Terminado de escribir en 1520, “El arte de la guerra” es uno de los escasos libros que el florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) publicó en vida.

 

En cuanto “diálogo” típicamente renacentista, El arte de la guerra recurre a esta fórmula entonces tan habitual, caracterizada por su fluidez y extroversión, lo que ayudaba a crear una mayor inmediatez entre el lector y el texto. Para ello, Maquiavelo, tras una introducción descriptiva que no es sino presentación del cuadro donde va a trascurrir el diálogo, nos presenta a sus cinco conversadores: por una parte, Fabrizio Colonna, álter ego de Maquiavelo, y que llevará el mando; nos es presentado en estos términos:

 

“Al volver Fabrizio Colonna de Lombardía, donde había ejercido la milicia mucho tiempo, con gran gloria, al servicio del Rey Católico, decidió, al pasar por Florencia, detenerse algunos días en esta ciudad para visitar a su excelencia el Duque y para volver a ver a algunos caballeros con los que antes había tenido amistad. Cosimo lo invitó a sus jardines…”

 

Y flanqueándolo, los otros cuatro conversadores: Cosimo Rucellai y sus amigos Zanobi Buondelmonti, Battista della Palla y Luigi Alamanni; frente a Fabrizio, cuyo diálogo llevará la voz cantante, estos cuatro personajes desempeñan un papel menor, dedicándose a realizar las preguntas que Fabrizio responderá a través de desarrollos explicativos y aclaratorios que se sucederán a lo largo de los siete libros que componen El arte de la guerra. Procurando buscar la naturalidad de lo espontáneo, Maquiavelo introduce alguna que otra pregunta marginal por parte de los conversadores secundarios que descentra el tema por unos momentos para luego volver a encauzarlo con mayor ímpetu; con este recurso, la atención intermitente del lector es avivada de nuevo.

 

A través del personaje de Fabrizio iremos descubriendo las peculiaridades del “arte de la guerra” y la absoluta precisión y control que implica dicho arte para así obtener una victoria, se pierdan las vidas que se pierdan. Las descripciones que Maquiavelo hace de los movimientos de los batallones son muy técnicas y detalladas, por completo abstractas (las figuras humanas pasan a ser signos intercambiables referidos en el plano), hundiéndose en ocasiones en una prolijidad sólo aminorada por la ilustración de dichos movimientos por medio de ejemplos históricos que lo respalden en su descripción (ejemplos especialmente tomados de la antigüedad greco-romana, todo ello salpicado de múltiples datos y anécdotas acaso accesorias pero que amenizan mucho el texto, liberándolo de la soporífera naturaleza del tratado militar al uso).

 

La lección empírica que del arte de la guerra expone Fabrizio reposa pues sobre la guerra tal y como la concebían los antiguos, por una parte, y tal y como la practican sus contemporáneos, por la otra, encontrando más racional, valerosa y capacitada la de los primeros que la de los segundos; esta crítica al sistema bélico de entonces es totalmente propia de Maquiavelo, quien para mejorarla propone un remedo consistente en la mezcla de lo mejor de sendas épocas. Sea como fuere, la intención del libro es eminentemente práctica, por lo que todo cuanto propone queda perfectamente integrado en su complicado contexto.

 

Así, y como ya hemos indicado, El arte de la guerra consta de 7 libros; sus contenidos son los siguientes, a saber: en el libro primero, se trata la cuestión del reclutamiento de la milicia; el libro segundo afronta la cuestión de la infantería y la caballería, estudiando la instrucción de los soldados; el libro tercero explica el sistema de combate; el cuarto, la psicología del soldado durante el combate; el quinto hace lo propio con el enemigo y sus motivaciones; el sexto analiza el modo de acuartelamiento; y el séptimo se centra en las fortificaciones defensivas.

