Durante la intensa madrugada del 18 de julio, el presidente del Gobierno, Casares Quiroga, no sólo se vio inmerso en múltiples consultas y abrumado por las numerosas informaciones que recibía, no pocas contradictorias. También tomó decisiones, una de ellas sentaría un grave precedente al convertirse en pauta exclusiva del bando frentepopulista durante toda la guerra.

 

Casares concretó con el Gral. Núñez del Prado, Inspector de Aviación, y el Cte. Hidalgo de Cisneros, desde hacía tiempo afiliado en secreto al PCE, varias acciones aéreas tendentes a intentar neutralizar el Alzamiento. Entre ellas destacó la decisión de bombardear las ciudades en las que sus guarniciones militares habían secundado la sublevación mayoritariamente

 

A tal fin, ordenó la requisa de un DC-2 y dos Fokker de las Líneas Aéreas Postales Españolas (LAPE), todos ellos de gran autonomía para la época, que partieron con las primeras luces del alba con destino al aeródromo de Tablada, en Sevilla, cuyo jefe, el Cte. Martínez Esteve, había sido advertido de que procediera con urgencia a armarlos --por ser aviones civiles tenían que llevarse a cabo algunas modificaciones--, municionarlos y repostarlos para que de inmediato pudieran operar contra Tetuán y Ceuta. Otros once aparatos de diversos tipos partían en estas primeras horas de la mañana de Getafe con destino a la base de los Alcázares (Murcia), para desde ella operar contra Melilla.

 

Sobre las nueve de la mañana aterrizaban en Sevilla el DC-2 y los dos Fokker de la LAPE. Cuando se estaba procediendo a su urgente adaptación, un oficial de la base, el Tte. Miguel Martínez Vara de Rey --quien previamente había pasado por una iglesia a comulgar, según relataría más adelante--, en solitario, armado con un fusil y en su vehículo particular, conocedor de la misión encomendada a dichos aviones, dispuesto a impedirlo a toda costa, irrumpió en la pista efectuado varios disparos contra los aparatos, logrando causar algunos daños en sus motores --especialmente en los del DC-2--, inutilizándolos en parte. La reacción de las respectivas tripulaciones y algunos soldados del aeródromo fue instantánea organizando la “caza”de dicho oficial que, refugiado en un hangar, pudo ser rescatado con vida in extremis--había resultado herido de bala en la pelvis-- gracias a la intervención del jefe del aeródromo quien logró imponerse a los perseguidores, deteniendo a Vara de Rey; aunque se lograría reparar los daños de los aparatos, desde Madrid se dio orden de que regresaran a la capital, lográndolo sólo el DC-2 y un Fokker, ya que el otro tuvo que regresar a Tablada al poco por avería.

 

Pero no por lo anterior el Gobierno frentepopulista había decidido suspender los bombardeos sobre las ciudades sublevadas de Marruecos. Mientras que a media mañana un avión procedente de Málaga arrojaba varias bombas sobre el aeródromo de Sania Ramel en Tetuán, otro lo haría a las 13,00 h. sobre el bazar del barrio moro que a esas horas estaba en plena efervescencia provocando quince muertos y varias decenas de heridos, todos ellos civiles.

El objetivo de tan deleznable acción, precedente, como hemos dicho, de la execrable pauta que a partir de este instante sería una de las varias señas de identidad del bando frentepopulista, es decir, el bombardeo indiscriminado de poblaciones civiles sin interés militar ninguno –Melilla sería bombardeada varias veces a partir del 21 de julio--, era soliviantar a la población mora para intentar que se levantara contra los sublevados culpándoles de sus males, abriendo un peligrosísimo frente interno en donde más les podía perjudicar, pues nada peor para el Alzamiento en el Protectorado en momentos tan delicados, máxime teniendo en cuenta que buena parte de las fuerzas sublevadas en Marruecos estaban integradas por moros.

 

Debido a las numerosas víctimas causadas entre la población mora por el bombardeo, tal y como preveía Madrid, comenzó a organizarse una corriente de protesta contra los sublevados culpando a “los españoles”del terrible mal. El asunto intentó ser rápidamente aprovechado por el líder independentista Abdejalak Torres para organizar una manifestación por las calles de la ciudad a la que se unió un gran gentío cada vez más exaltado, presentando lo sucedido como una muestra de los perjuicios que las disputas entre españoles podían acarrearles. La tensión subió de tono y el peligro para los recién sublevados fue particularmente grave, pues lo último que podían querer era una rebelión mora.

 

Muy consciente de ello, el Tte. Col. Beigbéder –reconocido africanita--, visitó al Gran Visir, Sidi Ahmed-el-Ganmia, el cual, a pesar de su avanzada edad –ochenta años-- y de su inestable estado de salud, no dudó en montar a caballo y dirigirse al bazar recorriendo las calles de Tetuán calmando y pacificando a las gentes, aplacando los ánimos y reconduciendo la situación haciendo valer su elevado estatus político, social y, sobre todo, religioso; por tal hecho, Franco le concedería la Laureada de San Fernando en reconocimiento y agradecimiento por tan importantísima intervención.

 

Pero aún habría más, porque a partir de ese instante y debido sobre todo al prestigio y respeto que entre los moros tenían los mandos sublevados, éstos conseguirían su adhesión incondicional a la causa del Alzamiento, lo que harían saber públicamente los máximos jefes de las cabilas, como sería el caso, por ejemplo, entre otros muchos, del caídde la famosa y aguerrida tribu de los Beni-Urriaguel --en otros tiempos la más levantisca, de la que fuera originario Abd-El-Krim--, quien llegaría a remitir a Franco una carta profética de intenso calado “...al glorioso héroe, tan afortunado de mano, alma y corazón, el General Franco... deseamos ayudar a tu Ejército con nuestras haciendas para conseguir que España vuelva a ser lo que era... nuestros hombres, que irán contigo, no han de dejar a vuestros opresores un solo lugar de España donde refugiarse... con el imperio de Dios a nuestro lado extirparemos el mal de esa tiranía... no regresaremos de España hasta que los mayores y los menores gocen de vuestra paz... ya veréis como a nuestros heroicos hombres no les importa la muerte...”.

 

Mientras los frentepopulistas se cubrían tan tempranamente de ignominia, los alzados conseguían un triunfo de inmensas consecuencias para el futuro inmediato.