el que nunca se ponía el sol” para recordar nuestro vigoroso pasado y en particular, para homenajear a aquellos soldados españoles: El Capitán de las Morenas y los cazadores del 2ª Batallón Expedicionario, al mando de los Tenientes de Infantería Alonso y Saturnino Martín Cerezo, asistidos por el oficial medico Rogelio Vigil de Quiñones, que hicieron gala del más alto cumplimiento de las viejas ordenanzas que demandaban: “El oficial que tenga orden absoluta de conservar su puesto, a toda costa lo hará” y soportaron un extenuante asedio de 337 en la Iglesia de San Luis de Tolosa en la localidad Filipina de Baler”. Dieron de esta manera un ejemplo de tesón, perseverancia y lealtad que se estudia en numerosas academias militares del mundo entero.

 

En España La Asociación que preside desde Barcelona Aurelio Calvo Infante ha venido promoviendo iniciativas para dar realce a esta efeméride. Ha organizando junto con el Instituto de Historia y Cultura Militar de Barcelona una exposición monográfica en el cuartel del Bruch, con ocasión del Día de las Fuerzas Armadas. Así mismo ha celebrado por adelantado el día de la Amistad Hispano Filipina con la presencia del Cónsul General de aquel país en la Ciudad Condal y ha canalizado la contribución económica para la erección de un monumento a los Últimos de Filipinas, obra del escultor Salvador Amaya, que se colocará próximamente en Madrid.

 

Pero el hecho singular del sitio de Baler y su conmemoración 120 años después, merecen una explicación y una pedagogía más allá de la mera narración literaria del evento. Les propongo, amables lectores, que me acompañen unos minutos cabalgando por la geografía y la historia – e incluso por la política – para poder saborear el sentido de las jornadas que hemos vivido en tan lejanos parajes.

 

Filipinas. Aquel remoto archipiélago de más de 7.000 islas había sido visitado por la Expedición de Fernando de Magallanes (portugués al servicio de la Corona de España) en el año 1521, perdiendo precisamente allí la vida, en el combate de Mactán. Continuó la expedición al mando de Juan Sebastián de Elcano. Un viaje de cuyo inicio, se conmemora este año precisamente el 500 aniversario. Pero la verdadera historia de la colonización española de las islas, tiene su origen en la expedición de Miguel López de Legazpi, quien el 24 de Junio de 1571, fundaba la Ciudad de Manila. De acuerdo con los rajahs locales tendría dos alcaldes establecidos en dos recintos: uno intramuros controlado por los españoles y otro extramuros, por los indígenas.

 

Y es en esta vieja ciudad de Manila Intramuros, rodeada por una robusta fortificación abaluartada donde mejor se conserva la presencia española en el archipiélago a pesar de la política de erradicación de la cultura española llevada a cabo por los Estados Unidos, tras la derrota Española en 1898 y la destrucción de la ciudad durante la segunda guerra Mundial. El Fuerte de Santiago, que domina el puerto y la desembocadura del Río Pasig, con su imponente puerta sobre la que aun luce esculpido en piedra el escudo de España y sobre él, la imagen de Santiago Matamoros.

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Junto con él, la excepcional Iglesia convento de San Agustín, que guarda el sepulcro de López de Legazpi, primer adelantado de la corona en aquellas lejanas posesiones son los ejemplos más representativos de lo que fueron más de 300 años de presencia española .

 

Y sin olvidar el patrimonio inmaterial. La religión católica mayoritariamente practicada por los filipinos y la enorme proliferación de nombres, apellidos y topónimos españoles. En palabras del director del Instituto Cervantes de Manila (el de mayor número de alumnos del continente asiático, después del de Bombay) el 40 % de las palabras tagalas, son de origen español.

 

Hagamos ahora un salto en el tiempo hasta las postrimerías del siglo XIX. España, sumida en conflictos internos y acosada por sus voraces vecinos no daba más de sí. Mantenía su presencia en el archipiélago sustentada en las órdenes religiosas y en una reducida presencia de la Armada, el Ejército y la Guardia Civil, con unidades compuestas mayoritariamente de cuadros españoles y tropa autóctona. Los vientos nacionalistas soplaban sobre el archipiélago provocando un serio conflicto con los insurrectos del Katipunán (organización clandestina revolucionaria que se oponía por las armas a la presencia de España en el archipiélago) sometiendo a los españoles a una constante y fatigosa dispersión. Apaciguado el conflicto en 1897 gracias al Tratado de Biak-na-Bató, fue reavivado meses después, por las apetencias estadounidenses sobre aquellas islas con la excusa del hundimiento del Maine frente a la Bahía de La Habana. Así, España se encontró combatiendo de nuevo con los rebeldes katipuneros y con unas fuerzas estadounidenses muy superiores que nos derrotaron por mar (Batalla Naval de Cavite, 1 de mayo de 1898) y la consiguiente invasión por tierra que culminó frente a Manila con la rendición de la plaza en agosto de 1898. Tras la rendición, se fueron agrupando sobre la capital los dispersos destacamentos españoles, con gran dificultad debido a lo escabroso del terreno, la falta de comunicaciones por tierra y por telégrafo.