 

 

La ruptura de lo político con lo moral

 

 

La guerra es la actividad clave de la vida política: la guerra implica la violencia: la violencia presupone la negación del hombre-súbdito y la posibilidad afirmativa del héroe que cohabita en el corazón de cada hombre. Lo político marca así una ruptura con lo moral mismo. Ya no basta una moral: la guerra como negación de la moral es una moral-amoral cuyo objetivo es afianzar el poder del Uno (el Príncipe) a costa de todos (los súbditos); y entre medias, la vida política, que es la expresión de la amoralidad llevada a su límite extremo.

 

El político ideal, según Maquiavelo, será por tanto una mezcla de “ferocísimo león” y “astutísima zorra”, tal y como nos recuerda nuestro hombre en El Príncipe: la ferocidad del león como violencia actuante, la astucia de la zorra como frío cálculo premeditado para propinar la embestida con la mayor presteza posible; esto en cuanto a sí mismo como Príncipe-político; pero en cuanto a los otros, será el contrapunto ideal para ser temido a la par que reverenciado.

 

Si esta puesta en escena es aplicada a la vida cortesana, su traslado al campo de batalla no requiere de mayores preámbulos: es la misma realidad, sólo que liberada del maquillaje y los oropeles de la vida ordenada.

 

 

Tres conceptos esenciales, y su aplicación

 

 

Antes de avanzar, será preciso indicar los principales conceptos que jalonan el pensamiento de Maquiavelo, sin los cuales es imposible siquiera hacerse una cierta idea de sus intenciones. Estos conceptos son tres: “virtud”, “ocasión” y “necesidad”; a los que habrá que sumar un cuarto: “fortuna”.

 

Por virtud Maquiavelo entiende “valor” o, más concretamente, “valía” en tanto que capacidad actuante. El concepto de ocasión se refiere exclusivamente al hecho temporal enmarcado en su momento preciso, cual instante; la ocasión, por ende, irá ligada a la virtud: se requiere de la ocasión para aplicar la virtud, esto es el valor para actuar en el justo momento, aquél que permita con mayores posibilidades el éxito de la empresa a consumar. En cuanto al concepto de necesidad, se trata en realidad del intermediario entre la virtud y la ocasión, el propulsor de los mismos: la “necesidad” es necesaria a priori: ella facilitará a la virtud intervenir en el momento preciso, así la ocasión.

 

Sobre estos tres conceptos se edifica la política realista de Maquiavelo, que es la de la política en tiempo de paz, y cuyo reverso no es otro que la guerra. Toda la lectura de El arte de la guerra aparece punteada por esta tríada indisociable del hecho político.

 

En tanto que la batalla es el centro mismo del arte de la guerra, deviene “necesidad” (“la necesidad se produce cuando se comprueba que, de rehuir el combate, no hay más perspectiva que el desastre, como ocurriría si, por falta de dinero, el ejército corriera el peligro de disolverse”) que propicie la “ocasión”, y ésta será en efecto aquella que más adecuada se muestre al caso, es decir que ofrezca ventajas, garantías de vencer al enemigo. La “virtud”, en consecuencia, radicará en los objetos actuantes, la milicia, cuyas fuerzas deberán ser insufladas en el momento preciso, bien por sí mismas y en beneficio de sí mismos, así su supervivencia, o bien por el propio General, que en su facultad de tal, además, debe ser un gran orador, pues a los hombres en masa no se los puede convencer por medio de la fuerza, sino de las palabras.

 

Faltaría sumar a estos tres conceptos un cuarto que sólo puede entenderse como resultado de la plena armonización de éstos: el de fortuna.

 

 

La naturaleza humana y la violencia. Los ejemplos de la historia

 

 

La gran aportación de Maquiavelo a la filosofía es su idea de la naturaleza maligna del ser humanoEl arte de la guerra es la puesta en práctica de todo cuanto en la política exterior de El Príncipe es compendiado. Existe entre estas dos obras un diálogo oculto que esclarece la continuidad que ofrece la una con respecto de la otra. Pero volvamos al tema de la naturaleza humana en Maquiavelo.

