Esta semana se cumplen 80 años del final de la guerra civil española. Y es momento, como es lógico en estos tiempos, de reescribir determinados aspectos de este conflicto bélico tan polémico de nuestra historia reciente y especialmente del anterior periodo republicano. 
 
Como ya pudimos ver en esta misma página en mi artículo sobre la Falange y la violencia, toda una suerte de nueva corriente historiográfica tendió a aligerar la responsabilidad del conflicto bélico a los excesos violentos de una falange conflictiva durante el periodo republicano, y a unos militares alzados que, desde hacía tiempo tenían planificada una revancha violenta y agresiva contra los militantes frentepopulistas, ignorando de ese modo cualquier implicación, igualmente violenta durante los años republicanos, de las izquierdas, y más especialmente del convulso socialismo español del periodo. 
 
Es significativa, de hecho, una declaración de Alejandro Torrús aparecida estos días en Público al respecto, que afirma que;
 
"Que hubo represión y asesinatos extrajudiciales en la España republicana es una realidad innegable. Pero hay que establecer varias diferencias. Por una parte, la represión de los franquistas fue, en palabras del historiador Paul Preston, aproximadamente tres veces superior a la de la zona republicana. 

 

Asimismo, es importante tener en cuenta que los golpistas del 18 de julio tenían, al menos, un boceto de plan de exterminio premeditado contra todo aquel que pensara diferente. Prueba de ello son los contratos de compra de material bélico antes del 18 de julio y las instrucciones del director del golpe, el general Mola, que tres meses antes de levantarse en armas ya hacían referencia a una sublevación "sangrienta".

Con dos párrafos sencillos, el escritor excusa cualquier tipo de excesos cometidos en la retaguardia republicana (Usera, Paracuellos...) con el manido argumento de que la represión franquista fue aún mayor, ignora el papel violento de las izquierdas en el anterior periodo republicano y atribuye toda responsabilidad del conflicto a un plan "premeditado" de los militares alzados. Que hubo excesos represivos violentos en la retaguardia nacional es algo innegable que no se puede poner en duda. Que había un cansancio y hartazgo en determinados sectores políticos y militares antes del 18 de julio que llevó de forma igualmente innegable a preparar clandestinamente el alzamiento militar es igualmente algo probado. Pero que hubo una actitud y una práctica violenta en el seno del socialismo español en los años previos al estallido de la guerra civil y que contribuyó a caldear el ambiente que derivó en la guerra es algo que, hasta ahora, ha sido puesto en duda cuando no abiertamente ignorado.

Y es que, frente a la condena y actitud hostil de la violencia y de las actitudes y tácticas agresivas por parte de José Antonio Primo de Rivera desde el primer momento, así como su rechazo a los que usaban desde dentro de sus filas la violencia gratuitamente (algo que le costó el reproche público del periodista Álvaro Alcalá-Galiano en el ABC de la época) contrastaba radicalmente en esos años 30 de la República con el lenguaje y los métodos empleados por sus rivales políticos, los socialistas, que desde el primer momento y especialmente durante septiembre y octubre de 1934, en el contexto de la revolución de Asturias de 1934 no dudaron en hacer llamadas constantes a tácticas armadas contextualizadas en su rechazo a que la CEDA, el partido que gana las elecciones de 1933, entre en el gobierno radical lerrouxista.

Así se desprende de los editoriales del portavoz del PSOE, El Socialista, del día 25 de septiembre de 1934 donde declaraban;

"Nuestros temores están, archijustificados. Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía. En periodo revolucionario no hay país que no esté en guerra.

Bendita la guerra contra los causantes de la ruina de España. Si los republicanos que se preparan a tomas el poder, no se encuentran en condiciones de abatir al coloso feudal, quédense en casa".

 

Dos días después, el mismo periódico en un artículo del 27 de septiembre de 1934 afirma;

"Convénzanse los obreros y los intelectuales que aún no lo están de que los paños calientes favorecen al fascismo, de que mientras existan clases privilegiadas no es posible la República que no sea un trasunto de la monarquía, de que toda eso de la libertad y la democracia es literatura.