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El destacamento de Baler, asediado por los rebeldes katipuneros, se había visto obligado a refugiarse en la Iglesia de San Luis de Tolosa de la localidad el 30 de junio, cuando ya Aguinaldo había proclamado la República de Filipinas. Pero ellos no lo sabían. Como tampoco supieron que Manila se rendía el 24 de agosto, ni que el 10 de diciembre España cedía formalmente en Paris sus posesiones en Filipinas a los Estados Unidos por 20 millones de dólares. Aislado y carente de noticias, el teniente Martín Cerezo, Jefe del destacamento tras las muertes por enfermedad de sus superiores, el Capitán de las Morenas y el Teniente Alonso, no cedió ante las repetidas misivas que recibió comunicándole el abandono de España del archipiélago, por desconfiar de las intenciones de los emisarios y porque no podían concebir la idea de que un imperio como el español, dejase abandonados allí a sus hijos. Hubo de soportar un largo asedio, con frecuentes ataques, en medio de grandes privaciones y enfermedades. Finalmente, cuando no tuvo la más mínima duda de que aquello era cierto, que España había claudicado y una vez agotados todos los alimentos; decidió parlamentar y abrir las puertas de la iglesia, para salir al frente de sus hombres con la bandera, mientras los sitiadores, flanqueando su salida les rendían honores. Era el 2 de Junio de 1889. El asedio había durado 337 y en él perecieron 19 defensores, (además del padre Carreño, párroco de la iglesia). 15 militares por enfermedad (beri-beri y también disentería) 2 por efectos del fuego enemigo y 2 por fusilamiento. Otros 6 desertaron. Como en tantas ocasiones extremas, hubo de todo, lo que no empaña la heroica conducta del conjunto, en particular de los supervivientes.

 

Tras salir de la iglesia sin ser acosados por los naturales de Baler, emprendieron la marcha a pie en dirección a Manila, pasando el día 2 de Julio por Tarlac, Cuartel General de Emilio Aguinaldo del recientemente proclamado jefe de la República Filipina, quien les exhibió un decreto que había firmado dos días atrás, el 30 de Junio, en el que enaltecía el valor, constancia y heroísmo del que habían hecho gala los miembros del destacamento y que, en consecuencia, “no habían de ser tratados como prisioneros de guerra, sino como amigos, por lo que les proveería de los pases necesarios para regresar a España”. Cosa que hicieron, pasando por Manila, donde se les agasajó en el Casino Español de la ciudad.

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Esta es la historia vuela pluma y esto son algunos de los hechos que la jalonan. Un siglo después, por iniciativa del senador filipino Edgardo J. Angara, el parlamento de esa nación aprobaba nada menos que una ley, estableciendo el 30 de junio (Aniversario del decreto de Aguinaldo) como Día de la Amistad Hispano – Filipina, a celebrar anualmente en Baler, aprobando un presupuesto para actividades que habría de proponer la Comisión Histórica Nacional Filipina. Todo un ejemplo de reconciliación

 

Hasta la fecha se habían desarrollado ya 16. Pero este año en el que se conmemoraba el 120 aniversario de la salida de la iglesia del destacamento español de Baler, la presencia de un nutrido grupo de españoles, organizados en torno a la “Asociación Nacional Últimos de Filipinas, Héroes de Baler”, entre los que se encontraban 8 familiares directamente descendientes de 4 de los supervivientes de aquel legendario destacamento ha tenido una especial relevancia. Quien esto escribe ha tenido la oportunidad de unirse a ellos, la suerte de haber sido testigo y el honor de haber participado.