 

En efecto, la naturaleza humana es (y sólo es) aprehensible desde la perspectiva de los tiempos (en esto Maquiavelo resulta ser un claro precedente historicista), puesto que los problemas humanos han venido siendo los mismos desde tiempos inmemoriales, y así los hombres (en esencia -según el florentino- todos corrompidos) han actuado del mismo modo a través de las épocas, es decir en beneficio de sus propios intereses, desde la adquisición de bienes materiales hasta de placer.

 

De esta actitud, Maquiavelo distingue dos tipos humanos básicos: el primero, aquél que está formado por los que aspiran al poder, al que se adscribe una cierta minoría, la de los individuos con ambiciones; y el segundo, aquél que está formado por los que aspiran al orden, en el que puede integrarse la gran mayoría. Los primeros, como sujetos activos, tienden a la lucha, y como el Príncipe, como el político, basan su actividad en la violencia del choque; los segundos, como sujetos pasivos, tienden a la sumisión del mercader para con su cliente, y como el burgués decimonónico, muestran un total desinterés por lo político, en tanto que evento externo al devenir de sus vidas, que en poco difiere de una economía bien regulada (y una digestión saludable); se podrá observar que el segundo grupo anticipa el estrato de mediocridad actual del hombre-masa. Empero, para Maquiavelo lo importante no es esta dualidad, sino la armoniosa ligazón entrambos grupos.

 

El tema de la naturaleza humana no está tan desarrollado en El arte de la guerra como en El Príncipe, aunque Maquiavelo dispersa por el camino no pocos ejemplos que deben ser entendidos como una indicación; son, por tanto, los grandes hombres (las figuras políticas de primer orden, esos “leones-zorra” que tanto proliferaron en la Antigüedad) los que escriben la historia de la humanidad.

 

Todo El arte… está trufado de ejemplos de quienes han aportado saber a Maquiavelo (en este caso a través de sus obras/batallas), ampliando su idea de la naturaleza humana: C. Julio César, C. Pompeyo Magno, Aníbal, P. Cornelio Escipión el Africano, Asdrúbal, Lucio Sila, M. Claudio Marcelo, P. Elio Adriano, Septimio Severo, L. Emilio Paulo, Marco Antonio, L. Licinio Lúculo, Ciro, Artajerjes de Persia, Mitridates IV del Ponto, Epaminondas, Yugurta, Filipo II de Macedonia, etcétera, son otros tantos nombres históricos que han trascendido por su temple y sus hitos bélicos, así como los verdaderos protagonistas de El arte de la guerra; sin embargo, podemos observar cómo predominan por encima de las demás personalidades, las grandes figuras romanas. Maquiavelo aduce una explicación muy coherente:

 

El hecho de que los más famosos sean los romanos se debe a la parcialidad de los historiadores, que centran su atención en los que triunfan, conformándose normalmente con honrar a los vencedores”.

 

Más allá de su astucia y su valentía, unas veces saldada en éxito y otras en fracaso, todos estos personajes ejemplifican la violencia como centro del conflicto de la naturaleza humana que se lucha por encima de todo en el campo de batalla.

 

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Algunas de las principales ideas de la guerra referidas por Maquiavelo

 

 

Señalaremos a continuación algunas de las principales ideas que Maquiavelo refiere a lo largo del tratado sobre el arte de la guerra. La primera frase del libro, al comienzo del Proemio, contiene esta afirmación, fundamental para comprender sus postreras intenciones:

 

“No hay dos cosas que menos se acomoden entre sí y sean más discordantes que la vida civil y la militar”.

 

Así es: se trata de uno de los tópicos que Maquiavelo quiere desterrar y que explican de algún modo la mala gestión de las guerras en tiempos de Maquiavelo. Su idea es mirar al pasado grecorromano, cuyas instituciones armonizaban lo civil y lo militar como un todo: sólo así es posible el buen funcionamiento de la vida militar.

