Entrevista al escritor e historiador José Antonio Bielsa sobre la siniestra figura de Martín Lutero.

¿Podría hacer una valoración de Lutero y del daño que hizo a la Cristiandad?

Fue Audin, en su Historia de Calvino, quien mejor definió al personaje: “Un hombre a quien la mujer es más necesaria que el pan cotidiano”. Era una creatura lujuriosa, en efecto, pero con esta tendencia irrefrenable hacia la concupiscencia o el mero fornicio no terminaríamos de “valorar” a Lutero como sujeto, pues cabría sumar a todo ello su maldad intrínseca, impiedad perpetua, envidia sublime e insondable podredumbre de espíritu, además de todo tipo de excesos propios de un energúmeno privado de la más ínfima sombra de luz del Espíritu Santo. Incluso el mismísimo Erasmo, que no pasa por ser nada sospechoso, llegó a decir de Lutero y sus secuaces que estaban, literalmente, tocados de un verdadero “furor uterino”. Los ejemplos podrían eternizarse. Pero lo cierto es que Lutero, mal les pese a muchos, no tiene nada de reformador santo: sólo fue un rebelde lujurioso carcomido por la envidia a quien le apretaba muy mucho el hábito agustino. El daño que hizo a la Cristiandad es de todo punto incalculable, y basta con buscar entre las fuentes más autorizadas anteriores al Concilio Vaticano II para confirmar, con toda su espantosa crudeza, el cáncer galopante que este hombre extraordinario desató sin proponérselo; toda la crisis de valores que asola Europa en nuestro tiempo se remonta a los hechos desencadenados por Martín Lutero.

Es una figura siniestra que no se puede salvar de ningún modo…

De ninguno. Su muerte fue terrible, propia de un desesperado, y era tal la pestilencia que desprendía su cadáver, que quienes circundaban sus despojos tuvieron que huir en desbandada, aterrados ante tan tétrico y nauseabundo espectáculo. Ese olor a podredumbre suprema desmentía ipso facto cualquier posible señal de santidad. Lutero, el hombre del invencible pecado original, el esclavo del determinismo animal, el propagador del sacerdocio universal, el negador del libre albedrío, el que afirmaba que la Santa Misa era una idolatría, murió como un apestado.

Es triste que muchos incluso católicos lo vean como un reformador…

Tristísimo. Y ya puede el obispo de Roma vestido de blanco hacer carantoñas y fotografiarse al lado de la estatuilla roja del hereje de marras, que de poco le va a servir para engañar a nadie bien informado: el católico sano, no contaminado de modernismo y neomodernismo, repele por su sana y robusta naturaleza todo aquello que huela a luteranismo. Esto es así por ley natural, tan natural como que la cabra tira al monte y el avaro a sus divisas. Lutero no reformó nada dentro de la Iglesia, puesto que apostató públicamente, violando de paso sus votos religiosos al casarse con la religiosa profesa Catalina de Bora, a la que no dejaba de perseguir por el convento a través de sus seducciones y engaños; de esta unión nacieron seis hijos.

Y que piensen que tenía razón en el tema de las indulgencias…

Sí. Hay mucho pseudohistoriador neocon que vende como humo juicios tan temerarios como estériles, opiniones antes que juicios diría, que descalifican de súbito su trabajo, y que sin saber medio nada de nada, se creen con el derecho de opinar sobre casi todo, apoyándose para postre incluso en fuentes tan poco autorizadas como escritores protestantes… En fin, es un asunto tan triste que nada perderemos si pasamos de largo de él.

La historia de Lutero y las indulgencias es bastante más simple que todas esas montañas de basura arrojadas contra la Santa Madre Iglesia con el propósito de ultrajarla. Habiendo concedido una indulgencia el Papa León X a favor de los que contribuyesen con limosnas para concluir la Iglesia de San Pedro, que no había podido terminar el gran Papa Julio II, el hereje se resintió de que se hubiese dado a la Orden de Santo Domingo la comisión de predicarla. Lutero fue arrastrado por la soberbia diabólica, que tenía preso su espíritu, a desacreditar las indulgencias todo lo que pudo, no sólo desde su púlpito, sino también por escrito, lo que dio lugar a sus célebres 95 Tesis de Wittemberg, en las que ya aparece codificada la doctrina de esa nueva religión que fue su secta. La leyenda negra se encargó de magnificar el resto, sobredimensionando hasta el absurdo la anécdota de las indulgencias, perfecta trampa para engañar a tantos racionalistas de salón.

Lo ridículo es creer sin más que a Lutero estos asuntos de dineros e indulgencias le importaban realmente. Él sólo penaba por la carne.

Se han propagado muchas mentiras y medias verdades al respecto…

Muchas, muchísimas, y nuestro deber y obligación como católicos es combatirlas. ¿Cómo? Por descontado, con formación. Así que animamos a los lectores a que despejen su horizonte intelectual de toda clase de prejuicios contra ese catolicismo tradicional, tan odiado por la masonería, como pueden serlo las obras de San Alfonso María de Ligorio. El catolicismo actual acusa tales influencias del protestantismo que la gente carece de una brújula con la que guiarse.

Nuestros tres consejos al respecto son simples: primero, no abordar la cuestión protestante sobre la lectura de las obras posteriores al Concilio Vaticano II, en cuanto ya aparecen viciadas con los latiguillos luteranos de los que hablamos; segundo, acudir a las obras de divulgación previas a dicho Concilio, sobre todo si son del catolicismo militante de la vía dura, y vienen firmadas por eminencias como el P. Giovanni Perrone, entre tantos otros campeones de la Ley de Cristo, como nuestro Jaime Balmes, cuya obra capital El protestantismo comparado con el catolicismo es de lectura obligada; y tercero, es importante leer con ojo analítico las obras del propio Martín Lutero y sus epígonos, eso sí, sin mediar comentaristas actuales, puesto que el grueso de ellos aparecen mediatizados por los filtros del neomodernismo ecumenista, que repelen abiertamente la apologética católica.

Que pudiera haber algún abuso no justifica la reacción de Lutero…

El supuesto abuso tan sólo fue el pretexto. Si no hubiera sido por alfa habría sido por beta. Lutero buscaba guerra, y más pronto o más tarde, la habría desencadenado. Estaba en su naturaleza exaltada y avasalladora.

¿Qué conclusión podemos sacar para finalizar?

Ante estos dislates, no más cabe decir que los católicos de bien debemos ser intolerantes, y por ende no transigir nunca con la calamidad luterana, ni con cualquier herejía o cosa análoga que se infiltre en la sana doctrina católica. Hay que rezar, y mucho, para que los protestantes se conviertan a la Fe de Cristo, y vuelvan cuanto antes a la Iglesia Católica Romana, de la que nunca se debieron separar.

Por último, me gustaría recomendar una lectura para salir al paso, y ésta bien podría ser el Catecismo para uso del pueblo acerca del Protestantismo, compuesto por el Cardenal Cuesta, Arzobispo de Santiago; es un librito de una erudición pasmosa, el único problema es que hoy por hoy es una rareza; la edición de que dispongo data de 1869. Estos libros decimonónicos, todavía más que los del siglo XX, deberían ser custodiados como oro en paño por las familias católicas, pues son insustituibles, en cuanto no van a ser reeditados. A los católicos recios no más les digo que no compren ni lean libros “católicos” actuales: no les serán de apenas provecho, al menos la gran mayoría de las novedades, escritas por templagaitas nada caritativos y llenas de confusionismo.

Javier Navascués Pérez