 

Al llegar a Manila, La Comisión Nacional Histórica Filipina, nos proporcionó transporte en autobús hasta Baler. Un trayecto de apenas 230 kms pero que a través de la Sierra Madre y los Carballos, nos llevó más de 6 horas. Eso nos permitió hacernos una idea de los padecimientos de nuestros soldados, marchando a pie, famélicos y amenazados desde que salieron de Baler hasta que llegaron al Cuartel General de Aguinaldo en Tarlac.

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La llegada a Baler nos sorprendió con una efusión de banderas filipinas y españolas junto con carteles anunciadores del Día de la Amistad que nos hicieron sentir reconfortados. Y pronto nos llegó uno de los momentos más singulares de la expedición: el encuentro en la Iglesia de San Luis y su visita. Se podrán imaginar queridos lectores

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los sentimientos que experimentamos cada uno al visitar la sacristía, que había sido habilitada como enfermería. El convento, donde habían establecido el horno de pan, el pozo de agua y hasta las letrinas. O el coro, desde donde se dirigió la defensa. Subimos hasta el campanario y desde el andamio interior revivimos las sensaciones del centinela permanentemente vigilando el campo exterior bajo la bandera de España hecha jirones, pero presidiéndolo todo.

 

Más sosegados y sentados en los bancos de la Iglesia, Jesús Balbuena, el miembro de la expedición más veterano en estas lides y descendiente del Cabo Jesús García Quijano, quiso resumirnos la gesta proponiéndonos un nuevo punto de vista. Para ello les dio la palabra a los descendientes, allí presentes, de los soldados Luis Cervantes Dato, Antonio Bauzá Fullana y Felipe Castillo Castillo, que conteniendo la emoción y las lágrimas, nos aproximaron a sus deudos, compartiendo con el grupo sus recuerdos. Entre los muros de aquella singular iglesia, nos pusieron a todos un nudo en la garganta.

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Ya por la noche, y con la presencia del Embajador de España en Manila Jorge Moragas, al que acompañaban el Agregado Militar, el Director del Instituto Cervantes de Manila y personal de la embajada, asistimos a un festival folclórico organizado en el polideportivo local por el Ayuntamiento de Baler. Tras escuchar los himnos nacionales de Filipinas y España, grupos de diferentes institutos desgranaron con mucho arte y musicalidad diferentes piezas del folclore local entre las que pudimos identificar sones de habaneras, jotas o malagueñas. Pero la guinda la puso una solista que en un español perfectamente entendible, nos regaló la habanera “Yo te diré” que se hizo tan popular en España a raíz del estreno de la película de 1945 “Los Últimos de Filipinas” de Antonio Román. Puestos en pie agradecimos a la bella cantante su detalle que a todos nos llenó. ¿Imaginan Vds. algo semejante organizado por diferentes colegios e institutos aquí en España? Lo tildarían de carca. Pero allí a más de 14.000 kms. de nuestra tierra, nos   

llevamos una impresión bien diferente. Una lección en toda regla.

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El día siguiente, 30 de Junio era, como ya he dicho, el Día de la Amistad Hispano filipina, jornada cumbre para nuestra expedición, que iba a estar lleno de emociones y recuerdos. Como de lo que se trataba era de superar aquel panorama de enfrentamientos entre ambos países y rendir tributo a todos los que en ellos participaron, sin vencedores ni vencidos, propiciando un encuentro en el que fructifique una amistad duradera entre dos países tan distintos, tan distantes pero que tienen muchas cosas en común; en justa correspondencia a lo que se nos iba a permitir más tarde en la iglesia de Baler, asistimos al homenaje que su ayuntamiento rendía a los katipuneros ante un sencillo monumento en un lugar emblemático para ellos: Putok sa Dikaloyungan, cerca de Baler. La primera vez que españoles asistían a este acto. Fue verdaderamente edificante contemplar a los descendientes del destacamento español de Baler estrecharse en un abrazo con los de los katipuneros filipinos que les asediaban. Todo un ejemplo de reconciliación y de amistad, como así lo reconoce la declaración de intenciones de la ley filipina: “para recordar el acto de benevolencia que ha allanado el camino para tender una mejor relación entre Filipinas y España” y “para conmemorar los lazos culturales e históricos, la amistad y la cooperación entre Filipinas y España”.