La experiencia republicana está hecha, magníficamente hecha, aunque se hable de errores. Con la bandera de la democracia no se puede ir más lejos de lo que se fue en el bienio. Hay que dar un salto mayor".

 

Y en los momentos mismos del inicios de la insurrección revolucionaria, el 4 de octubre de 1934 afirma;

"Transigir con la Ceda en el Poder es conformarse buenamente con una restauración borbónica. Es admitirla corno inevitable. ¿Se avienen a eso los republicanos? Nosotros, no. Seguimos siendo intransigentes en alto grado. La Ceda es el desafío a la República y a las clases trabajadoras. Y nadie puede jactarse hasta ahora de habernos desafiado con impunidad y sin que le ofreciésemos, inmediata y eficaz, nuestra respuesta.

Recapitulemos un instante: ayudamos a la implantación de la República, nos avinimos a que se encauzase por un derrotero democrático y parlamentario; todo eso hicimos y mucho más. ¿Es que se nos puede pedir que nos crucemos de brazos ante el peligro de que la República pacte su propia derrota? ¿Quién es el que puede hacernos esa petición? Que se yerga. Que asuma la responsabilidad de tamaña demanda".

 

Esta "resignación" ante las vías democráticas y parlamentarias ante el verdadero objetivo de implantar su propio modelo de estado para los socialistas no son una excepción o un calentón del momento. Uno de los más significativos líderes del partido, Francisco Largo Caballero, afirmaba en el discurso dado en Don Benito-Badajoz el 8 de noviembre de 1933, según en el artículo "Discurso de Largo Caballero en Don Benito instando a la Guerra Civil" Eduardo Palomar Baró;

"Mucha gente, y sobre todo en el extranjero, elogió aquel sentir típico de España, que el 12 de abril se desembarazaba de los obstáculos tradicionales pacíficamente. Pues yo os digo que este movimiento pacífico que entonces nos pareció digno de alabanza, fue el primer error de la revolución española. No les extrañe que si la historia se repite y es preciso volver de nuevo a un movimiento revolucionario, éste no sea pacífico. Y la culpa será de ellos.

Fuimos a unas Cortes, prematuramente, antes de hacer la revolución, para que luego la hubiera sancionado el parlamento. Que no extrañe a nadie que si otra vez nos vemos en parecidas circunstancias, el pueblo se acuerde que fue un error ir tan precipitadamente a la convocatoria de un Parlamento.

La masa obrera está hoy más que nunca con los socialistas. Y si pudierais no celebraríais las elecciones, porque sabéis que los socialistas vamos a aumentar nuestra representación parlamentaria.

Hay que tener el Poder judicial, que hoy está en manos de la burguesía. Y todos los medios coercitivos del Estado. Pero no los resortes de Gobierno creados por la Monarquía, sino los que instaure el propio Poder socialista. Es preciso, para que haya un Poder socialista, tener en la mano todas las palancas del Gobierno. Se dirá: « ¡Ah, ésa es la dictadura del proletariado!» Pero, ¿es que vivimos en alguna democracia? Queremos tener todo el Poder político.

Por consiguiente, la aspiración del Partido Socialista no es la de ganar las elecciones para tener el gusto de arrebatar, nada más que porque sí, el triunfo a las derechas, sino para inaugurar una nueva etapa revolucionaria. Vamos, repito, hacia la revolución social. Y yo digo que la burguesía no aceptará una expropiación legal. Habrá que expropiarla por la violencia.

Mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia. Nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la evolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente.

Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil. No nos ceguemos, camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no una bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista".