 

Maquiavelo refuta su política de la guerra desde unos presupuestos esencialmente prácticos, oponiendo la valentía (que en ningún momento tiene que ser un aspecto positivo) a la honradez:

 

“Pompeyo, César y la mayoría de los generales romanos posteriores a la última guerra púnica se hicieron famosos por su valentía, no por su honradez”.

 

El hecho bélico no es cuestión de azar, sino de precisión matemática. El ejército debe ser como un organismo dinámico y autónomo capaz de defenderse por todos sus frentes. Una parte débil o mal defendida puede suponer la catástrofe total:

 

El mayor error que se puede cometer al disponer un ejército en orden de combate es darle una sola línea de frente y hacer que el éxito dependa de un solo ataque”.

 

En cuanto a las tecnologías últimas, caso de la artillería, a parte de su mala eficacia para dar en el blanco y su aparatosidad, son desaconsejables porque pueden sumir en el caos al propio ejército:

 

El caso es que resulta más importante evitar ser bombardeado que bombardear uno al enemigo”.

 

Lo mismo puede aplicarse a los elementos físicos en el momento de la batalla:

 

“Nada origina más confusión en un ejército que el impedirle la vista; muchos poderosos ejércitos han caído derrotados porque los soldados no podían ver a causa del sol o del polvo”.

 

La guerra, como el teatro, es una escenificación en la que valen los más variopintos recursos con tal de obtener una cierta ventaja sobre el adversario:

 

“Si el terreno lo permite se suele, como hemos señalado, engañar al enemigo tendiéndole emboscadas”.

 

Al enemigo hay que tratarlo como un igual; sólo así es posible conocer el verdadero alcance de sus actos:

 

Jamás hay que pensar que el enemigo no sabe lo que hace”.

 

La figura del General debe irradiar solidez, pero su fuerza como individuo no es suficiente, ya que requiere al menos de una camarilla de leales súbditos que acaten sus órdenes sin rechistar:

 

“Lo más importante y útil para un general es saberse rodear de lugartenientes fieles, expertos en la guerra y prudentes”.

 

Al final, lo que de veras prima es el sentimiento de supervivencia, por encima incluso de todos aquellos elementos positivos y estimulantes, como la confianza:

 

“La confianza la dan las armas, la organización, las victorias recientes y la fama del general […] Las necesidades pueden ser muchas, pero ninguna es más fuerte que la que obliga a vencer o a morir”.

 

 

Lo implícito de la lectura de Maquiavelo. El fin (no siempre) justifica los medios

 

 

La lectura política de Maquiavelo dice: “el fin justifica los medios”; la lectura filosófica, en cambio, induce a relativizar este axioma. No es una obviedad, sino el fondo mismo del pensamiento ambivalente de Maquiavelo, en apariencia tan contradictorio.

 

Puesto que el hecho central de la vida política es la guerra, Maquiavelo (en El arte de la guerra) sólo atiende a su fin: mostrar cómo ésta debe ejecutarse. Esto podría dar una imagen belicosa del florentino, pero realmente no es así, por mucho que su biografía esté salpicada de detalles ambiguos. La actualidad de Maquiavelo se debe sobre todo a su desapasionada forma de exponer. Late tras todo este sistema político una visión totalmente pesimista del ser humano. Y en esto nuestro autor es moderno, porque al tratar el conflicto desde dentro, prefiere omitir el “problema humano” (lo concreto) para centrarse de lleno en la propia “naturaleza humana” (lo absoluto), que en sí misma atañe al problema, cierto, pero desde su perspectiva más quebradiza, esto es al tratar a todos los hombres como uno solo.

 

Podemos concluir así que la violencia en Maquiavelo conlleva implícito un alejamiento de la violencia.

 


BIBLIOGRAFÍA

 

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