Para juzgarlo en justicia hay que tener en cuenta que el origen del Régimen tuvo lugar en un momento histórico excepcional, cuando media España no se resignaba a morir en manos de la otra media formada por los internacionalistas (PSOE y PC) que propugnaban, ya desde 1917 el PSOE, y desde 1921 el PCE, una revolución calcada de la Bolchevique junto a los separatistas (que por su propia naturaleza son la anti-España) y también con las fuerzas anarquistas, el fermento destructor de la sociedad. Constituyendo entre todas esas fuerzas el llamado “Frente Popular” o conjunción rojo-separatista, que así fue llamada, con notable propiedad, por sus oponentes. Un Frente Popular actualmente reeditado con algún pequeño matiz diferenciador, -más en lo semántico que en la esencia- como es la sustitución del término “anarquista” por el eufemismo de “anti sistema”. Franco no se sublevó contra la República, con la intención de proclamarse “Caudillo” por las fuerza de las armas mediante un golpe de estado. Tampoco conspiró contra la República. Por el contrario, se mantuvo leal a ella prestándole inestimables servicios cuando fue encargado por el Gobierno republicano de dirigir las operaciones encaminadas a sofocar la revolución de octubre. Insurrección armada del PSOE y de la Generalidad de Cataluña contra la “república burguesa” según las propias palabras de los insurrectos.

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Libro editado por la República, donde con profusión de datos y documentación gráfica, se acreditada que la insurrección armada pretendió acabar con la legalidad.

Franco no se une al Alzamiento hasta el último momento, cuando en 1936 se hace evidente que la República ha desaparecido suplantada su legalidad por el Frente Popular y que la anarquía del imparable proceso revolucionario conduce a repetir la insurrección armada del PSOE que Franco había sofocado en 1934. La publicación “al servicio de la República” lo acredita sobradamente.

Fracasado el Alzamiento Nacional (alzamiento cívico-militar de la media España que no se resignaba a morir) el enfrentamiento toma ya claramente el carácter de guerra civil. Cuando el 1º de octubre de 1936 se reúnen los generales alzados en armas contra el desgobierno del Frente Popular -que no contra la República- en un barracón del aeródromo de Salamanca para determinar cómo habría de conducirse la guerra, el general Cabanellas, el más antiguo de todos los presentes, expone: “hay dos maneras de hacerlo; con un mando único o con un mando colegiado” a lo que el general Kindelán responde: “Efectivamente, la guerra se puede dirigir de dos maneras, con un mando único o con un mando colegiado; con la primera se gana. Con la segunda se pierde” y a quienes conocen el espíritu castrense no se les oculta cuál era el motivo de la propuesta del general Cabanellas: Asumir el mando como le correspondía por ser el más antiguo. Pero diluyendo su responsabilidad en un “órgano colegiado”

Afortunadamente, en situación tan dramática, prevaleció la opinión de Kindelán y solamente Franco fue capaz de cargar sobre sus hombros la inmensa responsabilidad que suponía asumir en solitario la dirección de la contienda. Así pues la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado, no fue por “votación” o “referéndum” entre todos los españoles de ambos bandos -algo que era imposible en una situación de guerra declarada- pero tampoco accedió a la jefatura del estado por propia iniciativa, ni tras dar un golpe de estado, como quieren hacer ver ahora sus enemigos. Su jefatura se asemejó a la vieja forma histórica del caudillaje, en la que los soldados alzaban sobre el pavés a un jefe o capitán, nombrándolo por aclamación como el caudillo en que todos confiaban para conducirles a la victoria. Como así fue el caso. Y no se debe olvidar que una de las causas de la derrota en el bando republicano o rojo, fue precisamente la ausencia de ese mando único. Decir finalmente que esa designación de “caudillo” no deja de ser una fórmula absolutamente democrática en el contexto de un grupo humano que se encuentra en trance de vida o muerte.