Estas palabras de El Socialista y de Largo Caballero en 1933 y 1934 surtieron finalmente su efecto y la plana mayor del socialismo español se echó a la revolución en octubre de 1934, especialmente en Asturias, donde tomó cuerpo. Y en esta revolución contra la democracia republicana tomaron parte no los militantes de base si no los altos mandos del partido a nivel nacional. Ejemplar caso aquí es el de Indalecio Prieto, líder socialista que llegó a ser Ministro de Hacienda y Obras Públicas en el primer gobierno azañista, y que participó, nada menos, que en una operación de contrabando y tráfico de armas para realizar la revolución en 1934.

Según el artículo "Indalecio Prieto saca su pistola amenazando con ella a los Diputados" de Eduardo Palomar Baró nuevamente, y citando al propio Prieto en su libro "Memoria de Prieto. Convulsiones en España", éste afirma que;

"En 1934, los organizadores del movimiento revolucionario, que tuvo por eje al Partido Socialista Obrero Español, para anular el hecho insólito de que se abriera paso hasta el Gobierno a personas que, por ser adversas a los principios fundamentales de la República, se abstuvieron de dar su voto a la Constitución, entramos en negociaciones con los portugueses. Se hallaban éstos persuadidos de no poder liberar el cargamento estancado en Cádiz, y como con las pistolas de Madrid no podían hacer nada de provecho, nos lo cedieron todo.

Se les pagaron en el acto las armas cortas y en cuanto a las largas fue transferido el contrato a un francés, amigo nuestro, quien presentándose en Cádiz y previo pago concertado, se hizo cargo de ellas".

Prosigue Palomer afirmando que;

"El 9 de septiembre de 1934, se descubrió un alijo de armas en Asturias, en el cual estaba implicado Indalecio Prieto, varios diputados socialistas, concejales y otras autoridades. A primeras horas de la mañana del día 11 de septiembre de 1934 se supo en Oviedo, que en el puerto de San Esteban de Pravia había sido sorprendido un importante alijo de armas y municiones. La finalidad del alijo capturado no era otra que la de armar a los socialistas preparados para la insurrección violenta.

Indalecio Prieto era el encargado de procurar armas para la revolución. Entró en contacto con Horacio Echevarrieta, antiguo amigo, industrial bilbaíno, banquero, negociante, traficante de armas y de todo lo que pudiera dar dinero, mal pagador y en general, personaje turbio donde los hubiera. En julio de 1934, Manuel Atejada, capitán de la marina mercante, se trasladó a Cádiz. Allí compró por 70.000 pesetas el barco «Mamelena II». Lo rebautizó como «Turquesa».

El barco partió "rumbo a Burdeos". En la noche del 10 de septiembre fondeó frente a San Esteban de Pravia. Tres motoras grandes se acercaron y cargaron 80 cajas. En la orilla, furgonetas y camiones esperaban. Algunos de ellos llevaban matrícula de la Diputación Provincial. El propio Indalecio Prieto, González Peña y toda la plana mayor socialista de Asturias estaban también en la orilla, señal de la importancia del alijo.

Su propia opinión sobre la misma y su participación en ella la expuso públicamente con toda sinceridad, años después, en una conferencia pronunciada en México y editada más tarde en un libro de su autoría:

«Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario [de octubre de 1934]. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo»".

Así pues, y frente al discurso hegemónico de una revolución de 1934 legítima contra una CEDA fascistizante que amenazaba la democracia, lo cierto es que el socialismo español venía manifestando un rechazo hacia el modelo de democracia burguesa que representaban desde 1931 un sector del republicanismo moderado y conservador en favor de un modelo de República socialista que compartían con los comunistas de José Díaz Ramos. 

A pesar de ello, no fueron los socialistas, que a partir de las elecciones de febrero de 1936 coparon con el resto de fuerzas de izquierdas los resortes del poder, los que acabaron sufriendo la represión gubernamental frentepopulista por sus llamados o por sus actos si no, lógicamente, los falangistas y los sectores de derechas que poco a poco, como hemos visto, fueron polarizando junto con las fuerzas pre-milicianas el ambiente político hacia una espiral irrespirable que derivó, ahora sí, en el 18 de julio de 1936.