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Más tarde, ya frente a la emblemática iglesia de Baler se celebró el acto central del día, copresidido por el Secretario de Defensa filipino y el Embajador de España en Manila. Flanqueados por una unidad del Ejército filipino, que portaban las Banderas de Filipinas y España, se acercaron a la fachada de la iglesia para depositar una corona de flores. Este sencillo acto y rememorando 120 años después la salida de los 33 cazadores del 2º Batallón Expedicionario español supervivientes, fue seguido por la salida de la misma iglesia de los 25 españoles pertenecientes a la Asociación Nacional Últimos de Filipinas, Héroes de Baler, portando una simbólica bandera de España con el escudo que regía en 1898.

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Los descendientes de aquellos esforzados soldados, seguidos del resto de los que nos sentíamos unos expedicionarios más, conscientes del momento histórico que estábamos recreando y con la emoción a flor de piel, pasamos ante las autoridades y entre las filas de soldados filipinos que presentaban armas hasta el mismo lugar en el que se había depositado la corona anteriormente, procediendo a depositar la nuestra. Un artístico centro de flores que componían la bandera filipina y española abrazándose. Inenarrables las emociones que cada uno experimentó, inenarrables.

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A continuación, en la contigua plaza del ayuntamiento, nutrida de balearenses que portaban banderitas filipinas y españolas y bajo un calor sofocante que nos acercó aún más a los padecimientos de los soldados a los que veníamos a honrar, tuvo lugar un acto formal, los discursos. El embajador español lo dijo muy claro: "El sitio de Baler es un ejemplo de reconciliación, de perdón y de reencuentro en la batalla entre dos pueblos". Aurelio Calvo, presidente de nuestra asociación distinguió al alcalde de Baler y entregó una placa conmemorativa de nuestra salida de la iglesia, mientras que Jesús Balbuena (del que aquí apenas nadie conoce, pero que ha sido nombrado hijo adoptivo de Baler) resumía en nombre de todo el grupo los sentimientos que nos embargaban.

 

Más tarde en ayuntamiento fuimos invitados a un almuerzo que compartimos con descendientes de Katipuneros. ¿Se pueden imaginar a Jesús Balbuena, descendiente como ya he dicho del cabo García Quijano, compartir micrófono y relatos con el descendiente de Simón Tecson, el jefe de los sitiadores, ante quien capituló El Teniente Martín Cerezo con todos los honores? Una vez más, queridos lectores, una lección de amistad y reconciliación de las buenas, de las que nos hacen tanta falta en esta piel de toro. Concluyó el almuerzo con la proyección del documental “Los Últimos de Filipinas. Regreso a Baler” https://baleria.com/wordpress/documental-los-ultimos-de-filipinas/ del propio Jesús Balbuena que, recogiendo testimonios de descendientes de ambas partes, trata de extraer las mejores enseñanzas de todo aquello. Con una visita al museo de la ciudad de Baler en el que están ampliamente recogidas las vicisitudes del asedio, se ponía el broche final a nuestra visita a la ciudad.

A nuestro regreso a Manila bajo una lluvia torrencial, visitamos el Casino Español de aquella ciudad. Un edificio que aun reconstruido tras la destrucción de la ciudad, conserva su sabor colonial español, incluido un notable frontón Jai Alai. Allí pudimos degustar el mismo menú con el que fueron obsequiados por la comunidad española en la ciudad, los supervivientes de Baler, antes de emprender el viaje a España a bordo del vapor Alicante. 

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No podíamos irnos de la ciudad sin visitar al día siguiente “Intramuros” la ciudad española de la que les hablaba al principio. Por la noche, tuvimos el privilegio de ser invitados a cenar en la residencia del Embajador Moragas, al que el presidente de la asociación le impuso la medalla de honor de la asociación. Sin dudas se lo merecía.

 

Y regresamos a España y nos dispersamos por toda la geografía peninsular e insular. Lo hemos hecho conscientes de haber vivido un momento singular, quizás irrepetible en nuestras vidas que se sublima en la salida de la iglesia de Baler, recreando 120 años después aquella trágica y magnifica página de nuestra historia, y la del pueblo filipino que se afanan – más de un lado que del otro – en estrechar lazos de amistad recordando a los que nos precedieron y con honor, valor y esfuerzo han hecho verdad aquel ripio:

No hay un puñado de tierra sin una tumba española

Ojalá cunda este ejemplo y en el futuro proliferen jornadas semejantes de recuerdo, exaltación de valores y de reconciliación. Ocasiones no han de faltar, solo hace falta como tantas veces: querer, saber, poder y tal vez algún apoyo institucional.

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Adolfo Coloma

Veterano soldado de España y miembro de la asociación nacional Últimos de Filipinas Héroes de Baler

(Fotos del autor)