Ha pasado sin pena ni gloria, salvo para Vox, el aniversario del asesinato de José Calvo Sotelo. El hecho en sí nos da una medida del absurdo de la Segunda República. ¿Qué pensaríamos hoy si, animada por alguien del gobierno, una banda de matones sacara de su domicilio al líder de un partido de la oposición y, tras darle una paliza, le asesinara a tiros junto a la tapia del cementerio? Hace falta mucho cinismo y mucha cara dura para intentar colocar a aquél régimen, superpoblado de mediocres y de asesinos –y no se en qué proporción- dentro del “pedigree” que conduce a un país demoliberal moderno.

Pero no escribimos esto para contar por enésima vez los desmanes del gobierno de la Segunda República si no para constatar la decrepitud política de los dirigentes del presente régimen. Dicho de otro modo, para constatar la decadencia de la clase política actual, sin lustre y sin más bagaje intelectual que le retórica fácil que buscan los periodistas.

Volviendo a José Calvo Sotelo, fácil es homenajear a alguien víctima de un asesinato tan injusto. Pero solo cuando uno indaga en su formación y en lo que tiene que decir al mundo se toma cuenta de la importancia que la pérdida de José Calvo Sotelo tuvo para España. Ya en 1938, en plena Guerra civil, la editorial “Cultura Española” del bando nacional publicó  en Valladolid el texto de una conferencia leída por José Calvo Sotelo el 30 de noviembre de 1936 ante la Academia Nacional de Jurisprudencia y Legislación. El texto apareció bajo el título “El capitalismo contemporáneo y su evolución” y consistía en un análisis extensivo del capitalismo del primer tercio del siglo XX.

Algunas pinceladas sobre la obra. Curiosamente, y lejos de lo que cabía esperar, Calvo Sotelo no se enreda en la condena retórica del capitalismo, al modo en que la izquierda de por entonces solía hacer. Más bien pone en claro algunas ideas en torno a las cuales aduce una importante cantidad de bibliografía, demostrando su profundo conocimiento de la cuestión tratada. Así, guiado en buena parte por la crítica al capitalismo de Werner Sombart, la “poda” que Calvo Sotelo realiza del capitalismo deja  finalmente a este en la mera iniciativa privada, al tiempo que lo despoja de defectos en el fondo consustanciales al capitalismo de entonces y que, hoy, no han hecho más que agravarse. El autor distingue entre capitalismo empresarial y capitalismo financiero y estudia detenidamente las distorsiones del poder que este introduce en una función que legítimamente pertenece al Estado y que él llama “las subversiones del capitalismo financiero”. Calvo Sotelo habla de la concentración de poder en los países occidentales y del “colosalismo” de la economía soviética, a la que acusa de fracasada por aumentar la producción sin redistribuir la riqueza de manera justa y proporcionada. Además, tuvo la clarividencia de percatarse, ya en su tiempo, de que la Economía liberal acababa engendrando un modelo en que la “libre competencia” quedaba necesariamente excluida.

Hay que subrayar que en todo el texto aparece claro que Calvo Sotelo veía la función económica –no la “ciencia”, que tanto les gusta decir a los liberales- como una herramienta del poder sometido a la ética y, en definitiva, a una antropología que él, como cristiano, remitía, en concreto, a la encíclica de Pío XI “Quadragesimo Anno”. Así mismo, es de destacar la importancia que Calvo Sotelo otorgaba al salario, como verdadera “prueba del nueve” del éxito o fracaso de una economía.

Todo esto nos lleva ante la evidencia de que una cosa es homenajear a Calvo Sotelo, víctima de un régimen criminal, y otra muy distinta dar a conocer lo que él tuvo que decir al mundo. Desde luego, no cabe duda de que, de haber resucitado en nuestra época se hubiera vuelto a morir ante el profundo desprecio con el que una economía exclusivamente puesta al servicio del dinero trata cada vez más a un mayor número de personas. Es lo que pasa cuando uno se pregunta, más que por este o aquel gesto contingente, por el tipo de sociedad que se quiere tener. Esto es sin duda algo que pasan por alto tan a menudo nuestros políticos. Se hace cada vez más evidente que, para nuestra desgracia, estamos en manos de los peores que pudiera haber: aquellos que ni siquiera saben por qué hacen lo que hacen. Algo muy diferente de lo que en su día pretendió José Calvo Sotelo.

 Por Eduardo Arroyo