Después de 30 años de docencia universitaria aún me asombra que se postule el control del contenido de los manuales y programas como remedio para el adoctrinamiento, ya sea en el separatismo golpista o en cualquier otro de los "ismos" que nublan nuestro futuro.

Dicho adoctrinamiento se produce, en un primer momento, en la relación directa entre el profesor y los alumnos manifestada en la intimidad del aula, y, en una fase posterior, en los procesos de evaluación, pues no debemos olvidar que estos procedimientos incluyen aspectos tan trascendentales para establecer un sesgo ideológico como la selección del contenido concreto de cada una de las pruebas, o la calificación merecida por quienes las realizan.

A título de mero ejemplo podríamos decir que de nada servirá incluir en los programas una asignatura común y obligatoria relativa a la Historia de España, incluyendo capítulos relativos a la Reconquista o al Descubrimiento de América, así como manuales que incorporen toda una serie de datos objetivos acerca de los mencionados acontecimientos, si después, en el desarrollo de su actividad docente, el profesor pone en segundo plano esos datos objetivos para incorporar sus peculiares puntos de vista sobre tales aspectos.

 

Luego, si acaso no decidiera omitir esos capítulos como materia de examen, los preguntará y evaluará exigiendo la mención de esas enriquecedoras perspectivas que él aportó, relativizando en cambio el valor de los datos objetivos que pudiera haber aportado el alumno, tales como fechas, protagonistas, y otros similares; para justificar su criterio invocará la sacrosanta libertad de cátedra, así como los dogmas más relevantes de la moderna pedagogía, entre los cuales podrá incluir el rechazo del aprendizaje entendido como simple memorización de datos, y la necesidad de poner en primer plano el espíritu crítico de los alumnos.

 

Como los actuales profesionales de la enseñanza ya proceden de un sistema viciado por el adoctrinamiento, y como las circunstancias de nuestra existencia exigen hoy la más temprana incorporación de nuestros niños a centros de colectivización, comenzando por las imprescindibles guarderías, la solución del problema es harto difícil. Porque, evidentemente, no vamos a colocar a comisarios políticos en las aulas, ni vamos a sustituir a todo el profesorado por otro nuevo y distinto, que, además, debería haber recibido su formación en Marte, o en un planeta aún más alejado del nuestro, en el cual el pensamiento único es religión universal, y el  librepensador una especie a neutralizar. Desgraciadamente me parece que sólo la palmaria manifestación del fracaso de este sistema socioeconómico, con las terribles consecuencias que ello suele implicar, nos obligará a cambiar de perspectiva.

Lamentando el pesimismo de esta carta, aprovecho para felicitarle por su iniciativa y enviarle un afectuoso saludo,


Luis Miguel López Fernández

Doctor en Derecho